Primero, su cuna. Su padre, Cédar Viglietti, guitarrista, musicólogo, investigador del folklore; su abuelo, Jacinto Viglietti, guitarrista; su madre, Lyda Indart, pianista clásica. La rama popular y la rama culta se unieron en los instrumentos que los hijos usaban como juguetes y como medios de expresión.
Antes del canto estaba la tierra, tan presente como abrir los ojos al amanecer en el campo, y entre el cielo y el suelo, el hombre, apoyado en su destino, y su destino, apoyado en el paisaje. Los cantores de antaño ya habían horadado el camino, en el folklore uruguayo y también en el argentino, por supuesto.Luego, la voz de Atahualpa Yupanqui, piedra antigua y a la vez faro, alumbraba a todo aquel que se animara a sentarse en una silla con la guitarra sobre las piernas, peinado a la gomina, polera negra de cuello alto, estampa firme que disimulaba los nervios o refractaba con hidalguía el simple silencio.
"Yupanqui", voz quechua firmada por un gauchito mestizo de cara plana y ojos rasgados, nombre andino que se anudaba detrás de un padre pobre pero con libros, empleado de un ferrocarril que lo había traído desde el lejano Chaco, donde las palabras se salteaban los siglos. Pero el gauchito creció y su voz ganó hondura: retrató los indios, los jinetes, el mundo del caballo, que le da estatura, trabajo y dimensión al hombre. Le cantó a las bondades de la familia, a las penas del pobre, a las injusticias de la codicia, los dobleces del amor y los milagros del clima y de las cosechas. Si Yupanqui era un río ancho pero manso que bajaba desde las montañas que desafiaban la memoria, entonces el joven Viglietti era un arroyo, un afluente, un curso que tomó parte de aquel caudal de impulso. Lo escuchó, lo estudió, lo versionó, por supuesto. Allí está el río en Tú que puedes, vuélvete, de Yupanqui, en el disco inaugural de Viglietti, Canciones folklóricas y seis impresiones para canto y guitarra, de 1963.
También la poética de otro mestizo argentino, Horacio Guarany, lo rozó y llegó a sus manos sobre las cuerdas y su voz en el micrófono. Como todo joven que comienza, el apoyo en los hombros de los mayores es la piedra para construir la casa propia, y las voces de la tierra argentina, cargadas de tonos y ritmos criollos pasaron por la cuerdas vocales de un muchacho veinteañero uruguayo de origen italiano.
Si Yupanqui era un río ancho pero manso que bajaba desde las montañas que desafiaban la memoria, entonces el joven Viglietti era un arroyo, un afluente, un curso que tomó parte de aquel caudal de impulso
Al poco tiempo, conoció al escritor Juan Capagorry, oriundo de Solís de Mataojo, pueblo de Lavalleja donde había nacido Eduardo Fabini. Entre los años 1964 y 1965, el mundo musical era tomado por asalto por cuatro jóvenes de Liverpool. Viglietti y Capagorry se deslumbraron con su sonido, por supuesto, pero también eran admiradores del escritor minuano Juan José Morosoli, gran cronista de las almas que poblaban las serranías minuanas, los pequeños pueblos de la campaña. Los retratos de Capagorry de los viejos oficios de la tierra rendían reverencia a Morosoli, y en la unión con los acordes de Viglietti dieron como resultado el disco Hombres de nuestra tierra.
Ahí aparecen el carrero, el "pion pa' todo", el pescador, el pastero, el que corta las calagualas, el chacarero, el acordeonista y el garcero, entre otros, cada uno con su drama a cuestas, con su tradición y su desvelo. En esos discos late un clamor del campo, una intuición, una huella de camino poético y musical.
Luego vendría la canción de protesta, la reivindicación política e ideológica, la brasa revolucionaria, el espíritu de unos tiempos demasiado veloces y violentos como para que la sensatez del equilibrio pudiera ser parte del repertorio, porque había que parir el hombre nuevo a como diera lugar y el alambre cercaba la prisión que escondía la felicidad. El tiempo, con todas sus cargas, las sumas y restas, los besos, los balazos y los llantos, se encargó de hablar a su modo, tan arbitrarias son las agujas del reloj.
El mismo tiempo que dijo, allá a comienzos de la carrera de Viglietti, que había que saber escuchar con buenos tímpanos a los que habían hablado antes.