23 de marzo de 2026 5:00 hs

No tenía mouse. No se dio cuenta del momento histórico. Pero una simple curiosidad tecnológica y científica determinó un hecho histórico para el país: el envío del primer correo electrónico desde Uruguay al exterior.

La historia es de Omar De León, un ingeniero electricista especializado en telecomunicaciones que, en el mismo lugar donde mandó el correo hace 40 años cuenta la historia que ayudó a cumplir una necesidad específica de la Universidad de la República.

La historia no empezó con una empresa ni con una política pública, sino con un pedido puntual. En 1986, Omar seguía vinculado a la Facultad de Ingeniería, donde había sido director del Instituto de Ingeniería Eléctrica “por el año ochenta y algo”, y en ese momento mantenía una vida profesional independiente, con trabajo de consultoría en telecomunicaciones dentro y fuera del país. En ese contexto, a través de un vínculo cercano con Mario Otero, entonces decano de la Facultad de Humanidades, recibió una consulta,

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Otero, recordó, estaba empeñado en traer de regreso a investigadores uruguayos que se encontraban en Francia exiliados por la dictadura militar. Primero le planteó la necesidad de montar un laboratorio básico para que pudieran trabajar. Después apareció una exigencia todavía más decisiva. “Me están planteando que quieren correo electrónico. Si no, no pueden venir”, le transmitió. La razón era simple: esos científicos ya trabajaban conectados con sus laboratorios y no estaban dispuestos a volver a un país en el que la comunicación dependiera de cartas o de llamadas telefónicas aisladas.

Para Omar, la urgencia no tenía que ver con hacer historia, sino con encontrar una solución. “Yo estaba pensando en los científicos que querían venir”, dijo a El Observador, a pocos metros de donde mandó el primer mail.

En su reconstrucción, el papel de Otero fue decisivo. Lo definió como “muy importante” y “muy comprometido” con ese proceso, además de subrayar su rol en la construcción posterior del sistema científico.

El pedido de Mario Otero y la salida técnica que apareció en Chile

Frente a ese planteo, Omar empezó a buscar una alternativa desde el lugar que conocía mejor: la ingeniería y las telecomunicaciones. Uruguay todavía no tenía conexión a Internet, al menos no de forma operativa para ese uso. Pero en esa búsqueda detectó que en Santiago de Chile sí existía un punto de acceso. “Encontré que podía hacer un salto en Santiago de Chile, que sí tenían conexión”, recordó. A partir de ese hallazgo, comenzó a trabajar sobre una idea que hoy puede parecer rudimentaria, pero que entonces era suficiente para resolver el problema.

El contacto del lado chileno fue Marcela Larenas, a quien Omar recordó como la académica que “le puso muchas ganas al asunto”. Toda la coordinación se hizo por teléfono. Según su relato, fue ella quien le explicó que la conexión no podía hacerse directamente hacia Internet desde Uruguay, pero sí mediante una red intermedia llamada BITNET.

Se trató de una red que conectó a las universidades más importantes del mundo. Fue el primer gran intento de que los científicos y profesores pudieran hablar entre ellos sin tener que usar el correo postal o llamadas de larga distancia carísimas.

BITNET”, explicó, era una red anterior a Internet que se usaba para intercambiar mensajes entre universidades. Su nombre venía de la frase en inglés “Because It’s Time”, que en español significa “Porque es el momento”.No funcionaba como la red actual, sino como un sistema más limitado y lento. Una de sus particularidades era cómo se enviaban los correos. “Los envíos se hacían en secciones de 80 caracteres”, dijo.

Eso significa que los mensajes no viajaban completos, sino divididos en pequeños bloques de texto. Cada parte tenía un tamaño fijo, lo que hacía que el proceso fuera más rígido que el de hoy. Ese límite venía de una tecnología más vieja,

La base era una llamada telefónica entre dos computadoras. Por esa llamada no viajaba una voz, sino los datos del correo. Cuando esos datos llegaban a Chile, entraban a una máquina que hacía de puente. Esa máquina leía la dirección del mensaje y detectaba que el correo no debía quedarse en esa red vieja, sino seguir viaje para llegar a la computadora final.

La solución existía, pero era muy limitada. Desde Chile le asignaron a Uruguay solo cuatro direcciones de acceso a esa red. En la práctica, eso significaba que solo cuatro personas o equipos podían usar el sistema al mismo tiempo. “Yo tenía solo cuatro canales posibles simultáneos”, explicó Omar, porque del lado chileno también había poco margen disponible y la red ya estaba bastante cargada.

