En la conferencia de prensa que dio después de que el papa hiciera su inesperado anuncio, el portavoz de la Santa Sede, el padre Federico Lombardi, informó que en marzo se celebrará el cónclave que elegirá al sucesor, después de que se haga efectiva la renuncia el último día de febrero.
Luego, en orden de precedencia, se podrán de pie y depositarán su voto ante la mirada de los demás. En la elección está previsto que ayuden nueve cardenales: tres para recoger los votos de los enfermos que no se puedan parar, tres para contar todo y otros tres para supervisar el escrutinio. Después de cada una de las sesiones, los encargados toman las papeletas y las queman junto con paja húmeda en la estufa de la Capilla Sixtina, de ahí el famoso humo negro.
Pero si uno de los cardenales resulta elegido, entonces el cardenal decano, Angelo Sodano, le pregunta si acepta la elección canónica como sumo pontífice. Si acepta, inmediatamente se convierte en papa y elige el nombre con el que quiere que lo llamen.
Entonces los encargados toman las papeletas y las queman con un químico especial para que la fumata sea bianca. En ese momento comienzan a sonar las campanas de la Basílica de San Pedro y solo queda esperar a que el cardenal protodiácono salga al balcón y enuncie en latín el “Gaudio magno” y el nombre del papa, que aparecerá a saludar a los fieles.
El nuevo pontífice tiene que resultar votado por dos tercios de los presentes (y no por unanimidad, como hasta el año 2007). El artículo 74 de la Universi Dominici Gregis establece que, si después de 34 votaciones no se llega a la necesaria mayoría, se podrá decidir por mayoría absoluta cómo proceder.
Así, y con los días previstos como pausa cada tres de decisión, lo máximo que se debería alargar la votación son 13 días. O sea que, en el peor de los casos, el nombre del nuevo pontífice se sabrá el 28 de marzo, exactamente un mes después de la dimisión.
Esa jornada coincide con el Jueves Santo, aniversario de la última cena de Jesús y uno de los días en que más fieles asisten a la misa que se celebra en la Plaza de San Pedro.
Pero antes de que todo esto suceda pasarán varios días durante los cuales comenzarán a tomar vuelo los rumores de papables, estrategias e intrigas. Ya hay algunos nombres que circulan y en pocas horas aparecieron presuntos expertos que se inclinan hacia uno u otro lado: que los italianos se querrán hacer presentes porque desde Juan Pablo I no ocupan la sede de Pedro, que América reúne a la mayor cantidad de católicos en el mundo y se merece un liderazgo; que un papa negro hablaría muy bien de la apertura de la Iglesia, que la mayoría de los electores fueron designados por Benedicto XVI y entonces el nuevo papa seguirá su línea… esta y otras teorías ya circulan por todas partes.
Difícil es saber qué es lo que finalmente sucederá, también teniendo en cuenta que durante los días que dura el cónclave los participantes están de retiro y el espíritu indica que dedicados 100% a la misión que enfrentan, que es de carácter sobrenatural y no político o humano.
Claro es que pueden violar las normas, pero por lo pronto las intrigas no permiten afirmar que la realidad se digitará y decantará antes de lo previsto. Sirva de precedente la segunda elección de 1978, por demás trascendental y conversada, en pleno posconcilio y tras un pontificado de 33 días. En esa oportunidad de gran revuelo, empero, el resultado fue uno que nadie se esperaba: la elección de un polaco cuyo nombre era desconocido para gran parte de un mundo que acabó conquistando al cabo de casi 27 años.