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El festejo desenfrenado de Fernando Álvez luego del gol en la hora de Daniel Fonseca sobre Corea del Sur en el Mundial de Italia 90, que le daba el pasaje a la celeste a la siguiente fase

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Jugó con Ache quien lo quiso en Nacional, tuvo caballos con Máspoli, ama a Federer y es piloto: la vida de Fernando Álvez

Eduardo Ache jugó con él y lo quiso llevar a Nacional, pero ganó todo con Peñarol; tuvo caballos con Mäspoli, disputó dos Mundiales con la mayor y otros dos con la juvenil y hoy es piloto de avión; la vida de Fernando Álvez

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03 de julio de 2021 a las 05:04

Fernando Álvez tiene una historia que contar. No es políticamente correcto porque siempre dijo lo que pensaba y eso a muchos, no les cae bien. Pero se trata de un jugador histórico en la selección uruguaya, a la que fue citado durante 18 años.

Estuvo a punto de jugar en Nacional. Llegó reunió en la casa del entonces presidente del club, Miguel Restuccia, junto a su compañero de Nacional Universitario, Eduardo Ache, extitular tricolor y hoy integrante del Comité Ejecutivo de la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF). Pero al otro día, Dino Sani -técnico aurinegro de entonces- fue hasta su casa para contratarlo para Peñarol. No lo pensó dos veces. Su amor por estos colores fueron transmitidos por su madre Nilda, ya que su padre, fallecido en abril con 84 años, era fanático de River, pero también socio vitalicio de los tricolores.

Fernando Álvez en la actualidad, piloteando un avión

Es, desde hace años, piloto privado y le tocó traer al Ruso Pérez y a Javier Chevantón desde Buenos Aires. Al Cheva en plena Nochebuena. Le prometió que estaría antes de las 12 con su familia y lo consiguió. El que no lo logró fue él, que llegó más tarde a su domicilio.

Tuvo una carrera increíble que comenzó casi de niño, con 15 años, cuando debutó en Defensor con el que se coronaria campeón uruguayo en 1976, rompiendo la hegemonía de los grandes por primera vez.

Tres de los integrantes de aquel plantel que eran sus compañeros, luego, con el paso de los años, fueron sus técnicos en Peñarol: Luis Cubilla, Ricardo “Tato” Ortiz y Gregorio Pérez.

Álvez en lo más alto del podio con las copas ganadas por los juveniles en 1979; abajo, Arsenio Luzardo y el Chifle Barrios; en el segundo escalón aparece Diego Maradona y en el tercero, Julio César Romero, conocido como Romerito

Estuvo en Medellín cuando escapó Pablo Escobar de la cárcel en un momento muy complicado que vivía Colombia.

Cuando era niño, jugaba a ser Mazurkiewicz porque era su ídolo. La vida le dio la posibilidad no solo de jugar con él, sino de que se generara una gran amistad entre ambos y de que Chiquito también fuera el entrenador de arqueros que tuvo en 1997 en Peñarol cuando hacía sus últimas atajadas.

Tuvo a César Menotti como técnico, se hizo amigo y este lo invitó a una cena con Pelé en Punta del Este. El argentino había sido compañero del, para muchos, mejor jugador de la historia del fútbol, ya que habían jugado juntos en Santos.

Una cena en Punta del Este: Francisco "Paco" Casal, Pelé, César Menotti y Fernando Álvez

Pero su mayor mentor y amigo en el fútbol fue un campeón del mundo con la celeste y con Peñarol: Roque Gastón Máspoli. Con él compartieron el amor por el turf y fueron propietarios de caballos.

Durante 18 años jugó en la selección uruguaya mayor y estuvo tres más en las juveniles. Ningún jugador en la celeste mayor estuvo tantos años siendo citado.

Con Peñarol tiene un récord que será muy difícil de batir: disputó 30 clásicos de los cuales perdió uno solo, y lo recuerda muy bien.

Al lado de Cascarilla Morales en el banco de Uruguay en la final de la Copa de Oro; Máspoli está a la izquierda de la foto

Es fanático de Malvín en básquetbol, de Roger Federer en tenis, le gusta leer a John Grisham y las historias de thrillers médicos de John Cook, y escuchar desde Freddie Mercury, Tom Jones, Barry White a Elvis Presley.

