2 de diciembre de 2017 5:00 hs
El veredicto vergonzante de un tribunal permitirá al presidente boliviano Evo Morales aspirar a un cuarto período consecutivo, pese a que se lo impiden la Constitución y su derrota en un referendo de 2016. El venezolano Nicolás Maduro, ungido por Hugo Chávez y sin rivales a la vista, intentará su reelección el año próximo. Y el presidente ecuatoriano Lenín Moreno llamó a una consulta popular para impedir la reelección indefinida de su antecesor, Rafael Correa, con quien ahora está en guerra.

La más reciente horneada de caudillos populistas latinoamericanos, incluido el nicaragüense Daniel Ortega, ha talado a la oposición y manipulado las leyes para permanecer en el poder.

Otros ya habían hecho reformas reeleccionistas, aunque un poco más modestas: Carlos Menem, quien presidió Argentina entre 1989 y 1999; Fernando Henrique Cardoso, presidente de Brasil entre 1995 y 2002; o Álvaro Uribe, presidente de Colombia entre 2002 y 2010.
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Muchos Estados permiten la reelección de sus presidentes, lo que es inobjetable desde el punto de vista democrático, pero muy pocos admiten la reelección indefinida.

Para los liberales, siempre desconfiados del poder, la reelección indefinida del titular del Poder Ejecutivo es inaceptable, salvo que se trate de sistemas parlamentarios, como los de Alemania, España o Reino Unido.

Incluso los estadounidenses debieron enmendar su Constitución después que Franklin Delano Roosevelt ganara cuatro veces y gobernara entre 1933 y 1945.

Alberto Fujimori gobernó Perú como un monarca desde 1990 hasta que debió huir en 2000. Los hermanos Castro se adueñaron de Cuba hace casi 60 años y han mantenido a la isla suspendida en el tiempo, como un museo, valiéndose de un partido comunista servil y disciplinado que pondría rojos de envidia a Porfirio Díaz, Stroessner o Trujillo.

Hay otros casos de dinastías, como los Duvalier, dueños de Haití entre 1957 y 1986; o matrimonios presidenciales, como el guatemalteco Álvaro Colom, quien pretendió ser sucedido por su esposa; o Juan Domingo Perón y María Estela Martínez y Néstor Kirchner y Cristina Fernández, que accedieron por la vía democrática.

Hoy los autócratas prefieren vestirse de izquierdas, que rinde mejor. Pero en las décadas de 1930 y de 1940 proliferaron los gobiernos nacionalistas de derecha y los regímenes corporativos inspirados en paradigmas de entonces: la Italia fascista, la Alemania nazi o la España franquista.

Getulio Vargas, quien gobernó Brasil casi sin interrupción entre 1930 y 1954, se inició como caudillo de derechas que conjugó modernización, autoritarismo, paternalismo y culto a la personalidad. Algo similar hizo Perón en Argentina desde 1946.

El problema no es solo la reelección indefinida, sino también las maniobras para saltear las prohibiciones, y las reformas constitucionales hechas con nombre y apellido. En América Latina se han experimentado todas las triquiñuelas imaginables: una apología del ridículo. Es una tierra adolescente y experimental, patria de personalismos, guerras civiles y revoluciones. Y la culpa de los fracasos siempre la tiene otro.

Ahora el chavismo ha dejado a Venezuela en ruinas y hambrienta. Ecuador, en tanto, después del auge del petróleo, está en graves problemas. Pero a Evo Morales le ha ido mejor. Él combinó liderazgo popular, nacionalizaciones y otras reformas con un manejo macroeconómico relativamente estricto y exitoso. Parte del crédito se lo lleva el ministro de Economía, Luis Arce, a quien muchos llaman "un neoliberal que no ha salido del clóset". Sin embargo el personalismo del líder terminará por arruinar el proceso, como siempre ocurre.

Todas las constituciones uruguayas, desde 1830, han prohibido la reelección presidencial inmediata. Los aspirantes deben pasar al menos un período en el llano. Así ocurrió con José Batlle y Ordóñez, Julio Sanguinetti y Tabaré Vázquez.

Hubo excepciones y alguna tentativa de permanencia frustrada. Máximo Santos se hizo reelegir haciendo trampas; Gabriel Terra empezó un nuevo mandato en 1934 después de un golpe y de modificar la Constitución; Jorge Pacheco Areco quiso seguir de largo en 1971 con una propuesta de reforma que, si bien alcanzó casi el 30% de los votos, no fue aprobada.

Pero la trayectoria uruguaya, en general, ha sido honrosa. Batlle y Ordóñez, enormemente popular tras la guerra civil de 1904, no intentó cambiar las reglas a su favor. Y Tabaré Vázquez descartó en 2008 las propuestas reeleccionistas que izaron varios barones de la izquierda, desde Jorge Brovetto a José Korzeniak.

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