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Medidas no dan resultado y argentinos se preparan para una devaluación

Aunque el gobierno lo niega, en el mercado se da como un final inevitable

El ministro de Economía argentino, Martín Guzmán, y el presidente Alberto Fernández

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17 de octubre de 2020 a las 05:01

Argentina está reviviendo sus peores tradiciones de la década de los ’80: el dólar como protagonista permanente de las noticias, rumores continuos sobre cambios de ministros y lanzamientos de planes, anuncios de medidas cuyo efecto dura pocos días y deben ser corregidas por medidas nuevas. Y, naturalmente, una conducta defensiva de ahorristas, comerciantes y empresarios, que temen una devaluación brusca.

En estos días se están reportando los primeros problemas de desabastecimiento, algo que a primera vista puede parecer extraño para un país cuyo PIB se desplomó 19% en el segundo trimestre y que terminará el año, según las proyecciones, con una caída de 12%.

Sin embargo, es lo que ocurre ante la percepción de inminentes ajustes devaluatorios. Hay precios que quedaron artificialmente baratos en términos de dólares, en rubros diversos, desde la construcción hasta los repuestos de autos, pasando por varios artículos de almacén.

Entonces, ante la convicción de que se trata de precios pasajeros e irrepetibles, se produce una sobredemanda por este tipo de productos. Pero del otro lado, los fabricantes y comerciantes tienen miedo de quedarse sin stock, ya que no están seguros de cuál será el precio de reposición.

La conclusión es que es cada vez más notorio el desabastecimiento. Y los economistas pronostican que eso se agravará en los próximos meses, debido a la persistencia de los controles de precios impuestos por el gobierno.

Es por eso que nadie festejó demasiado el dato relativamente positivo de la inflación de septiembre. El 2,8% mensual –y 36% anualizado- es notoriamente inferior a lo que los economistas más escépticos habían pronosticado para esta altura del año.

US$ 6.000 millones son las reservas netas del gobierno argentino actualmente, según estimaciones  de los analistas privados, pero las líquidas no llegan a US$ 2.000 millones

El propio gobierno interpretó que el buen resultado se había debido al tipo de cambio fijo, al congelamiento de las tarifas de servicios públicos y a los controles de precios.

Es decir, situaciones que, por definición, no pueden ser permanentes. De hecho, el propio gobierno dio a entender que la situación de las tarifas no podrá prolongarse por mucho tiempo.

De no haber sido por el congelamiento, el gas costaría un 86% más caro, destacó el propio gobierno. Una estrategia de comunicación que supone un arma de doble filo: por un lado, destaca la voluntad de protección a los más afectados por la crisis, pero por el otro lado marca la dimensión del potencial ajuste que vendrá.

Esto lleva a que los pronósticos sean pesimistas respecto de la posibilidad de que la inflación continúe en una tendencia descendente.

“Además de reflejar la inflación reprimida, que deberá sincerarse a futuro, si persiste el desfase entre precios máximos y los costos de producción, puede esperarse una creciente faltante de bienes. A esta situación se agrega lo que ocurre con los precios de los servicios de utilidad general”, advierte un reporte de la Fundación Mediterránea.

Alberto Fernández dijo que no tenía previsto devaluar ni tocar los depósitos de los ahorristas

Su pronóstico es que la inflación de los próximos meses será más alta que la del semestre pasado. Fundamenta ese análisis en la volatilidad cambiaria y en la probable mayor restricción a la importación, que subirá precios de insumos. “Adicionalmente, ajustes insalvables en algunos precios controlados también alimentarán una velocidad mayor en el índice de precios”, agrega.

Y, como siempre, quien plantea este tema con más elocuencia es Domingo Cavallo, que no vacila en comparar la situación actual con la previa del histórico “Rodrigazo” de 1975.

“La acentuación de los controles de precios y la prolongación del congelamiento tarifario aumentará el riesgo de que, cuando el BCRA ya no pueda sostener el tipo de cambio en el mercado controlado deba permitir un salto devaluatorio, los efectos inflacionarios se agraven”, afirma el siempre influyente exministro.

