Tal vez fue la bronca acumulada lo que impulsó a Luis Lacalle Pou a encarar a Yamandú Orsi bajo el sol del mediodía del viernes 8 para reclamarle mejores modales. El “vamos a tener que empezar a hablar mejor” que el presidente blanco le tiró en la cara al precandidato frenteamplista, en medio de un acto público, sabiendo que todos los miraban y que los periodistas estaban atentos, fue, probablemente, una reacción personal impetuosa a las fuertes acusaciones que Orsi le había lanzado sin demasiada piedad. El intendente de Canelones había calificado de “omertá” –pacto de silencio mafioso– la relación que el presidente mantiene con algunos de sus funcionarios, y se mostró sorprendido porque el relato del narcotraficante Sebastián Marset sobre el pasaporte que le fue otorgado coincide “casi 100% con el del gobierno”.
La reacción pública de Lacalle Pou fue previsiblemente respaldada por los nacionalistas mientras que desde el Frente Amplio lo acusaron de haber perdido la línea.
Pero el episodio revela, más allá de las pasiones, algunas cosas más trascendentes que un simple arrebato presidencial. Expone la importancia que tendrá la figura de Lacalle Pou en la campaña electoral que ya comienza, donde jugará un rol principalísimo en la defensa del gobierno y en la disputa con quien sea el candidato del Frente Amplio.
Se podrá decir que los precandidatos blancos –Alvaro Delgado, Laura Raffo y Jorge Gandini– deberían estar encantados de contar con la ayuda del político nacionalista de mayor porte que ha surgido en esa colectividad en los últimos años. Pero la lectura no es tan lineal. Al analizar, el choque público entre Lacalle Pou y Orsi, un operador nacionalista avizoró un efecto que puede repetirse en el futuro. “Allí ganaron ambos, ganó Lacalle y ganó Orsi. En esto, el que no sale en la foto pierde. No ganaron ni Delgado ni Raffo que la vieron de afuera. Lacalle Pou actuó para la barra que está pidiendo más firmeza con el Frente Amplio y lo hizo en modo candidato”, dijo el dirigente oficialista.
En el Partido Nacional no hay quien no reconozca que la estatura política de Lacalle Pou es superior a la de los precandidatos oficialistas que aspiran a sucederlo en el poder. Y, por tanto, cada vez que aparece en público con un perfil alto genera un efecto ambiguo: apuntala al gobierno nacionalista pero expone las debilidades de los precandidatos blancos.
Además, condiciona el tono de la campaña que llevarán adelante en los próximos meses. Por ahora, el candidato más oficialista de los oficialistas, Álvaro Delgado, ha reaccionado con la calma que suele caracterizarlo cada vez que polemiza con el Frente Amplio. Incluso en la interna de la coalición Delgado tiene un mejor vínculo que Lacalle Pou con Cabildo Abierto ya que la relación entre el presidente y el senador Guido Manini Ríos se ha deteriorado visiblemente y casi no dialogan.
Con cada ademán, con cada palabra, Lacalle Pou genera un inevitable trasiego a su alrededor que condiciona y condicionará a los de adentro y también a los de afuera.
Delgado ha cimentado su imagen de zurcidor de diferencias desde hace años cuando, por ejemplo, era de los pocos dirigentes nacionalistas que concurría al acto del 1° de mayo organizado por el PIT-CNT. Durante la escalada del covid 19 también supo convertirse en la voz del gobierno y licuó con diálogo las diferencias que iban surgiendo acerca de la mejor manera de combatir la pandemia.
Pero si Lacalle Pou decide radicalizar su enfrentamiento con la izquierda –como lo hizo con Orsi y recibiendo el beneplácito de la “barra” nacionalista–, Delgado corre el riesgo de parecer demasiado blando si no le sigue el tranco al mandatario.
En la coalición de gobierno hay quienes creen que Lacalle Pou ya está pensando en las elecciones de 2029 y, por tanto, buscará que lo que haga o deje de hacer, deje un buen recuerdo cuando, dentro de un lustro, quiera volver al poder. En el caso de Manini, el excomandante duda incluso de que Lacalle Pou quiera que el oficialismo repita el plato en el 2024. “Surge la pregunta, ¿Lacalle quiere que gane la coalición o no quiere?, ¿le sirve a él que gane la coalición o no le sirve? Esa pregunta es válida”, dijo Manini en el canal TV de Florida.
Fuentes coloradas dijeron a El Observador que en el partido se valoró como “agraviantes” las dudas de Manini acerca de la posibilidad de que Lacalle Pou anteponga sus apetitos personales por encima de los intereses de los coaligados contra el Frente Amplio.
En el Partido Nacional no hay quien no reconozca que la estatura política de Lacalle Pou es superior a la de los precandidatos oficialistas que aspiran a sucederlo en el poder.
No obstante, un importante dirigente colorado admitió que es “natural” que Lacalle Pou piense en su futuro político y advirtió: “Debido al peso político que tiene el presidente, cada uno de sus movimientos repercute en toda la coalición de gobierno y en las posibilidades de triunfo en 2024”.
La presencia del presidente en la campaña empuja a la comparación con sus sucedáneos blancos, quienes saben que la oportunidad es ésta, porque en 2029, a menos que ocurra un terremoto político, la cosa será, otra vez, entre la izquierda y Lacalle Pou.
Mientras tanto, el presidente se mueve, se enoja, se saca selfies, trastabilla, se planta firme. Y con cada ademán, con cada palabra, genera un inevitable trasiego a su alrededor que condiciona y condicionará a los de adentro y también a los de afuera.