La prueba en su casa mientras se cortaba el pelo

El momento en que ese icónico hecho se volvió real ocurrió, según el relato, en una escena doméstica. Omar dijo que era “una tarde de verano” y que su esposa le estaba cortando el pelo (algo que sigue haciendo hasta hoy) cuando sonó el teléfono. Atendió y era Marcela Larenas. “Che, tengo todo pronto. ¿Querés hacer una prueba?”, le planteó. La respuesta fue inmediata. Dejó esa escena cotidiana y fue hasta su computadora que tenía en su escritorio dentro de su casa para intentar la conexión.

La computadora que permitió concretar el hecho fue “una máquina cuadrada” con “dos ranuras para meter los discos flexibles”, que almacenaba apenas “cien y pico de kilobytes” (unas 10 millones de veces menos de capacidad de la que puede tener una laptop de hoy). No tenía mouse, no tenía la interfaz que hoy se asocia al correo electrónico, y trabajaba a partir de comandos y un programa específico para levantar la conexión.

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Sobre el software exacto no pudo dar una respuesta cerrada. “No me acuerdo bien”, admitió más de una vez. Pero sí conservó algunas piezas del procedimiento. “Sé que estaba el teléfono conectado a la computadora, por supuesto, y tenía un discador para el teléfono de Santiago de Chile y después sí había que usar un software”, explicó. La conexión, entonces, no era estar “en línea” de manera permanente, sino un enlace puntual que se armaba desde la computadora hacia una llamada internacional, con la computadora y el teléfono actuando como partes del mismo sistema.

Una vez establecida la comunicación, hicieron la primera prueba. “Dale”, recordó que respondió. La conexión funcionó y del lado chileno le confirmaron que estaba todo bien. Sobre el contenido del mensaje tampoco hay solemnidad. Omar no lo recuerda bien: “Prueba 1, 2, 3, algo de eso”. En otro tramo insistió en que se trató de un correo “sin importancia”, apenas una comprobación para asegurarse de que el enlace anduviera. No hubo discurso fundacional, ni voluntad de dejar testimonio, ni conciencia de estar participando de un episodio que después sería recordado como un hito. Solo era probar.

Yo nunca registré eventos”, dijo. Y agregó una explicación que ordena toda la escena: “A mí me pagaban para hacer y yo hacía y nunca le di importancia a las cosas que se hacían”.

El sistema, además, estaba condicionado por su costo. Cada vez que se quería usar, había que pagar una llamada internacional a Chile. Omar recordó que ese costo era de “un dólar el minuto en aquella época”, por lo que el uso tenía que ser muy medido. No había conexión continua ni intercambio en tiempo real como se entiende hoy. Los mensajes se acumulaban durante el día, se armaba un paquete, se establecía la llamada, se enviaba todo de una vez y luego se recibía el correo entrante. “Se largaba el paquete de todos los correos que querían salir y al mismo tiempo se bajaban todos los correos que querían entrar”, explicó.

La primera de esas cuatro direcciones disponibles quedó para Mario Otero. Esa dirección se gestionaba desde su oficina y desde una secretaría, que centralizaba el envío y la recepción de mensajes para aprovechar al máximo cada conexión. El objetivo era claro: permitir la comunicación con científicos y laboratorios en Francia. Según el propio Omar, el resultado fue inmediato. Otero “quedó encantado porque entonces pudo traer los científicos porque pudieron comunicarse”.

Esta innovación de la época tuvo otras consecuencias. Omar recordó que hizo una presentación en la Facultad de Ingeniería para informar que existían esas cuatro direcciones y que la Universidad debía organizarse para usarlas. Allí apareció otro de los primeros interesados. “(El Instituto de) Matemáticas recogía correo de toda la Facultad de Ingeniería”, contó. Sin embargo, la dimensión del recurso seguía siendo reducida. Dos direcciones, dijo, “no las pidió nadie”. El país tenía por primera vez la posibilidad técnica de mandar correo electrónico al mundo, pero todavía no existía una demanda generalizada que empujara una expansión inmediata.

En el relato, esa primera etapa fue breve y funcional. Después empezó a cambiar. Omar recordó que, al cabo de un tiempo, “al año, algo así”, el Instituto de Computación de la Facultad de Ingeniería logró conectarse ya de forma directa a Internet. Cuando eso ocurrió, la solución vía BITNET y la pasarela chilena dejó de ser central. El problema urgente que había planteado Otero estaba resuelto y comenzaba otro proceso, el de la expansión posterior de Internet dentro de Uruguay.

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