De Pontevedra a Punta Carretas: la historia del español que administró durante más de 40 años la panadería centenaria que será demolida en Punta Carretas
El horno de la panadería Latinoamericana se apagó, pero los recuerdos de la familia que la manejó por más de 40 años reivindican la historia de un símbolo del barrio.
En el número 882 de la calle Luis Franzini hace 112 años que funciona una panadería, que dejará de existir en los próximos meses cuando se demuela este local y el de la parrillada El Tigre para levantar un edificio residencial.
En los últimos días, Ramiro Iglesias navegó en su memoria y en sus papeles hasta encontrar uno que diera con el año fundacional del local que acaba de vender. Lo más antigüo que encontró fue un documento de 1913 en el que consta el registro de lo que hoy es- aún- la panadería Latinoamericana.
La mayoría de sus recuerdos no vienen de papeles, sino de vivencias "de un gallego de 82 años que ni terminó la escuela", dice entre risas en el patio de su casa en Punta Gorda y ante la atenta mirada de su esposa Isabel.
Podría haber ido a Francia, a Suiza o a Alemania, países más cercanos a su pueblo natal Santa María de Tebra en Pontevedra. “Ahí pagaban mejor y en las vacaciones volvían a España”, recuerda sobre sus conocidos de la época. “Yo demoré 19 años en volver. Cuando fui ya no conocía ni los caminos” cuenta Iglesias que siguió la tradición familiar y recayó en Uruguay “por costumbre o engañado, una de las dos”. Aquí lo esperaba su hermano-ocho años mayor que él- y su tío que había emigrado antes de la Guerra Civil Española.
Ramiro Iglesias pisó suelo uruguayo el 7 de setiembre de 1962. Los pocos estudios que tenía los suplantó por trabajo duro que empezó en La Aduana a la que define como "la escuela de Uruguay". Entre sus bares, bancos, despachantes de Aduana y estibadores aprendió de primera mano el valor de la confianza, de los códigos y los valores que le servirían para todo el camino.
Algunos de los "hombres importantes" a los que sirvió café y con los que compartió algún cigarrillo le marcaron la vida con sus consejos. Entre ellos destaca al difunto exministro nacionalista Enrique Braga, a quien reivindica y asegura: "todos sus consejos me quedaron acá" apuntando con el dedo índice a su sien.
Luego de su trabajo en el bar de la Aduana, se propuso entrar a trabajar a Cutcsa, pero la empresa de transporte no tomaba más empleados. Para formar parte debía comprar una parte de un ómnibus. Le pidió dinero a su tío que, en principio, se negó, pero su tía torció la definición a favor de Ramiro que unos días después ya estaba al volante de un ómnibus de Cutcsa donde trabajó intensivamente por tres años. “Me llegaron a suspender porque hice 64 jornales en un mes”, narra.
Pero el ómnibus no era su destino. Iglesias se reencontró con sus jefes del bar y con ellos formó una sociedad para comprar la Panadería del Este, sobre Camino Carrasco.
Allí aprendió el oficio, pero las discusiones entre sus socios y el hecho de que él fuera el único que trabajaba en la operativa lo desmotivaron a seguir en ese negocio, por lo que decidió vender su parte para buscar lo propio. En ese momento aprovechó que el trabajo de su hermano en los camiones de La Aduana no andaba tan bien para proponerle conformar una sociedad. Así fue como la dupla de hermanos adquirió en el corazón de Punta Carretas la panadería Americana - a la que rebautizó Latinoamericana tras ser intimado por otra empresa homónima del rubro-.
americana
Pagaron $14.5 millones. “Entregamos $ 4 millones, una cuota mensual y un vale por año, la primer cuota era de $120.000”, recuerda Ramiro. El monto fue subiendo año a año y terminó en entregas de $ 200.000 al mes. “En ese caso no había banco, lo financió el que la vendió”, aclara.
A sus 26 años Ramiro era, de los dos hermanos, el más capacitado en panadería aunque "no sabía mucho", dice, pero entre los dos se arreglaban para abrir a las 5:30 cada mañana , preparar el pan, atender al público y luego relevarse para que el otro cerrará caja, limpiara y preparara todo para el día siguiente. Además de recibir a quien se acercara a comprar, Ramiro entregaba los panificados en bicicleta, llueva o truene, “un canasto de pan atrás, otro adelante y a repartir”.