Sus comienzos en el baby fútbol fueron en el club Relámpago, en el que jugó de arquero, y luego pasó a Playa Honda, en donde fue delantero. Y un día faltó el arquero, y él volvió al arco, como en su club anterior. Por la cancha pasó Carlos Chagas -exjugador de Defensor- y le dijo si quería ir a los violetas.

“Había llevado al Tato Ortiz, a Bartolotta, a Paco (Casal). Yo había ido a probarme a River de ‘9’ con otros amigos y nos dijeron que como éramos de Punta Gorda y venían los exámenes, nuestras madres no nos iban a dejan entrenar porque teníamos que estudiar. Entonces, me fui a Defensor. Iba a jugar en Sexta y tuve suerte y jugué en Quinta y Cuarta, y con 15 años empecé a jugar de suplente de Fredy Clavijo. Mario Patrón era el técnico y debuté con esa edad en Defensor contra Huracán Buceo en el Centenario, en un partido preliminar de Liverpool y Nacional, jugaba Manga”, dijo Álvez a Referí.

Uruguay campeón sudamericano en 1977: Arriba. Alberto Bica, Fernando Álvez, Ariel Krasouki, Mario Saralegui y Daniel Enriquez; abajo: José Luis Russo, José Hermes Moreira, Víctor Hugo Diogo, Amaro Nadal, Eliseo Rivero y Venancio Ramos

Su papá, fallecido en abril, era fanático de River y su segundo equipo era Nacional. “Cuando pasé a Peñarol se hizo hincha de Peñarol hasta que no jugué más”, recuerda.

Un día se cumplió su sueño de jugar en los aurinegros, aunque fueron 24 horas muy cargadas.

“Dino Sani y Amadís Errico estaban en casa. Lo más increíble, es que el día anterior estuve en la casa de Restuccia, con Rafael Anavitarte y Eduardo Ache para jugar en la Liga Universitaria de golero o de 9. Hice una gira con Nacional Universitario con el Turco Ache. Jugaba de zaguero y lo hacía bien. Era latero y ganaba de arriba. Me querían de Nacional y por suerte llegó lo de Peñarol”, recuerda.

Walter "Indio" Olivera y Fernando Álvez celebrando el título de la Copa de Oro en enero de 1981

Álvez explica que era hincha de Peñarol por su mamá Nilda, y que cuando Defensor fue campeón “la jodía porque yo era suplente y no jugaba, y ella quería que ganara Peñarol y no Defensor. En esa época ella quería que estudiara. Para los últimos partidos del Uruguayo, concentrábamos en el Hotel Bristol donde estaba hasta hace poco el Complejo Riviera en la rambla de Carrasco. Dormía con el Bolita Arispe. El profe De León metía charlas de una hora y tenía un don, hipnotizaba a todo el plantel. Era muy amigo de Julio Pérez, campeón del mundo en Maracaná. Todos los miércoles comíamos en el Franzini y siempre iba a Julio Pérez. Y el profe lo hacía calentar: ‘Vos picabas piedras jugando’, le decía luego de que Julio contara una anécdota. Contra Rentistas dimos la vuelta en el Franzini y es un gran recuerdo que tengo porque yo era casi un niño".

Llegó a Peñarol y fue campeón invicto en 1978 en un plantel en el que fue compañero, entre otros, del Indio Olivera, Fernando Morena, Ruben Paz, Venancio Ramos e Ildo Maneiro.

Fernando Morena y Fernando Álvez el día que el goleador batió su propio récord ante Rentistas llegando a 36 goles; en esa jornada, Peñarol fue campeón uruguayo invicto

Ese año, además, Morena se batió su propio récord y llegó a 36 goles en el Uruguayo, marca que permanece imbatible hasta hoy.

Así lo recuerda Álvez: “Era un monstruo, un fuera de serie.  Me pasaba a buscar todos los días por casa y nos íbamos en su Fiat 124 blanco hasta Los Aromos. Concentrábamos juntos con él, Chicharra y el Bombón (González) en las habitaciones viejas. Al lado de mi cama estaba la de Fernando, y enfrente, los otros dos. De eso tengo mis recuerdos más hermosos y mis ansiedades más grandes”.

