12 de julio 2011 - 17:38hs

El escenario en el que suceden todos los hechos de Sala 8, la reciente novela de Mauricio Rosencof, está poblado de vivos y muertos. Pero es tal la ensoñación que sus historias producen –por su irracionalidad, su ternura y su humor– que uno no sabe realmente quién está vivo y quién está muerto. En este sentido, la sala de un hospital que es vista a través de la mirada atónita de un desaparecido por la dictadura se parece a Comala, aquel territorio de vivos y muertos que creó Juan Rulfo en Pedro Páramo hace más de medio siglo y que todavía sigue sorprendiéndonos.

Pero la sala 8 de Sala 8 no es Comala, es un sitio fantasmagóricamente real, es la sala del Hospital Militar a la que iban a parar los presos políticos para recuperarse de las torturas, un lugar que el autor de Piedritas bajo la almohada define en la novela como el “Paraíso”, cerca de la morgue, “donde los milicos enfriaban las cervezas”. Un lugar que vuelve de la memoria y que mañana Rosencof traerá al presente en la Sala Atahualpa del Teatro El Galpón, cuando presente este trabajo junto a Javier Miranda y Marcelo Estefanell.

“Estoy amontonado sobre mí mismo, las manos atrás, alambradas, alambrados los pies descalzos. En estas condiciones, desnudo y sin documentos, ¿a dónde carajo creen que voy a ir?”, escribe Rosencof en Sala 8. De esto habló con El Observador.

Más noticias
¿Por qué llama Paraíso a un lugar tan lúgubre como lo fue la Sala 8?
¡Qué querés que te diga! Era una sala de mierda, está claro. Allí veías que un día a alguien se lo llevaban para operar y no volvía más; veías que una muchacha estaba para parir y ese hijo iba a ser un hijo perdido; veías que llegaban compañeros medios descoyuntados y que los recomponían para seguir dándoles la biaba. Pero como este libro no está hecho para acusar a nadie, llamo Paraíso a ese lugar por puro capricho. Yo estuve allí dos veces, una en silla de ruedas, y la primera impresión que me produjo aquel lugar, luego de años que no veías una sábana blanca, era medio paradisíaca. Fijate que Edmundo Dantés, en una de las cartas finales de El conde de Montecristo dice que la felicidad no es más que la comparación de un estado con otro.

Pero cuando esa primera impresión se borró y apareció la realidad…
Sentís la necesidad de dar testimonio de lo vivido. Yo vi morir compañeros ahí. Pasó un pueblo por la sala 8. Cuando se desvanece el Paraíso te das cuentas que tenés vivencias adentro que, por más que nunca te planteaste extrovertir, salen a la luz. Así como en Las cartas que no llegaron apareció mi infancia, en Sala 8 fueron apareciendo todos esos fantasmas que lo habitan a uno. Sentís como una picazón.

“El Pan de Dios ese está hecho miga” dice un personaje en la novela. ¿Cómo ve a la distancia el hecho de llevarlos a esa sala para luego volver a torturarlos?
Es que ese era el mecanismo. Mirá, te cuento una anécdota que te da la tónica de cómo funcionaba eso. Cada vez que nos cambiaban de cuartel andábamos tres rehenes juntos para todos lados, el Ñato (Eleuterio Fernández Huidobro), el Pepe (José Mujica) y yo. Durante trece años recorrimos el Uruguay en calabozos. Una vuelta, cuando nos llevaron al Regimiento 11 de Infantería de Treinta y Tres, el médico que nos revisaba, que era lo primero que hacían para no hacerse responsables de las afecciones que podías tener, se fijó que al Pepe no le entraba la comida y que se la tenían que dar por cucharaditas, y mirá que no es una metáfora. La cosa es que a mí, que me tenían de capucha y atado, me pusieron en una camilla y me tomaron la piel del vientre alzándola y alzándola como para armar una carpa. El punto es que los tipos se olvidaron que me a mí habían retenido más tiempo allí, entonces escucho que el médico le comenta al comandante de la unidad: “Pero para tenerlos así es más humano fusilarlos”. ¡Qué querés que te diga! Yo prefiero aguantarme, ¿no?

En una de esas dos veces que estuvo en Sala 8, ¿qué pensamiento lo ayudó a tener paz para aguantarse?
Esto es interesante, porque la paz en esas condiciones eran tentaciones del demonio. No podías darte el lujo de la paz. Yo te diría que lo más tenebroso de nuestra historia ahí fue la constante incertidumbre. No sabías cuándo volvías a la tortura, cuándo te sacaban para fusilarte o cuándo te daban alguna mala noticia de un familiar… La constante ahí era la incertidumbre, la paz era tramposa y tenías que saberlo.

¿Y en qué se aferraba para borrar esa incertidumbre?
En pensar cómo podíamos rajarnos y actuar en eso. Es más, en una de mis internaciones el objetivo era buscar un contacto que sabíamos que teníamos afuera pero que cayó 15 días antes de que yo llegara a la sala. Aquello podía haber sido una posibilidad y esta historia sería otra.

El lugar era una mierda, ya usted lo dijo. Pero imagino que de allí no quería irse, ¿no?
Nadie quiere irse del Paraíso. Allí te daban de comer, tenías una cama, no te golpeaban. Allí, a un compañero que tenía la columna deshecha y que no podía ducharse ni nada, le daban un algodón empapado con alcohol para limpiarse el cuerpo y él lo que hacía era exprimirlo en un vaso. Cuando autorizaban yo lo acompañaba y llegábamos allá con ese vaso, lo diluíamos con agua y aquello era un elixir. Nos mandábamos unos tragos y volvíamos poco menos que cantando. Más que eso, ¿qué podías pedirle a la vida?

Seguí leyendo

EO Clips

Te Puede Interesar

Más noticias de Argentina

Más noticias de España

Más noticias de Estados Unidos