24 de octubre 2014 - 20:49hs

Todavía había una dictadura militar cuando se celebraron las elecciones de 1984 y sin embargo ese domingo 25 de noviembre fue una fiesta como la que se vivirá hoy, como la que se disfrutó el 26 de noviembre de 1989, el 27 de noviembre de 1994, el 31 de octubre y el 28 de noviembre de 1999, el 31 de octubre de 2004 el 25 de octubre y 29 de noviembre de 2009.

Hubo seis elecciones presidenciales desde que se reanudó la democracia, dos de ellas con segunda vuelta incluida. Julio María Sanguinetti fue electo dos veces, una hazaña a la que Tabaré Vázquez aspira este año.

La última vez que la ciudadanía fue llamada a expresar sus preferencias también acudió la lluvia. Al mismo tiempo que llamaba el deber cívico, Meteorología alertaba sobre las turbulencias atmosféricas. La crónica de El Observador reflejaba el ambiente de esta manera: “En la tarde, el silencio se adueñó de las calles, aún en las grandes avenidas, por las que solo se veía pasar lentamente los autos cargados de militantes y banderas”.

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La mayor preocupación del candidato favorito en las encuestas, José Mujica, ya en su chacra, después de haber votado, era el viento. Lo molestaba en el combate de la margarita etilea, una maleza que, según explicó el político y chacarero, “es una plaga que se come los campos”.

En tiendas de los blancos, esa noche la espera era tensa. El Observador narraba así la situación en su crónica del lunes: “A las 21 horas de ayer a Lacalle las encuestadoras lo daban por liquidado. Decían que probablemente no habría balotaje y que, en todo caso, el Frente Amplio votaría por encima del 48% y el Partido Nacional bastante por debajo del 30%”.

“A esa altura de la noche –continuaba la crónica– la sede del Partido Nacional parecía un velorio al que le faltaba el muerto. Había menos de 200 personas en sus alrededores, algunas pocas banderas sin flamear, las conversaciones eran cuchicheos y más de una muchacha lagrimeaba”.

Hasta que llegó el líder: “Cuando llegó Lacalle lo hizo para decir que estaba “pronto para la segunda vuelta”. Y minutos después los encuestadores reconocían que habían sobredimensionado las encuestas a boca de urna. Entonces las banderas salieron de no se sabe donde, un veterano lloró de emoción, sonaron canciones festivaleras y se bailó “el baile del Cuqui”.

“Vieron cavar tierra, creyeron que era una tumba y no se dieron cuenta de que era un nuevo cimiento”, dijo poco después Lacalle en referencia a los que lo daban por derrotado.

Un mes después, el balotaje confirmó a Mujica como presidente y se empezaban a escuchar esas máximas que enaltecen el espíritu democrático uruguayo y lo ponen de ejemplo para naciones de política más crispada: “Don José Mujica será el presidente de los orientales, pesada carga para cualquiera de nosotros. Somos un mismo país y un solo pueblo”, dijo Lacalle, en tanto que el presidente electo decía. “Recordemos en una noche de alegría que hay compatriotas que tienen tristeza y que son hermanos de nuestra sangre. Por eso, ni vencidos ni vencedores. Apenas elegimos un gobierno, que no es dueño de la verdad, que nos precisa a todos”.

Cinco años después, otro Luis Alberto Lacalle, esta vez el bisnieto de Luis Alberto de Herrera, le disputa la primacía a la izquierda, en la figura del ex presidente Tabaré Vázquez.

Y ya lo ve, y la ya lo ve...

Las elecciones de 2004 marcan el ascenso de la izquierda al gobierno por primera vez en la historia del país. El domingo 31 de octubre de 2004 las expectativas de los frenteamplistas eran enormes y su candidato parecía una estrella pop. Cuando fue a votar, las expresiones de cariño eran más personales que militantes: “Señora, hoy no firma autógrafos”, le explicó uno de los hombres de seguridad a una mujer que pretendía que Vázquez le rubricara una bandera frenteamplista, según reportó El Observador.

Esa tarde el senador José Mujica recogía flores en la chacra, cuando se permitió reflexionar sobre un aspecto que, a la luz de lo que dicen las encuestas en 2014, es muy ilustrativo: “Nos están prestando el voto. No es tanto que los hayamos convencido, es que ellos (los partidos tradicionales) los perdieron, los han tratado tan mal. ¡Qué bueno!, están dispuestos a hacer un experimento a ver qué pasa”, dijo.

Y remató: “Tiene contracara esto también, porque después cuando te pasen la boleta, ¿eh? Los hombres tienen más capacidad de soñar y de ambicionar que de concretar. Por eso, luego de un triunfo siempre hay una derrota. Eso le pasa a la condición humana, no le pasa a la izquierda, le pasa a la condición humana”.

Esa noche, por lo pronto, fue una fiesta frenteamplista, un momento esperado desde que los partidos de izquierda se unieran en una coalición en 1971.

El candidato vencedor en ese momento tiene un panorama mucho más complicado esta noche y dentro de cinco semanas, para lograr ser electo por la ciudadanía dos veces, algo que solo cumplió el colorado Julio María Sanguinetti (ver recuadro “Dos domingos victoriosos”).

Cinco años antes, en 1999, también se cumplía un sueño largamente acariciado: el de Jorge Batlle, eterno candidato que por fin cumplía con el destino de su estirpe. Batlle se había postulado para ocupar el máximo cargo público de la nación en 1966, 1971, 1989 y 1994, hasta que finalmente, inaugurando las nuevas reglas constitucionales que establecían una segunda vuelta electoral entre los candidatos más votados, obtuvo, con el apoyo de los votantes nacionalistas, la mayoría de los sufragios el domingo 28 de noviembre.

Su retórica de entonces fue de agradecimiento al Partido Nacional en su conjunto, cuya adhesión fue decisiva para que Batlle, que había obtenido 31,7% en octubre, venciera a Vázquez, que había obtenido el 39 %.

Por eso en su discurso no solo agradeció sino que citó al histórico líder blanco Wilson Ferreira Aldunate. Sus plegarias fueron escuchadas y ganó en segunda vuelta con el apoyo de la casi totalidad de los votos blancos.

Las elecciones de 1994 fueron las más interesantes para ver de afuera, ya que los tres partidos mayoritarios se las disputaron palmo a palmo hasta el resultado final, que dio vencedor a Julio María Sanguinetti por dos puntos porcentuales sobre el tercero, Tabaré Vázquez, y apenas más de un punto sobre el candidato nacionalista Alberto Volonté. Vázquez, que había sido nombrado presidente de forma prematura por Canal 10, se escapó por una azotea para no enfrentar a la prensa, que esperaba sus declaraciones después que se supo que el ganador era Sanguinetti.

El Partido Nacional había tenido su momento de gloria en la noche del 26 de noviembre de 1989. Sus partidarios festejaban entonando “o-le-le. o-la-la. El oro que se queda, es Batlle que se va”, con referencia a una propuesta del candidato colorado . Luis Alberto Lacalle resultó vencedor. Su nombre y su sangre están en la contienda que se empieza a dirimir esta noche, y que, independientemente de quien gane, es una fiesta que forma parte de la identidad nacional, un enfrentamiento muy civilizado en un rincón de América del Sur.

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