En Peñarol fue siete veces campeón uruguayo. En 1981, se dio el gusto de jugar con su ídolo, Ladislao Mazurkiewicz. “Pese a ser compañeros y que yo era titular, él igual me entrenaba. Yo jugué casi todo el Uruguayo y en el partido decisivo estaba enyesado. Jugó él y no dio la vuelta olímpica, porque entendía que yo debía darla en su lugar. Se fue por el túnel”, explica.

Ladislao Mazurkiewicz se retiró sin dar la vuelta olímpica del Uruguayo 1981 debido a que Fernando Álvez, quien había jugado casi todo el campeonato, estaba enyesado y no la podía dar

Pero en su retorno en 1997, Mazurkiewicz era entrenador de arqueros ya oficial. “Era como que me entrenara mi hermano”, dice.

El año 1982 fue agridulce por distintas circunstancias. Álvez tiene un récord difícil de igualar porque de 30 clásicos que jugó con Peñarol, solo perdió uno. Y consultado acerca de cuál fue el mejor de todos, justo fue uno de enero de aquel año por la Liguilla de 1981 que ganaron 2-1 ante Nacional con goles de Ruben Paz y Fernando Morena. Así, clasificaron a la Copa Libertadores 1982 y dejaron afuera al eterno rival.

Pero meses después, el 12 de junio de 1982 ante Defensor por el primer torneo oficial del año llamado Copa de Oro, se rompió el tendón rotuliano de una rodilla, por lo que se perdió seis meses y no pudo jugar la Copa Libertadores ni la Intercontinental que ganó el club, aunque estaba en el plantel y cobró los premios. Por eso, Peñarol contrató a Gustavo Fernández, quien fue figura en el arco.

Ariel Krasouski y Fernando Álvez encabezan la fila de la selección uruguaya que se preparaba en La Paloma de cara a la Copa de Oro

“Rompí el tendón rotuliano, tenía yeso y me perdí seis meses. Me llevaron enseguida en la ambulancia y después que me dejaron, cuando volvían al Centenario, chocó y el médico Walter Rienzi se rompió la cabeza, por suerte, sin consecuencias. A los pocos días me dijo que seguramente si hubiéramos chocado a la ida, el fortísimo impacto me hubiera matado porque la camilla iba de ese lado que quedó desecho”.

Y se acuerda del único clásico que perdió: “Fue en 1981. Perdimos 3-2 y dos amigos me hicieron goles, Eduardo De la Peña y el Indio Molina”.

En aquel 1981 se dio el gusto de jugar como delantero en Peñarol, cosa que pocos recuerdan.

“Estábamos en una gira por Italia y Cubilla me hizo entrar de delantero. Me mandé terrible jugada por izquierda, parecía Chicharra (Ramos) venía por el medio del área el Tato (Ortiz) y le dije ‘hacelo’, pero lo erró (se ríe). O sea que no solo utilicé la camiseta de Peñarol de arquero, sino que me puse la rayada también. Recuerdo que ese día llegó al hotel Fernando (Morena) con Cataldi para unirse al plantel de nuevo, después de que el club y la hinchada que colaboró lo trajeran desde Valencia con aquella canción ‘A Morena lo traemos todos…’. ¡Te podés imaginar lo que fue el abrazo que nos dimos!”.

El equipo de Botafogo de 1987 con Fernando Álvez arriba y Juan Carlos De Lima, en el centro, abajo; luego volverían a ser compañeros en Peñarol 1997

En 1987 se fue a jugar a Botafogo de Brasil. Allí fue compañero de Juan Carlos De Lima, con quien se reencontraría 10 años después en Peñarol, en el último año del segundo quinquenio.

“En el plantel estaban Josimar -autor de un recordado golazo para Brasil en el Mundial de México 86 ante Irlanda del Norte- y Eder, que jugó el Mundial de 1982. De rivales tuve al Flaco Rodolfo (Rodríguez) que estaba en Santos, Zico, Mozer, Leandro y Renato Gaúcho en Flamengo”.

