El término woke, que se puede traducir desde el inglés como un despertar o mantenerse alerta, está profundamente vinculado a la historia afroamericana. Las primeras versiones de se usaron, al menos, hace 100 años: en 1923 el activista y predicador jamaicano Marcus Garvey expresó “¡Despierta Etiopía! ¡Despierta África!”, como un llamado a despertar la conciencia social y política de las personas negras.
El Oxford English Dictionary atribuye a un artículo de 1962 del New York Times titulado If You’re Woke You Dig It (algo así como 'si estás despierto, lo entiendes') escrito por el novelista William Melvin Kelley, la primera cita que utiliza la palabra woke y aborda cómo los estadounidenses blancos querían imitar su forma de hablar, su música o su danza. En 1965, Martin Luther King, dio un discurso ante el Oberlin College en el que aseguró que "no hay nada más trágico que dormirse en medio de una revolución”. Desde entonces ha sido incluido en diversas expresiones artísticas, películas y canciones como un componente político.
En 2014, tras el asesinato de Michael Brown en Ferguson a manos de un policía, los manifestantes comenzaron a popularizar el término a través del hashtag #StayWoke, como un llamado mantenerse alerta ante la brutalidad policial al tiempo que tomaban las calles para protestar en el movimiento conocido como Black Lives Matter. Fue entonces cuando el término se volvió mainstream, llegó a los medios, las redes y los oídos de personas alrededor del mundo.
Ser woke se asoció por expansión a una sensibilidad vinculada a la conciencia social y a movimientos a favor de los derechos de las mujeres, las personas pertenecientes al colectivo LGBT+, personas con discapacidad o migrantes. Tres años después, el Oxford English Dictionary agregó esta nueva acepción de woke, definiéndolo como: "Estar consciente de temas sociales y políticos, en especial el racismo". Hoy la entrada del término en el sitio web del diccionario tiene una frase resaltada en rojo: Woke se considera un término despectivo.
Al tiempo que la palabra se expande su significado parece cada vez menos claro. El señalamiento de lo woke va desde la nueva versión de La Sirenita, la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de París, el cambio climático, el uso del lenguaje inclusivo o simplemente la caricatura de las preocupaciones asociadas a una generación joven.
"El virus woke" o "la tiranía de lo woke", se ha convertido al mismo tiempo en un enemigo simbólico para quienes –a veces con ironía, burla, rabia o miedo– ven amenazada su forma de vida por un discurso que consideran "radical".
Woke, la mala palabra
El presidente electo de los Estados Unidos, Donald Trump, lo puso en estos términos en un acto político en Alabama en 2021 (y rápidamente se convirtió en frases impresas en remeras y tazas de café): You know what woke means, it means you're a loser...everything woke turns to shit. En criollo: "¿Sabés lo que significa woke? Significa que sos un gil... todo lo que es woke termina siendo una mierda".
Desde entonces la carga negativa del término se ha ido expandiendo fuera de los Estados Unidos. Primero en Europa, luego en Sudamérica en discursos como el del presidente argentino Javier Milei ante la ONU (El colectivismo y el postureo moral de la agenda woke se han chocado con la realidad. Ya no tienen soluciones reales a los problemas de mundo. De hecho, nunca las tuvieron), o algunas apariciones en declaraciones de uruguayos como el líder de Cabildo Abierto, Guido Manini Ríos (Votando a Trump el pueblo norteamericano le dijo no a la ideología de género, no a la cultura woke que contra viento y marea pretende imponerse en Occidente).
Victoria Gadea, licenciada en Ciencia Política y diplomada en Comunicación Política, evalúa que si bien el término woke nace con una connotación positiva, cuando llega a Uruguay de manera masiva lo hace “con el adjetivo no dicho de ser algo negativo”. Y a diferencia del impacto que tuvo, por ejemplo, el movimiento del #MeToo en Latinoamérica que tuvo su expresión con el #NiUnaMenos, este movimiento no se tradujo en términos latinos que llamaran a la acción o a congregarse en favor de una causa.
“El término woke ya llega al Cono Sur, y especialmente Uruguay, ya con esto de 'es culpa de la cultura woke que la izquierda no ha logrado avanzar o que ha perdido gobiernos en varios países', 'es culpa de la cultura woke que la política no conecta con las clases populares y por eso ganan estos líderes mesiánicos que sí logran conectar con ellos', 'es culpa de la cultura woke…', y así sucesivamente, sin quedar muy claro qué es lo woke”, dice Gadea.
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Mujeres se movilizaron en Estambul este 25 de noviembre en el marco del Día contra la violencia hacia la mujer
Yasin AKGUL / AFP
La analista considera que, de algún modo, para un conjunto de la población 'ser woke' tiene mucho más que ver con un estilo de vida que con una práctica ideológica y filosófica determinada.
A medida que se va usando parece que el término se va vaciando de significado, moviendo los límites, estirando el chicloso continente hasta vaciarlo de contenido o acomodar adentro un puñado de halagos o insultos (según quién enuncia el discurso) a la izquierda, a la derecha, o por fuera del espectro político.
Ser feminista, woke. Ser vegano, woke. Una familia no tradicional, woke. Adoptar un animal, woke. No desear ser padre/madre, woke. Pedir un café con leche vegetal, woke. Ser homosexual, bisexual o trans, woke. Comer tostadas con palta y hacer pilates, woke. Creer en el cambio climático, woke. Ir a terapia, woke. Votar, woke. No votar, woke. La lista cada día se hace más larga y a fin de cuentas no queda claro quién la define.
