14 de abril de 2026 13:46 hs

Thomas Szasz (1920–2012) fue una figura central del pensamiento crítico sobre la psiquiatría. En The Myth of Mental Illness, sostuvo una tesis provocadora: muchas de las llamadas “enfermedades mentales” no son enfermedades en sentido médico —como una infección o un tumor—, sino problemas de la vida, del comportamiento o del conflicto social. Su crítica apuntaba, en el fondo, a la medicalización de la conducta humana. A la medicalización de la vida cotidiana.

Szasz defendía una concepción exigente de la libertad individual: incluso en condiciones adversas, el sujeto conserva un margen de elección. La psiquiatría, en cambio, tiende —según él— a desplazar la explicación hacia factores externos (biológicos, químicos, genéticos), reduciendo ese margen. Si el comportamiento es completamente “involuntario”, la noción de responsabilidad se debilita. Y eso tiene implicancias éticas y legales concretas: desde la imputabilidad penal hasta la autonomía personal.

Sus críticos señalan que esta postura puede ser excesivamente rígida. En condiciones como las adicciones, por ejemplo, existe evidencia de alteraciones neurobiológicas y patrones conductuales que reducen —aunque no necesariamente anulan— la capacidad de autodeterminación.

Cuando Szasz afirmó que no vivimos una epidemia de enfermedad mental sino una epidemia de psiquiatría, no describía el mundo con precisión clínica: forzaba el lenguaje hasta hacerlo crujir. Ese es su valor. No la exactitud, sino la capacidad de incomodar.

Y esa incomodidad no fue solo individual. En los años 60, la llamada antipsiquiatría —con figuras como R. D. Laing y David Cooper— introdujo una sospecha que aún persiste: toda definición de normalidad encierra también una forma de poder. No ofreció respuestas estables, pero dejó una marca más profunda: la de no aceptar sin más aquello que se presenta como evidencia.

En otro registro, pero en diálogo con esa misma inquietud, la obra de Michel Foucault reforzó esa mirada: lo que una época nombra como enfermedad, desvío o anormalidad no es ajeno a sus formas de ordenar, clasificar y controlar.

Con el tiempo, esa sospecha se volvió menos audible.

Años después, asistiendo a seminarios en Estados Unidos dictados por Theodore Millon, esa cuestión reaparecía en otro plano. No como impugnación del campo, al modo de Szasz, sino como una exigencia interna de rigor: no todo rasgo es un trastorno.

Esa distinción —entre rasgo y trastorno— no es meramente técnica. Es conceptual. Y también es ética.

Ni todo es enfermedad. Ni nada lo es. Existen trastornos mentales reales, graves, tratables. Pero también una tendencia creciente a redefinir como patología aquello que, durante siglos, fue entendido como parte de la experiencia humana. Y en ese desplazamiento, ciencia, mercado y poder empiezan a superponerse de manera inquietante.

En las últimas décadas, la frontera entre sufrimiento y enfermedad se ha corrido de forma persistente. El resultado es una expansión diagnóstica sostenida, respaldada por manuales como el DSM-5, cada vez más abarcativos. No todo lo que allí se incluye es cuestionable. Pero el conjunto revela una dirección: ampliar el campo de lo tratable hasta abarcar zonas enteras de la vida.

El correlato es visible: más diagnósticos, más tratamientos y, sobre todo, más consumo de psicofármacos. La Sertralina —popularizada bajo marcas como Zoloft— dejó de ser una herramienta clínica acotada para convertirse en una respuesta frecuente frente a malestares que muchas veces tienen historia, contexto y sentido.

El problema no es el fármaco. Es el atajo. Porque no todo malestar es enfermedad. A veces es conflicto. A veces es duelo. A veces es la vida misma. Ahí aparece el punto ciego: la diferencia entre síntoma y causa.

En la práctica se ha consolidado una lógica de intervención rápida: reducir la ansiedad, estabilizar el ánimo, mejorar el sueño. Objetivos legítimos, sin duda. Pero cuando esa lógica se vuelve dominante, el riesgo es otro: apagar síntomas sin interrogar aquello que los produce. Y en ese punto, la clínica pierde profundidad.

Nada de esto implica negar lo evidente: existen trastornos mentales severos, incapacitantes, que requieren tratamiento. Negarlo sería irresponsable. Pero entre esa realidad y lo que hoy ocurre hay una deriva que merece ser señalada.

Una cultura que responde al malestar casi exclusivamente con fármacos corre el riesgo de volverse eficiente —cuando están bien indicados— y, al mismo tiempo, superficial. Alivia, sí. Pero no necesariamente comprende. Regula, pero no transforma. Y, en muchos casos, cronifica: deja al paciente estabilizado, pero detenido.

En ese desplazamiento, la pregunta de fondo desaparece: ¿qué está diciendo ese síntoma?

La psicoterapia, en cambio, parte de otra premisa: que el síntoma no es sólo algo a suprimir, sino algo a escuchar. No se trata de negar el valor de los fármacos cuando son necesarios, sino de restituir un espacio donde la palabra recupere su lugar. Allí, el malestar deja de ser un error a corregir de inmediato y puede empezar a leerse como expresión de una historia, de un conflicto, de una tensión no resuelta. La tarea no es simplemente estabilizar, sino comprender; no sólo aliviar, sino transformar.

Porque cuando el síntoma es silenciado sin ser interpretado, lo que desaparece no es el problema, sino su lenguaje.

Szasz exageró. Pero no se equivocó en lo esencial. Tal vez el problema no sea que existan demasiadas enfermedades, sino que hemos empezado a tratar como enfermedad aquello que, en muchos casos, es expresión de la vida misma.

Y cuando eso ocurre, lo que se pierde no es solo precisión clínica. Es algo más incómodo —y más valioso—: la posibilidad de entender.

Te Puede Interesar

Más noticias de Argentina

Más noticias de España

Más noticias de Estados Unidos