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Ricardo Ortiz con algunos de sus nietos vive una vida feliz en familia
“Jugaba de back derecho, no sé por qué. El primer técnico que tuve fue Pepe Schiaffino”, recuerda Tato para Referí.
Juan Alberto Schiaffino, campeón del mundo en Maracaná 1950, vivía enfrente al Náutico y hasta el día de hoy, Ricardo, recuerda consejos que Pepe le daba y que él mismo aplicó cuando años después jugó al fútbol y fue, como lo es hasta hoy, director técnico.
“Tomaba dimensión de quien era Pepe, por lo que me decía mi papá. Increíblemente, pese a que era un niño, aprendí detalles suyos, que pude aplicar en Primera división. Era un adelantado. Por ejemplo, antes de recibir la pelota, fijarse qué opciones de pase podía tener, los perfiles, cómo tenía que recibirla, la visión periférica”, cuenta.
Abel, su papá, era empleado de casino y jugó al básquetbol “en los dos más grandes: Aguada y Peñarol”. Su mamá era empleada de la caja de jubilaciones.
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Toda la juventud de Ricardo Ortiz cuando defendía a Defensor, con el que fue campeón uruguayo en 1976
De niño tuvo como ídolo “al más grande. Y lo que es la vida, tuve oportunidad de conocerlo: El Pepe Sasía, un fenómeno. Quedé impresionado. Una tarde, estábamos jugando en la calle con los hijos del Cholo (Julio César) Franzini. Paró con el auto y como acompañante, estaba el Pepe Sasía. Yo tenía seis o siete años y me quedó grabada la estampa del tipo. Siempre mantuve una gran admiración, hasta que tuve oportunidad de conocerlo”. Y le salió enseguida el comentario con sorna: “La tierrita a Santoro”, recordando el histórico partido de Peñarol ante Independiente cuando se dio aquella jugada tirándole tierra a los ojos al arquero rival. “Nací hincha de Peñarol y con el paso de los años, ahora soy mitad violeta (por Defensor) y mitad aurinegro”.
Su pasaje por Defensor y campeón con la selección
Tato se fue a probar a Defensor y eran muchos jóvenes. “Cuando me tocó entrar, me dieron una camiseta de Defensor llena de agujeros y sentí algo especial, porque yo sabía que iba a ser jugador de fútbol”. Y poco después, se dio su debut. “Había cumplido 14 años y debuté en Primera, luego de hacer Quinta división y Cuarta. En 1971, jugaban los seis primeros por el título y los seis de abajo, por el descenso. Faltando un partido, Defensor se había salvado. Era la primera etapa del profesor (José Ricardo) De León y nos hizo debutar a Daniel Bartolotta con 16 años y a mí con 14. Jugamos contra Cerro en el Estadio Centenario. ¿Te imaginás lo que era para mí jugar en el Centenario, en el mismo lugar que había ido a ver tantas veces con mi papá a Peñarol, a (Ladislao) Mazurkiewicz? Tranqué contra Martiarena y me tiró al piso. Recuerdo haber ido como hincha a varios clásicos, pero uno en especial que Nacional nos empató con un gol de Célio Taveira. En un gol de Peñarol, nos habíamos caído abrazados con mi papá en la Olímpica, y él me protegió para que no me lastimara, porque era un gurisito”.
Ricardo Ortíz, ex futbolista.
Ricardo Ortiz dejó un legado en el fútbol como jugador
Foto: Leonardo Carreño.
Su gran nivel en la mitad de la cancha violeta, llevó a que en 1974 participara del Campeonato Sudamericano sub 19 en Chile. “Perdimos la final con Brasil y con (Hebert) Revetria y Carlitos Paravis (el músico Santiago Chalar, el médico de la delegación) que era un fenómeno, nos juramos que si había otra oportunidad, la íbamos a ganar. Al año siguiente, cuando ganamos el Sudamericano en Lima, fuimos los tres hasta la virgen del Verdún porque habíamos hecho esa promesa”.
Y agrega: “La concentración eran casitas y había tres habitaciones por casita. Santos Inzaurralde había hecho la letra de ‘Minas y Abril’ y Carlitos le puso la música y la hizo ahí en la concentración”.
Aquel equipo celeste que dirigía Walter Brienza, contaba con notables futbolistas como Juan Ramón Carrasco, Darío Pereyra, Rodolfo Rodríguez en el arco, Revetria, Washington González, compañero suyo en Defensor en aquel entonces, entre otros. Tato era el capitán de todos ellos.
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Ricardo Ortiz en sus inicios en Defensor
“Ganamos porque ganamos. Faltaba un partido y a primera hora jugaban Chile y Bolivia, y nosotros a segunda hora con Brasil que venía muy mal. Tenían que empatar para que tuviéramos chance y Chile tenía un cuadrazo. Nosotros ni calentábamos parar ver el partido. Empataron 0-0 y ganamos 2-0, entonces jugamos la final con Chile. Después de 120 minutos, terminamos 1-1 y fuimos a penales. El día anterior habíamos entrenado penales en la cancha de Alianza Lima, y yo no había pateado ninguno. Pero en el partido, tenía que dar el ejemplo como capitán y patear el primero. Ellos habían errado el primero y nos pusimos 1-0”, cuenta y agrega que el hecho de que ese mismo año, lo citaran a la selección mayor, “ya era espectacular y pude jugar más allá de las diferencias de todo tipo que hay con lo que es la selección de ahora”.