Volvió una vez más a Peñarol y allí tuvo a varios técnicos, entre ellos, Fernando Morena, quien hacía sus primeras armas, Roque Máspoli, Mazurkiewicz, Walter Roque, Roberto Fleitas, hasta que llegó César Menotti.

El equipo juvenil de 1979 que fue campeón sudamericano en Uruguay

“Era un crack con un poder de convicción bárbara. Las partes futbolísticas siempre son discutibles, lo más importante lo ganó: fue campeón del mundo con juveniles y con la selección mayor de Argentina, y sacó campeón a Huracán que nunca había ganado nada. Se llevaba muy bien conmigo. Le ganamos a Boca en La Bombonera, jugábamos muy bien, nos criticaban la defensa. Fue quien le dio la titularidad en la zaga a Paolo Montero y dijo que era un pichón de Passarella. El Flaco, Raúl Bentancor, El Hugo (Bagnulo), Roque (Máspoli), Sani y el profe De León, eran unos monstruos como técnicos”, explica.

Y recuerda una noche inolvidable con Menotti: “Un día me invitó a una cena en Punta del Este y estaba Pelé. Habían sido compañeros en Santos y tenían muy buena relación. Era algo increíble poder estar allí”.

En 1991 compró su pase Independiente Santa Fe de Colombia y pasó luego a Independiente Medellín.

Álvez en lo más alto porque Uruguay fue campeón sudamericano juvenil en el Centenario en 1979, Diego Maradona y Julio César Romero en los otros escalones

Ahí jugó con el Pibe Valderrama y el peruano Uribe, Fredy Rincón y Luis Perea, entre otros. “Con el Pibe éramos muy amigos. Vivíamos en el mismo edificio, con un piso de diferencia. Siempre salía al balcón y me gritaba: ‘Dale, Gringo, que nos vamos a entrenar’. Allí recuerdo que entre otros rivales enfrenté a Andrés Escobar en el clásico ante Nacional de Medellín. Después del Mundial de 1994 lo mataron por aquel gol en contra. También jugué contra René Higuita. Iba a cenar muchas veces con él a El Poblado en la montaña en Medellín”.

Su estadía en Medellín fue corta. Estuvo cuando escapó Pablo Escobar de la cárcel. Eran años muy difíciles en Colombia y el fútbol estaba en su apogeo. “Me fui de un país espectacular porque me contrató Mandiyú de Corrientes, pero después volví y jugué en Junior porque me llevó el uruguayo Julio Comesaña, quien era el técnico”.

Fernando Álvez encabezando el equipo de Uruguay en el Mundial de Japón 1979

Cuando llegó a Mandiyú, el presidente Eduardo Seferian le dijo que se tenían que salvar del descenso. “Éramos seis o siete uruguayos: Barrios, Quique Saravia, el Indio Morán, Mario Orta, Fernando Kanapkis y yo. Hicimos una buena campaña y nos salvamos del descenso. Le ganamos a Newell’s y a Rosario Central de visitantes, a Estudiantes y a Gimnasia en La Plata. Nelson Chabay, otro uruguayo, era el técnico. Con Boca de Tabárez empatamos de locales y perdimos en La Bombonera. En Boca la rompía el Manteca (Martínez) y fueron campeones luego de muchos años”.

Entonces llegó un momento en que quiso dejar el fútbol luego de su paso por Junior de Barranquilla. Sin embargo, el destino le tenía deparada una sorpresa.

“Iba a dejar todo antes de la Copa América 95 y me llamó el Pichón Núñez. Me citó en su casa y me comentó que quería contar conmigo, pero que tenía que jugar porque me quería citar. Y ahí jugué en River. Estaba mal por la enfermedad de mi mamá y cuando llegué de la casa del Pichón, toda mi familia me esperaba y me dijeron: ‘¡No me digas! ¿Vamos a empezar a sufrir otra vez’. Es que hubo mucho de la buenas, pero también de las malas porque nos criticaban mucho por venir eliminados en octavos de final de los Mundiales. La familia sufrió mucho. Entonces yo les contesté con una sonrisa y entendieron que iba a seguir en el fútbol”, sostuvo.

