Opinión > HECHO DE LA SEMANA / MIGUEL ARREGUI

La violencia está en nosotros

Si el Estado al fin pierde el control, dará paso a un tiempo de oscurantismo y justicia por mano propia

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04 de agosto de 2018 a las 05:00

En abril de 2005 unos soldados uruguayos fueron apedreados en la región de Les Cayes, al sudoeste de Haití, cuando impidieron que una turba linchara a un policía abusador. Eran parte de la fuerza de paz multinacional bajo bandera de la ONU.

Otro día llegaron tarde para evitar el linchamiento de un pasajero de un tap-tap, transporte colectivo en camionetas enjauladas, que trató de marcharse sin pagar y fue muerto a pedradas. Llegarían tarde muchas veces más.

Aquellos soldados, la mayoría proveniente de pueblos tranquilos del interior uruguayo, entendieron y se adecuaron a otro estadio de la civilización: uno que —por falta de base cultural y material— no gradúa la pena según la gravedad de la falta, sino que sólo puede optar entre vida o muerte, sin castigos intermedios, como ocurre en los "ajustes de cuenta" del narcotráfico o en las disputas carcelarias.

Las turbas se forman en Haití con la misma presteza y violencia que una tormenta tropical. El Estado, con sus solemnidades y su fuerza, no está metido en el alma de la población. Si alguna vez existió, para entonces se había desmoronado. El territorio quedó bajo control de bandas de delincuentes, señores mafiosos y de la guerra, tropas de ONU —y de una población que se defendió como pudo.

La situación de Uruguay hoy está a años luz de la de Haití de aquel entonces. No es posible comparar un país que integra la clase media-alta del mundo con uno de los más miserables.

Pero hay malos presagios. Los arrestos ciudadanos que afloran aquí y allá, y que fácilmente derivan en palizas o destrato, son un fenómeno que Uruguay no conocía por más de un siglo, salvo casos excepcionales.

El domingo en Casarino, en el límite entre Montevideo y Canelones, una turba persiguió y acorraló a una pareja que había asaltado una pollería. El hombre fue linchado y sufrió lesiones graves, entre el beneplácito de los vecinos.

El hecho fue filmado y distribuido en masa. Una fiscal liberó de culpa a la Policía, que pareció pasiva durante los incidentes. Pero responsabilizó a algunos de los integrantes de la horda, a los que puede imputar lesiones graves, justicia por mano propia y otros delitos.

Habrá otros casos, inevitablemente, aunque difícilmente se los registre en video de ahora en más.
Es furia, masa exaltada, mezcla de frustración y barbarie. Es también una forma muy primaria de auto-defensa. En ciertas condiciones, la violencia está en nosotros, como el título de aquel estremecedor thriller de los años '70.

Cuando el Estado no cumple cabalmente sus obligaciones, las sociedades, o partes de ellas, retroceden varios estadios en la escala evolutiva y se mueven por espasmos, como miembros arrancados.
Ciertas partes de Montevideo y de su área metropolitana van rumbo a convertirse en tierra de nadie. El Estado mantiene un dominio formal, que incluye incursiones policiales esporádicas, pero no real ni permanente. Los vecinos hablan de miedo, vacío, indefensión y temor a represalias. Es una guerra larvada de pobres contra pobres (los ricos tienen otras posibilidades de defensa y paz). Algo similar, en menor escala, ocurre en los suburbios de algunas ciudades del interior, como Paysandú, Salto, Maldonado o Rivera.

Los delincuentes habituales u ocasionales son legión, en parte porque perciben que el riesgo es bajo. A ello se suman el narcotráfico y los delitos vinculados, un miasma que impregna todas las zonas del país y todas las clases sociales.

El ascenso vertical de la inseguridad es un legado de los tres principales partidos políticos: colorados, blancos y frenteamplistas, que se sucedieron en el gobierno.

El auge de la delincuencia en Uruguay no solo tiene que ver con la Policía sino también con otros grandes agujeros: la justicia, el sistema carcelario, la enseñanza pública, los programas de asistencia social, la crisis de paradigmas y de autoridad, la cobardía de ciertos gobernantes y la demagogia de ciertos opositores. Mientras, se sigue yendo buena parte de los jóvenes más calificados.

Habrá que gastar mucho más en cárceles, policías y jueces; pero ante todo habrá que ir a buscar a cada adolescente que deserte del liceo, a cada padre que abandone a sus hijos, a cada persona que viva en las calles (que ahora, en ciertas zonas, ofrecen un paisaje de posguerra), y a cada puntero político que proponga dar pescado sin enseñar a pescar.

Si el Estado uruguayo al fin pierde el control y se asume como fallido, se abrirá un tiempo de tendencias autoritarias y justicia por mano propia. Y serán inútiles todos los diagnósticos y palabras bonitas. El cielo no se tapa con las manos. El Estado llegará lastimosamente tarde, como las fuerzas de despliegue rápido en Haití, con sus fusileros en transportes blindados: apenas para recoger un cadáver.

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