La confianza, en franco descenso

Al mismo tiempo, el Banco Central pone contratos en el mercado de futuros, para tratar de calmar la ansiedad de quienes ven venir una devaluación. La postura a mayo está en 107 pesos argentinos por dólar, lo que implica que el Central convalida una tasa implícita de 62 % anual, muy por encima de la que cobra el ahorrista, que está en 34%. 

En definitiva, apenas un mes después de los anuncios de medidas, se llevan perdidas reservas por  US$ 1.600 millones –aun cuando los agroexportadores aumentaron su ritmo de liquidación- y se exacerbó la brecha entre el dólar paralelo y el oficial. 

En ese contexto, a nadie extrañó que el índice de riesgo país subiera 350 puntos en un mes, para situarse en el nivel de 1.400, algo que parecía impensable después del exitoso canje de bonos de la deuda externa. Y hay más indicios de que las cosas pueden empeorar: el Fondo Monetario Internacional, que hasta ahora ha venido jugando un rol amistoso y comprensivo frente a los problemas del gobierno, emitió un duro informe en el que pone de manifiesto la falta de un plan y señala que los actuales controles al tipo de cambio no podrán extender mucho tiempo más.

Esto se interpretó como la posible pérdida de la última esperanza del gobierno para obtener oxígeno financiero hasta las elecciones legislativas del año próximo. Por las dudas –y a pesar de las desmentidas de los funcionarios- las consultoras de economía ya hacen proyecciones sobre cuál sería el impacto de una devaluación sobre la economía.

 Medidas que no dan en el blanco

Pero si hay algo que preocupa sobremanera al mercado es la baja efectividad de las medidas económicas. Las restricciones cambiarias, que se suponía traerían calma a las cuentas externas, han agravado la situación.

Así, el dólar blue –es decir, el que cotiza libremente por fuera del control estatal– se disparó hasta ubicarse un 120% encima del tipo de cambio oficial.

 Y la misma ruta siguieron el “contado con liquidación” –es decir, el tipo de cambio que surge de la triangulación de comprar bonos en pesos y revenderlos en el exterior, en dólares–.

Y, acaso lo peor de todo, el Banco Central no puede dejar de vender dólares, a pesar de que las medidas tenían el explícito objetivo de que se pudiera cortar esa dinámica y que se empezara a recuperar reservas.

Los analistas calculan que, cuando a los US$ 41.000 millones de las reservas se les restan los encajes bancarios, los swap de monedas y créditos del exterior y otros rubros de “intangibilidad”, lo que queda como dólares netos no pasa de US$ 6.000 millones. Pero como gran parte de eso son tenencias en oro, lo que queda líquido en la caja no llega a US$ 2.000 millones.

Esa situación es la que alimenta los temores de los ahorristas, que incentivados por la memoria de confiscaciones empezaron a llevarse depósitos a sus casas
–cayeron más de  US$ 1.700 millones en pocas semanas–.

En ese marco de nerviosismo fue que el presidente Alberto Fernández concurrió al principal evento empresarial del país, el Coloquio de IDEA, y dijo expresamente que no tenía previsto devaluar ni tocar depósitos de los ahorristas.

Una posterior encuesta entre los empresarios concurrentes reflejó que apreciaban el gesto de que el mandatario hubiese aceptado su invitación –Cristina Kirchner siempre pegaba el “faltazo”- pero que sus declaraciones no terminaban de resultar convincentes.

Ocurre que, en paralelo, se siguen tomando medidas que caen mal en el mercado.

El Banco Central obliga a que todos los importadores que traigan mercadería por US$ 50 mil deban solicitar un permiso –un trámite que se considera una admisión discrecional para filtrar importaciones “”no esenciales”–.

También se están reacomodando las tasas de interés para las colocaciones en pesos y se emitieron bonos “dólar linked”, todo con el objetivo de canalizar el ahorro hacia títulos en moneda nacional. Pero los analistas lo consideran insuficiente: “Son grageas que van en el sentido correcto, pero no alcanzan para revertir la corrida ya lanzada”, argumenta Marina Dal Poggeto, en un informe sugestivamente titulado “Esperando la carroza”. 

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