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Ricardo Ortiz en acción con Defensor en un partido ante River Plate
Toda esa experiencia, pese a su notable juventud, la llevó a un equipo que haría historia: Defensor de 1976, que sería el primer club en desarrollo en romper la hegemonía de los grandes y coronarse campeón uruguayo.
Entonces, Tato recuerda cómo era el profe De León. “Era completamente distinto, un superadelantado. Al principio, llegó en 1971 a Defensor con poca historia, porque había dirigido a las inferiores de Nacional. Arrancó con un sistema completamente distinto y formó un equipo totalmente diferente, con otras ideas, que practicaba a muerte, y creó un equipo compacto. Instaló un sistema para vencer a un equipo más poderoso y si podían desnivelar las individualidades, mejor. Trabajaba más en la parte defensiva, en eso era un fenómeno. Luis Cubilla con 36 años era el mayor, y yo con 19, el menor de aquel plantel. ‘Vengo a ser campeón con Defensor’, nos dijo el profe que había vuelto campeón en México con Toluca”.
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En Defensor, Ricardo Ortiz dejó un gran recuerdo tras ganar el Campeonato Uruguayo en 1976
Cubilla vivía en Malvín y Tato entre Carrasco y Punta Gorda, pero no tenia auto. “Él me iba a buscar y me llevaba al Parque Rodó para entrenar, y me dejaba en casa al regreso”, cuenta.
Y recuerda una anécdota con el presidente. “Cuando empezó De León en 1971, como no entendíamos mucho, los primeros cinco partidos se perdieron. Entró el Cholo Franzini y yo pensé que venía a echarlo. Nos juntó a todos en el vestuario y nos habló: ‘Muchachos, traten de mejorar, porque si no, alguno de ustedes se va a ir, porque el profe (De León) tiene todo mi respaldo y no se va a ir. Y pegó un portazo”.
Aquel Defensor de 1976 era un equipo aguerrido, con una enorme defensa, que marcaba a pie firme en el mediocampo y con velocidad arriba.
Así lo recuerda Tato: “Nos sentíamos respaldados por el trabajo y sabíamos que si uno no estaba inspirado, tenía obligaciones que no podía fallar que eran la solidaridad y el respaldo al compañero”.
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El equipo de Defensor campeón uruguayo en 1976; arriba, Fredy Clavijo, Baudilio Jauregui, Ricardo Conde, Ricardo Ortiz, Beethoven Javier y Líber Arispe; agachados, Luis Cubilla, Rudy Rodríguez, Alberto Santelli, Rodolfo Rodríguez y Pedro Graffigna
“Faltando un mes, entre nosotros, nadie hablaba del campeonato, de poder ganarlo. Pero el capitán, que era (Baudilio) Jauregui, quien a principio de año le había pedido al profe (De León) que trajera a Cubilla, nos juntó y nos pidió que concentráramos. Era algo impensado en aquella época. Le dijimos ‘Vamo’ arriba’, pero había que conseguir la plata. El Cholo Franzini nos consiguió hospedarnos un mes en el Hotel Bristol, en Carrasco. Y después de haber ganado el título, lo festejamos ahí con nuestras familias”, dice.
La lesión que estuvo a punto de alejarlo del fútbol
Luego llegaría una etapa complicada por una lesión que casi lo deja fuera del fútbol para siempre.
“Me rompí el tendón rotuliano de la rodilla izquierda en 1977. Me habló el médico de Defensor, mientras yo estaba con mi novia y mi hermana al lado, y me dijo: ‘Bueno Tato, te vamos a recuperar para caminar; pero para caminar, olvidate del fútbol’. El Dr. Guglielmone me operó dos veces porque se me volvió a romper”, cuenta.
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Peñarol en 1981: arriba, Fernando Álvez, Rodolfo Abalde, Nelson Marcenaro, Saúl Rivero, Miguel Ángel Piazza y Miguel Falero; abajo, Ernesto Vargas, Ricardo Ortiz, Carlos Yaluk, Ruben Paz y Alfredo Arias
Y agrega: “Tenía 19 años. Imaginate lo que se me pasó por la cabeza. Pero viste que hay un Dios. A los cuatro días no podía caminar, y sonó el teléfono en casa. Mi madre me dijo que era el Dr. (Carlos) Suero, que quería hablar conmigo. Me levanté como pude. ‘¿Querés volver a jugar?’, me preguntó. ‘Es lo que más quiero en la vida’, le contesté. Y él me dijo: ‘Yo me jugué mi prestigio como médico, porque el Dr. Guglielmone dio un ateneo sobre tu caso y yo me levanté y le dije que la rodilla se te iba a romper de nuevo’. Entonces Suero, me operó como cinco veces y terminé jugando. Estoy eternamente agradecido con Suero. Tardé dos años en regresar, pero pude volver a jugar”.
