5 de octubre 2012 - 18:23hs

Los diccionarios son necesarios.De lo contrario, el lenguaje sería un bolonqui, como si jugáramos a la pasadita con las palabras y, en lugar de esclarecer las zonas oscuras del idioma, siguiéramos gastando pólvora en chimangos.

En el Día del Patrimonio hay quienes prefieren rajar, tocar la polca del espiante, pero hay quienes se interesan por el tema propuesto. Para ellos será interesante escuchar el chamuyo de los que la tienen clara, los que conocen los vocablos yoruguas como si los hubieran parido.

El párrafo anterior puede ser incoherente, pero no hay palabras inventadas para la ocasión sino que todas forman parte del español general o del español que se habla en Uruguay, tal como aparecen en el Diccionario del español del Uruguay compilado por la Academia Nacional de Letras y editado por Banda Oriental.

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El lenguaje de los uruguayos es el lema de esta edición del Día del Patrimonio que se celebra hoy y mañana. Y la Comisión Nacional de Patrimonio, encargada de la temática y organización de las jornadas, designó a este texto como mascarón de proa y documento de consulta obligada para los festejos del fin de semana.

José María Obaldía, uno de los hacedores del libro y referente de la Academia Nacional de Letras, dice que la obra se viene gestando desde que se fundó la academia, en 1942.
Durante todas estas décadas se fueron relevando datos del habla urbana y rural de cada departamento y se fueron archivando los informes, hasta acumular caja sobre caja.

Los investigadores se iban relevando. Algunos abandonaban la tarea. Otros fallecieron.
El impulso definitivo de la obra fue la aparición de la informática, según Obaldía: “Se seguía acumulando material pero estábamos estancados, hasta que con la informática todo empezó a cambiar”.

Digitalizar ese material fue un proceso arduo: “Todos éramos ignorantes en ese aspecto y algunos seguimos siéndolo”, pero finalmente se estableció un plan de trabajo y se empezó a cumplirlo.

Para la redacción del texto final se armaron tres equipos de cuatro personas cada uno y se tomaban las decisiones por consenso. “Nominalmente había una autoridad, que era el presidente de la Comisión de Lexicología al momento de terminar el trabajo, que era yo”, explica Obaldía.

Además de los informantes, que en el interior podían ser maestros y profesores pero también policías, se consultaron fuentes escritas, que incluían toda la literatura con temática nacional y los antecedentes en materia de lexicografía nacional. “Lo que hicimos fue un filtrado de dudas, y luego de cernir el material quedaba un número mucho menor de vocablos”.

Letras para todos
Llegó un momento del año 2010 en el que se decidió que no entrarían más palabras. Finalmente fueron 9.117 los artículos, 14.057 acepciones y más de 1.000 formas complejas.

Entre abacanarse (transformarse en un bacán, que es una persona cómoda y despreocupada) y zum (dispositivo con una resistencia eléctrica que se sumerge en un recipiente con agua para calentarla) hay más de 500 páginas que recorren los laberintos del alma oriental.

No hubo una financiación específica para el proyecto y la asignación de recursos para la Academia Nacional de Letras “es bastante escasa”. El Ministerio de Educación y Cultura compró una buena cantidad de ejemplares y la Real Academia Española siempre aporta algún tipo de subvención, pero se puede decir sin temor de errarle al biscochazo que fue un trabajo a pulmón.

Los destinatarios de este trabajo, cuyo precio en librerías es de $ 580, son los estudiosos del idioma y también el público en general, en Uruguay. El diccionario tiene un aire lúdico, de alguna manera.

La palabra botija se define lacónicamente con un sinónimo: gurí y una vez que se consulta este último es posible enterarse de que se trata de niño pero también se ofrecen otras opciones: borrego, botija, guacho, pebete, pendejo, péndex, pibe y una de las acepciones es “persona que tiene menos edad que su pareja”.

Las palabras que empiezan con el sonido “ch” crean una atmóstera muy particular. Ahí está chaschás, chatita, chaucito y chaveta, Checato y chetada. Chiche, chicotazo, chijete, chimento, chimichurri y chismosa. Chocante, cholulo, chongo y choripán. Chúcaro, chupamedias churrasquita, chusma y chuza.

Obaldía sostiene que si es cierto que el diccionario tiene un aire lúdico, eso es espontáneo y debe ser porque “estábamos manejando algo que no es muy grato, como un juguete”.
El diccionario se publicó en 2011 y, desde entonces, los académicos están recibiendo una catarata de sugerencias sobre nuevas incorporaciones. Es el destino de los diccionarios, explica Obaldía: “Son una fotografía de un momento preciso y el lenguaje está en movimiento constante”.

Entre las críticas que ha recibido el trabajo, una de las más airadas se refiere al uso de la palabra aurinegro como primera acepción de decano. Obaldía sostiene que esas palabras se empleaban como sinónimos por los comentaristas deportivos, aunque el tema es el centro de una polémica entre partidarios de Peñarol y de Nacional, que se disputan el honor de ser el decano del fútbol uruguayo. Obaldía señaló que él, personalmente, es de Racing, y que en general el fútbol no era un tema que inspirara gran fervor entre los académicos que redactaron el diccionario.

Obaldía explica que “el habla es un componente básico de la estructura afectiva del hombre en relación con sus semejantes, su tiempo y su tierra” y que un diccionario da “la satisfacción de tener un árbitro para resolver una duda, una discusión sobre el lenguaje”.

“Al habla la hace el pueblo”, recuerda Obaldía en el prólogo del diccionario. El trabajo de la Academia Nacional de Letras fue prestar oídos a ese habla popular, y después registrar los datos, de la manera más prolija posible.
El resultado vale la pena

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