Sacrificios y recompensas
Al negocio que, al principio, fue gestionado 100% por la familia le iba bien, aunque no estuvo exento de complicaciones.”Dormía una noche en mi casa y una noche allí”, dice Iglesias en conversación con Café y Negocios y rememora que en su juventud mientras todos iban a bailar, se iba "con la mochilita para la panadería” o “cuando había que ir a ver a mis hijos a la escuela, no podía ir”.
“No creas que todo fue brillante”, advierte y recuerda con precisión dos de los momentos en esos 43 años que gestionó la panadería en los que, como empresario, se sintió con el agua hasta el cuello.
El primero, fue el 27 de junio de 1973 cuando su padre cruzaba el Atlántico de vuelta hacia España tras su primera visita a Uruguay. En ese momento el altoparlante del barco avisó el comienzo de la dictadura militar en Uruguay. “Se enteró antes que yo”, comenta Ramiro y sostiene que la intervención militar le trajo serios problemas para el negocio.
Era la época de la “harina negra”. El desabastecimiento en el sector hacía que los panaderos tuvieran que utilizar harina de sorgo para mezclarla con la de trigo en la elaboración del pan. “No lo comía nadie, venían y preguntaban si ya había cambiado el pan y como seguía siendo el mismo, se iban”, evoca Ramiro.
Uno, dos, tres meses igual y las deudas crecían. Los hermanos de Pontevedra pidieron un préstamo y de a poco pudieron ponerse al día cuando la coyuntura se los permitió. “Meses después hubo una cosecha de trigo bastante buena y ahí empezamos a repuntar”.
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El segundo hito que lo marcó fue producto de la evolución del sector panadero y del retail. De pronto y sin aviso el supermercado Disco, del que era proveedor, dejó de comprarles los panificados y optó por la elaboración propia u otros proveedores de productos congelados. “Nos pagaron todo y todo bien, pero fue de un día para el otro y tuvimos que ajustarnos”, cuenta.
En ese momento tomaron la decisión de diversificarse y empezar también a trabajar como rotisería, definición que le valdría la fidelidad de todo el barrio y mejores resultados económicos que le permitieron retener empleados de años y fortalecer el negocio con más inversión.
Sin embargo, en 2013, con más de 40 años al frente del mostrador, Ramiro decidió vender la llave. Tenía 70 años, su hermano había fallecido, sus sobrinos no querían estar al frente del negocio y ninguno de sus cinco hijos se había dedicado al rubro de la panadería. “Todos tenían estudios más o menos buenos, inglés y buenos trabajos, ¿quién iba a quedar?”, reflexiona. Y aunque todos estaban a disposición cuando había un problema o incluso trabajaron allí zafralmente, no había sucesión para la empresa familiar. “Nos pusimos de acuerdo en venderla y se vendió”.
La panadería centenaria de un barrio transformado
Iglesias fue el último dueño del local en la que funcionaba la panadería Latinomericana, pero no el primero. Varias familias estuvieron ligadas a la propiedad y, de hecho, cuando él la compro a la familia Fernández la factura de la luz seguía a nombre de Mas Estrada, la familia que -estima Iglesias- estuvo más años a cargo de la panadería y de la que le consta una reforma en 1939.
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Era otro Punta Carretas- de hecho, esa zona era también asumida como parte de Pocitos-. En la misma calle estaba la farmacia Capozzoli y atrás del bar de copas El Tigre estaba la peluquería Mujica. En frente, el Bar Defensor y a pocas cuadras, por Obligado, el Super Saga, que luego pasaría a ser del Grupo Disco.
Con el paso de los años la superpoblación del barrio, los cambios en las formas de consumo y la rotación del comercio hicieron mella en algunos negocios más tradicionales.
En este contexto, Ramiro supo que el nuevo administrador tuvo dificultades para mantener la clientela, sobre todo, después de la pandemia. “Pocitos tiene problemas graves. Porque cualquiera sea el negocio, panadería u otro negocio, si no tiene nada de estacionamiento, no funciona, menos si tiene mucho personal”, dice.
Esto también favoreció a que en 2026 se terminara de cerrar el negocio que ya conversaban desde mediados del año pasado cuando una empresa se acercó para comprar la parrillada El Tigre -de la esquina de Franzini y Scosería- y también la panadería Latinoamericana.
Ahora, con el diario del lunes, a Ramiro no le da lástima desprenderse de la panadería. “Porque me fui convencido de que era época de irse”, asegura y conserva los mejores recuerdos del barrio que supo ser parte de su hogar.