El Maestro Tabárez junto a Fernando Álvez en una práctica de la selección uruguaya en el primer pasaje del técnico por la misma

Jugar en River “era hermoso por todo, pero más que nada, por lo que significaba jugar en el Parque Saroldi y lo que es todo su entorno”.

En el partido contra Peñarol, se dio una jugada que muchos recuerdan hasta hoy, cuando tocó la pelota con la mano y Pablo Bengoechea no lo perdonó en el tiro libre. Fue poco antes de la Copa América.

“Sud América le había empatado el día anterior a Nacional. River no perdió ese día con Peñarol, empató 1-1. A tus amigos, no hay que darle explicaciones y tus enemigos nunca te van a creer. Las trayectorias, las carreras no se pueden ensombrecer con cosas ridículas. Ningún mal tipo o profesional es citado a una selección 20 años. No tengo que dar explicaciones a nadie, es la excusa del mediocre. Al mes, Pablo (Bengoechea) hizo el mismo gol para empatar la final de la Copa América contra Brasil, y era un fenómeno”, explica.

El ayudante técnico de la selección uruguaya, Fernando Morena, junto a Fernando Álvez, tras ganar el título de la Copa América 1995

Aquel empate llevó a que Peñarol igualara a Liverpool en la punta del Apertura y que debieran jugar un encuentro para dirimir el campeón, que finalmente ganaron los aurinegros y se quedaron con el título.

Entonces jugó aquella Copa América que ganó Uruguay en 1995 en el Estadio Centenario y fue figura fundamental en la definición desde los tiros del punto penal contra Brasil en la final, atajándole el tercero a Túlio, quien justamente había puesto el transitorio 1-0 antes del empate de Pablo Bengoechea de tiro libre.

“Venía en mala racha para los penales y dije ‘me voy a tirar todas para el mismo lado’ y salió bien. Fue un título muy importante en mi carrera”, recuerda.

Así fue la definición por penales de la Copa América 1995

Cuando terminó el partido, colgó los guantes literalmente en el arco de la Tribuna Colombes, en donde atajo el penal a Túlio. “Lo hice para cerrar mi ciclo en la selección, aunque dos años después me volvieron a citar y jugué de nuevo”.

De allí fue contratado por San Lorenzo de Almagro. Jugó solo un partido y fue el clásico contra Huracán, al que golearon 5-0 con compañeros como Ruggeri, Paulo Silas y el Pampa Biaggio, dirigidos por el Bambino Veira. A Huracán lo dirigía el uruguayo Chabay y jugaban Pedro Barrios, Hugo Guerra y Walter Pelletti.

“Jugué solo un partido y nunca supe por qué. Pero nunca se había ganado un clásico por esa diferencia y estoy en un mural en la sede”, cuenta Álvez.

Una mañana salió a correr por la rambla. Había decidido dejar el fútbol luego de haber tenido un tumor en el pectoral derecho en agosto de 1996 y de haberse operado.

La tapa de El Gráfico luego de que Peñarol ganara el segundo quinquenio; junto a Fernando Álvez aparece el capitán Pablo Bengoechea

Por esas casualidades del destino, Gregorio Pérez, técnico entonces de Peñarol, volvía desde Los Aromos por allí y lo vio trotando. Paró el auto para hablar con él.

“Iba corriendo por la zona del Hotel Riviera y me tocó bocina. Me dijo que nos encontráramos al otro día en su casa. Quería hablar conmigo. Yo no iba a jugar más y me reenganché jugando y ganando el segundo quinquenio. Tenía 37 años y no le podía decir que no a Gregorio. Jugué casi un año más, me llamaron a la selección y formé parte del segundo quinquenio. Jugué 19 partidos”, dice.

Jugó todo con la celeste

Además de ganar la Copa América 1995, obtuvo la Copa de Oro en 1981, disputó dos Mundiales, en 1986 y 1990, y también ganó dos Sudamericanos juveniles, en 1977 y 1979, siendo tercero y cuarto en los Mundiales.