“Está muy asociado con que las personas que están cercanas a la cultura woke ideológicamente militan y practican la su ideología de una forma que tiene unas formas retóricas que pueden ser complejas, con términos o categorías analíticas muy distintas a las habituales, lo cual hace que sea fácil después decir 'como hablan de esta manera complicada no conectan con las demandas populares'. Entonces se los trata como los grandes culpables del avance de la extrema derecha", señala la politóloga.
Musa al-Gharbi, periodista, sociólogo y autor del libro We Have Never Been Woke: The Cultural Contradictions of a New Elite, se resiste a dar una definición de un término que está en plena disputa. Pero en una conversación con el periodista Sean Illing en el podcast The Gray Area de Vox, dice: "Tanto el grupo woke como el anti-woke piensan que los símbolos, la retórica, las creencias y las luchas sobre la cultura y los símbolos, son lo más importante".
En este sentido, la práctica de la cancelación o la censura de discursos culturales fuera de los márgenes de esa simbología también está teniendo consecuencias: se ha convertido en el alimento de los argumentos de sus críticos. De cierta forma, woke y anti-woke alimentan mutuamente el fuego de la polarización en pos de la autonomía o la libertad (colectiva o individual).
Woke o anti-woke: una frontera en construcción
Lo woke parecería representar una mentalidad progresista, pero es un término cargado de ironía. Incluso dentro de la izquierda la idea es criticada. “Quienes acusan a una población de ser woke, están de los dos lados del espectro ideológico”, afirma Gadea, y señala que los golpes llegan desde "la derecha más populista y combativa" pero también hay una acusación desde "la izquierda más mainstream, más tradicional, más avejentada".
El discurso, dice la politóloga, se centra en que las generaciones en sus 30 que están mucho más dedicadas a esta agenda y llevan un estilo de vida en el que comen palta, mango y hacen deporte, adoptan gatitos y tienen pocos hijos (o no tienen ninguno), son los grandes culpables del deterioro de la sociedad. "Hay una situación bastante interesante, porque en realidad quienes ejercen el poder en mayor medida siguen siendo esos hombres blancos de edad mediana", señala.
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En Chile todavía no hay una política toalmente abierta y social a favor de la población LGBT como ocurre en otros países alrededor del mundo.
Getty Images
La analista además señala que en estos discursos en las voces de figuras políticas o líderes de opinión pueden tener un matiz populista: buscan construir un enemigo en común.
"Para el populismo de izquierda es un enemigo de clase muy claro y para el populismo de derecha el enemigo empieza a estar dentro de la misma clase social, a veces entre las personas que pertenecen a su electorado pero con algún clivaje distinto. En este caso el enemigo capaz lo que tenés en tu casa, es tu hijo que está a favor de la cultura woke y que está a favor de esta agenda. O sea: el deterioro que vos ves en tu vida, en tus condiciones materiales o en el acceso a determinados bienes y servicios, tiene que ver con el avance de esta agenda", explica.
La politóloga además, hace una salvedad: sobre todo en América Latina, cuando se acusa de ser woke en realidad se acusa de ser feminista.
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Las feministas más viejas aseguran que tendrán que explicarles a las más jóvenes que esta lucha nullno terminanull.
AFP
"La cultura en contra de la agenda de género en esta zona territorial es muy fuerte y viene por izquierda y por derecha, y se le acusa a la agenda de género y al feminismo del culpable de todos los males", sostiene. La especialista considera que posicionarse contra el discurso del movimiento feminista puede ser caro en términos políticos, por lo que echar mano de un nuevo concepto puede ser una útil para ciertos sectores.
En relación a este punto, según datos recientes de una encuesta llevada adelante por El Observador, la Unidad de Métodos y Acceso a Datos de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República y el estadístico Juan Pablo Ferreira (Instituto Nacional de Estadísticas y Facultad de Ciencias Económicas y Administración), el 52% de los uruguayos está de acuerdo o muy de acuerdo con la siguiente frase: "El avance de los movimientos feministas en los últimos años ha traído cambios positivos en el conjunto de la sociedad". Por otra parte, el 37% expresa estar en desacuerdo o muy en desacuerdo.
Cuando esos datos se cruzan con las preferencias políticas de los encuestados, el 13% de los votantes del Frente Amplio respondieron que están en desacuerdo o muy en desacuerdo. Mientras que la cifra asciende al 57% entre los votantes de los partidos de la coalición republicana.
Victoria Gadea también hace una advertencia respecto a los movimientos que señalan específicamente a un sector de la sociedad: "Nunca sabemos quiénes son las personas que son seguidores de esos líderes políticos. No podría decir que es una incitación al odio ni mucho menos, pero sí podríamos hablar de algunas acciones de incivilidad. Podría pasar de que existan acciones violentas en contra de un conjunto de población. Pero parece que estamos muy lejos en Uruguay de que eso pase".
Según ella, es "poco probable" que en el país crezca este tipo de discurso a nivel político. "Capaz que me equivoco y dentro de poco todo el mundo está hablando en contra de la cultura woke de manera pública y desde los liderazgos, pero me suena a que es algo más del uno a uno, una batalla cultural mucho más por debajo".