La inseguridad es el principal problema que preocupa a los uruguayos, en especial a los de Montevideo y las ciudades más grandes. El índice que muestran las encuestas es revelador del fracaso sistémico a la hora de enfrentar una tragedia que ocurre no solo en Uruguay sino en la mayoría de las grandes capitales del continente. Lo único que alivia es saber que no estamos solos ante el problema de la delincuencia y el narco. Otros países están mucho peor.
América Latina no es solo el continente con mayor desigualdad del mundo sino también el más violento para vivir. Sin embargo, resulta curioso que, a nivel de conflictos bélicos, de los cinco es el más pacífico.
Se pierden en la historia reciente de América del Sur el ruido a tambores de guerra. Para escucharlos hay que remitirse a la tensión por la disputa territorial en 1978 entre Chile y Argentina por el canal de Beagle en el sur de la Patagonia. Más cerca, en el verano de 1995, se recuerda las escaramuzas en el Alto Cenepa entre Ecuador y Perú.
Lo de las Malvinas de 1982 en plena dictadura fue la única operación militar contra un país europeo en más de un siglo y medio y es la última que movilizó a todas las fuerzas armadas de un país contra otro. La consecuencia fue unos 700 soldados argentinos y 260 británicos caídos en acción. Era en el Atlántico Sur, no en el continente.
En nuestra Sudamérica hace mucho tiempo que no hay guerra, pero sí violencia, mucha violencia.
El asesinato del candidato presidencial en Ecuador Fernando Villavicencio en Quito es la demostración del grado de anomia en la que se puede caer. Tan espantoso como el crimen fue la reivindicación por parte de la organización delictiva Los Lobos del atentado y la amenaza al resto de los políticos ecuatorianos a no meterse con ellos.
Es válido preguntarse por qué en una región donde reina la paz entre los países se vive la cotidianeidad con tanta inseguridad. Días pasados pude ver los reportes de la periodista Mariana Rethen desde Ucrania. Estuvo en el frente, habló, sintió, escuchó las alarmas antiaéreas en la noche, visitó los refugios, habló con los soldados y palpó el miedo de la gente.
Ucrania es un país en guerra que se defiende de la invasión de Rusia: solo ver la destrucción urbana, de los vehículos, del paisaje y los cementerios acumulando cruces nos permite acercarnos al drama que viven las personas en un conflicto donde las bombas pueden caer del cielo en cualquier momento.
La cobertura de la corresponsal sirve para explicar el argumento que trato de redondear. En América Latina el miedo es otro: es el de salir sin saber si vas a volver a tu casa, es el de meterte con el tipo equivocado o el de denunciar o investigar a alguien con poder.
El último libro del escritor argentino Martín Caparrós, “Ñamérica”, ahonda en este ángulo de la violencia latinoamericana. Estamos hablando de un miedo distinto al de los ucranianos. Es el miedo de una guerra invisible donde el enemigo está a la vuelta de la esquina andando en moto, escondido detrás de una parada de ómnibus o confabulando en alguna de las cárceles para cuando le toque salir o escapar.
La propuesta de los diputados Gustavo Zubía y Eduardo Lust a favor de la posibilidad de que el Ejército Nacional colabore con la Policía para fortalecer la seguridad en las calles y en especial en los barrios más pobres dispara un debate oportuno y necesario.
Lo que proponen el colorado y el excabildante no es la solución. No lo es en un país donde funciona el Estado de Derecho. Porque si a esta altura de los acontecimientos de la escalada delictiva relacionada con el narco ya mandamos militarizar la ciudad estamos fritos antes de tiempo. Me pregunto qué habría que hacer si pasa lo que sucedió en Ecuador. ¿Tirar un par de bombas racimo?
Quiero creer que Uruguay todavía tiene capacidad de reacción. Nuestro sistema político constructor de una democracia considerada “ejemplar” en el mundo tiene que asumir que estos temas no ameritan ni la demagogia del populista ni la mezquindad de la lucha política del barro: merecen pactos nacionales, como cuando las pasteras.
Luego del asesinato de Villavicencio en Quito, Otto Sonnenholzer, uno de sus adversarios en la carrera presidencial, lo dijo sin ambigüedad: “Ninguno de nosotros puede solo. Necesitamos acuerdos mínimos”, y exhortó a alcanzar un gran acuerdo nacional para enfrentar la seguridad. Lo propuesta también aplica para Uruguay.
Los militares están preparados para combatir en la guerra, pero no para ejercer una función policíaca de lucha contra la delincuencia. No saben hacerlo, no están formados ni ellos ni sus jefes para un enfrentamiento urbano con bandas delictivas. Por otro lado, el solo hecho de sugerir sacar “a los milicos a la calle” para colaborar con la policía es una forma indirecta de asumir que la policía fracasó.
Algo que también es opinable. Uruguay tiene uno de los más altos registros de población carcelaria del continente, viene tercero después del El Salvador del excéntrico Bukele y la dictadura de Cuba. El dato habla a las claras de que en la mayoría de las ocasiones los delincuentes son atrapados con lo cual lo que falla es otra cosa: la prevención, la inteligencia y el tacle a los motivos por los cuales miles de jóvenes prefieren vivir fuera de la ley que dentro de ella.
"Lo que proponemos nosotros es el camino caro en todos los términos, económico, social, político… Traer el ejército a las calles genera problemas. Psicológico, por ejemplo. No se quiere. Porque no se quiere pagar el precio político de actuar en serio", sostuvo Zubía en una entrevista y remató: “Nadie quiere pagar el costo político de los muertos” que habrá entre las fuerzas del orden y los delincuentes.
"El Ejército en la frontera detiene, investiga, pide documentación. En las misiones de paz cumple misiones de policía. Y aquí, en el Marconi, donde salen con ametralladoras, quedan los casquillos tirados por el piso, parecería que no es territorio del Uruguay. Estamos permitiendo que esas bandas operen copando y decimos que el Ejército no salga. Estamos en situación de pandemia de muertes", lamentó el exfiscal en Telemundo.
"La seguridad se refuerza con patrullaje. El Ejército Nacional, que no tiene competencia para arrestar, bien podría estar en una esquina, en una camioneta con cuatro personas conversando como pasa en Europa. Como pusieron en toda la frontera uruguaya", sostuvo por su parte Lust planteando una versión más moderada en la misma línea.
El planteo llena el ojo, pero nada más. De hacerlo significaría que muchos barrios pasen a vivir como si estuvieran sitiados o bajo toque de queda. ¿Es la solución? No parece ser, no funcionó en ningún lado del mundo. El caso del fracaso más estrepitoso fue la militarización de los estados fronterizos del gobierno mexicano de Felipe Calderón en 2006: el resultado fue justamente lo que dice Zubía; se multiplicaron las muertes de militares y narcos, pero mucho más de la población civil que quedó desamparada y desprotegida entre dos fuegos. Para peor, muchos de esos militares que se iniciaron en el combate contra los cárteles de las drogas terminaron convirtiéndose ellos mismos en narcotraficantes en disputa, caso de Los Zetas. Y la violencia se multiplicó.
Bienvenido el debate que genera el planteo de Lust y Zubía, pero cualquiera que lee sobre el tema sabe que militarizar la lucha contra el crimen organizado no es la solución. Algo así como una curita para una gangrena.