“La ilusión cuando jugás un Mundial, es grande. Salías como candidato. Se dijeron cosas que nunca ocurrieron. Mucha gente criticó sin saber y a la distancia. Se podría haber estado mejor. No ligamos en el primer partido de ninguno de los dos Mundiales. Con Alemania en 1986, nos empataron en una jugada increíble faltando 4 minutos y con España en 1990, Ruben (Sosa) erró el penal que le pegó mal anímicamente y él estaba en un momento notable, además de que había sido artífice de la clasificación. En 1986 quedamos eliminados con Argentina y en el otro con el anfitrión que era Italia”.

El momento que elige de esas dos Copas del Mundo en los que defendió a la celeste, fue en el debut de 1990 y por una situación muy particular que debió vivir.

El festejo desenfrenado de Fernando Álvez luego del gol en la hora de Daniel Fonseca sobre Corea del Sur en el Mundial de Italia 90, que le daba el pasaje a la celeste a la siguiente fase

“Recuerdo cuando cantaba el himno previo a enfrentar a  España en el Mundial 90, porque las lesiones me tenían loco. Me lastimé un menisco el día 3-3 contra Alemania, no pude jugar, y me operaron con una tecnología espectacular en ese país. Solo yo sé lo que sufrí esas seis semanas para tratar de llegar con lo justo al debut del Mundial. Una semana estuve con bastón canadiense sin apoyar la pierna; la semana previa al partido, pude empezar a atajar. Salía a andar en bicicleta en Veronello para que no me viera nadie. Atajaba en un vestuario sentado para que no me viera nadie. Por eso, no podía creer que ya estaba cantando el himno y que había llegado a cumplir”.

Cuando jugó con las selecciones juveniles y fue campeón, conoció y enfrentó a Diego Maradona.

“Flor de tipo y mirá que tuvimos choques. Porque yo era capitán de Uruguay y él de Argentina. Hicimos una buena amistad. Con el paso de los años, él venía a lo del Pato (Aguilera) y nos íbamos a correr de noche al Roosevelt para que no lo viera la gente. Alguna vez también se sumó el Tito Goncálvez, Jorge, quien también trabó una buena relación con él”, explica.

Con Diogo, Moreira, Macenaro y Krasouski, en el festejo íntimo tras ganar la Copa de Oro

En la Copa de Oro, y pese a ser el menor del plantel, fue el ideólogo para poder conseguir un premio extra si eran campeones. Así, cada compañero suyo consiguió un Volkswagen Passat 0 km, libre de importación, que debieron pagar mucho más barato que lo que costaban entonces. Solo tres se quedaron sin el auto, porque jugaban en el exterior y así lo decidieron los dirigentes: Hugo De León, Ariel Krasouski y Jorge Siviero.

El fútbol lo llevó a hacer amistad con glorias que ganaron el Mundial de Brasil 1950 en Maracaná.

“Pasé horas hablando con Alcides (Ghiggia), Roque (Máspoli) y Julio Pérez. La vida te da cosas que son impagables. Con un equipo de la Mutual fuimos a recaudar fondos a Venezuela para construir unas viviendas. Alcides era el técnico. Íbamos en el avión, y no llegábamos más mientras cruzábamos Brasil. ‘Qué grande que es Brasil, no llegamos más’, dijo. Y Heber Revetria le contestó: ‘¿Recién te das cuenta el desastre que armaron acá en Brasil hace años?’”.

Con Máspoli tuvo una amistad por fuera del fútbol. Incluso lo citó al plantel celeste en 1997 para dar una mano con los arqueros, como ayudante, pese a que Uruguay ya estaba eliminado del Mundial de Francia 98.

Fernando Álvez y otra de sus pasiones: el turf; en la foto aparece con Roque Máspoli, con quien fueron socios y dueños de distintos caballos

Los dos eran amantes del turf y eso llevó a que tuvieran “caballos de carrera juntos, éramos socios. Dignísimo era uno que teníamos y con el que más carreras ganamos 14 o 15. Era un zaino negro, muy bueno. Hijo de un padrillo muy bueno, Atractivo II”, dice Álvez.

Pero además de Peñarol, la selección y los caballos, Álvez tiene otras pasiones. Una de ellas es Malvín, el club del que es socio vitalicio y que es fanático en básquetbol.

“Desde que nací, mi abuelo materno y toda mi familia me hicieron hincha. Hay veces que me saca de las casillas, porque el básquetbol es muy emotivo, carga a carga, segundo a segundo y tiene una intensidad que no tiene el fútbol. (El técnico) Pablo López es un crack, el club le debe mucho a él, al Enano Fernando Martínez, a Mazzarino. Cuando se fue el Enano yo estaba muy enojado y lo mismo me pasó con Mazzarino. Me parecía raro ir a ver a Malvín sin esos dos monstruos. Creo que hay un antes y un después de Pablo López”.

Paolo Montero, Fernando Álvez y Álvaro Recoba en el último pasaje del golero por la selección uruguaya

Álvez jugó al tenis, aunque es mejor jugando al básquetbol.

Tiene como gran ídolo a Roger Federer desde siempre. “Es el 1, la calidad no se compra en la farmacia”, dice, y agrega: “Al tenis jugué poquito, pero me gusta más el básquetbol. Jugaba mucho con Poconé Fossa que fue un goleador impresionante de Malvín y de la selección. Al básquetbol le pegaba bastante”, dice sonriendo.

Le gusta mucho la lectura, y allí hay varios tópicos, no solo el fútbol. Lee los thrillers de historias médicas de Robin Cook y también le gustan las novelas sobre juicios de John Grisham. “El último que leí fue La citación”.

Cuenta que le gusta la medicina y que “si no hubiera jugado al fútbol, estoy convencido de que hubiera sido médico. Me hubiera dedicado a la prevención de las enfermedades”.

Si se habla de música, su repertorio es muy variado: Freddie Mercury, Tom Jones, Barry White o Elvis Presley, no pueden faltar y “algunas cositas de ahora”, aunque dice que es “muy clásico y muy variado”.

Fernando Álvez en la actualidad, con una de sus pasiones, los aviones

Desde hace años, es piloto privado porque siempre le gustó volar e hizo varios cursos. “La parte depresiva de dejar el fútbol es grande y en aquel momento, tenía la cabeza en otro lado, entonces me puse a estudiar. Cuando puedo salgo a volar. Fui hasta Florianópolis, Córdoba, Mendoza, Asunción, Uruguay lo conozco todo”, cuenta.

Y recuerda cuando fue “a Buenos Aires a buscar al Ruso Pérez que llegaba tarde para un partido de Eliminatorias y a Chevantón en otro viaje. Era el 24 de diciembre y le dije: ‘Despreocupate que a las 12 de la noche estás con tu familia’. Y llegó bien. El que llegó tarde fui yo. Me esperaba toda mi familia para brindar”.

Para Álvez, el avión es mucho más seguro que manejar un auto, aunque recuerda que una vez “llegando al Jagüel, en Punta del Este, había humo en toda la cabina por un problema en un monomotor y tuve que aterrizar de emergencia”.

A principios de octubre de 2020, Fernando Álvez estuvo en el homenaje que Peñarol le realizó a Fernando Morena con una estatua en el Estadio Campeón del Siglo; en la foto, también aparecen Gervasio Gedanke, Evaristo González y Ricardo "Zurdo" Viera

Su comienzo en el fútbol fue fulgurante. En 1976 fue campeón con Defensor, un año después, con la selección juvenil y cuarto en el Mundial. En 1978, llegó a Peñarol y fue campeón invicto, en tanto que en 1979 ganó el Sudamericano juvenil con la celeste, fue tercero en el Mundial de Japón y campeón uruguayo con los aurinegros. En 1980 debutó en la selección mayor, en enero de 1981 obtuvo la Copa de Oro y en 1982 ganó el primer torneo oficial del año con Peñarol, la Libertadores, la Intercontinental y el Uruguayo. Todo eso en sus primeros seis años como profesional.

El paso del tiempo lo llevó a crecer profesionalmente y a hacerse un nombre entre los grandes del fútbol uruguayo. Porque Fernando Álvez nunca pasa desapercibido.

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