Entonces llegó a Peñarol gracias a su legado en Defensor.
“Me recuperé de la lesión, hice una buena Liguilla en Defensor, y Luis Cubilla agarró de técnico en Peñarol. Le gustaba cómo era yo y cómo jugaba. (Washington) Cataldi, quien era el presidente, me conocía bien, porque fui a La Mennais y Ariel, uno de sus hijos, no fue compañero mío, pero estaba en un grupo. Me tuvo como jugador y años después me contrató como técnico”, explica.
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Mario Saralegui y Ricardo Ortiz en Peñarol en 1981
Con Cubilla como entrenador fue titular indiscutido en 1981, e incluso “a veces me ponía de 8. Yo le decía: ‘No puedo jugar de 8, porque soy muy lento’. Viví cosas muy lindas. Ponerme la camiseta de Peñarol, la de Defensor, la de Uruguay. Mi viejo, gran hincha de Peñarol, se moría cuando me veía con la camiseta”.
Tato Ortiz vivió en primera persona el regreso de Fernando Morena a Peñarol con aquella campaña “A Morena lo traemos todos”.
“La chance de ser compañero de Morena era algo increíble. Quien tantas veces había sido rival, y a pesar de que en Defensor teníamos una pareja de zagueros como Jauregui-Salomón o Jauregui-Conde, cada vez que la pelota pasaba por arriba mío, yo temblaba, porque era un fenómeno, un delantero notable. La posibilidad de jugar con él y luego además, hacer amistad, fue espectacular. En la concentración de Los Aromos, él dormía con el Indio (Olivera) y con Juan Vicente Morales, y en las giras me elegía a mí. Pensaba: ‘¡Qué afortunado que soy de tener a este fenómeno como compañero y como amigo entrañable fuera de las canchas!’”.
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Peñarol en 1981 tras el regreso de Fernando Morena; arriba, Miguel Falero, Rodolfo Abalde, Nelson Marcenaro, Saúl Rivero, Ladislao Mazurkiewcz y Miguel Ángel Piazza; abajo, Ernesto Vargas, Ricardo Ortiz, Fernando Morena, Mario Saralegui y Carlos Yaluk
Y continúa hablando de aquel momento: “Su regreso a Peñarol fue tremendo, pero fue importante también porque sabíamos que íbamos a tener a un jugador desnivelante, totalmente distinto”.
Tato jugó el recordado clásico de 1981 en el que el árbitro Roque Cerullo amagó a pitar falta y no lo hizo, aunque hay exfutbolistas de Nacional de aquella época que dicen que oyeron que pitó. Aquella noche de noviembre, Peñarol ganó 3-2 con dos goles de Morena, quien volvía, y un golazo de Pinocho Vargas.
“Nunca sentí el silbato, la verdad. Yo veo avisos hoy en día, que te das cuenta que la gente no sabe el reglamento, porque dicen, ‘penal y gol es gol’, y penal y gol, es penal. Cerullo en ese momento, no lo pitó, hizo la seña pero no pitó”, dice.
El mediocampo de Peñarol estaba compuesto por Tato, Mario Saralegui y Ruben Paz. Fútbol por todos lados.
Entonces habla de su otra pasión además del fútbol: la cocina.
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Peñarol en 1981: arriba, Ladislao Mazurkiewicz, Rodolfo Abalde, Saúl Rivero, Nelson Marcenaro, Víctor Hugo Diogo y Ricardo Ortiz; abajo, Ernesto Vargas, John Yawson, Fernando Morena, Ruben Paz y Alexis Noble
”Había equipo, muy buena técnica. Es como una receta de cocina, tenés que poner los ingredientes necesarios para que salga rico. En el fútbol es igual”, dice.
En 1982, llegó Hugo Bagnulo y lo mandó al banco. Es que prefirió a Miguel Bossio en su puesto.
Así lo recuerda: “Era suplente, pero bien. Bossio y Saralegui volaban, tenían más dinámica. La gente a veces se fija y está pendiente solo de los 11 que entran a jugar, y para lograr cosas importantes, títulos, precisás mucho más que 11. Y teníamos muy buenos volantes”.
Y añade: “El Hugo a mí no me quería y estaba en todo su derecho. Prefería a Bossio que era un juvenil, no tenía demasiado nombre, pero una dinámica impresionante, y Hugo no le erraba, no se equivocó. Yo soy buena gente, jugando o no, y teníamos un trato cordial”.
En la Copa Libertadores, Tato entró en un partido de altísimo voltaje: nada menos que en Maracaná ante Flamengo, cuando Peñarol ganó 1-0 con un golazo de Jair de tiro libre. Tuvo que sustituir a Saralegui, quien, para jugar, debió ser infiltrado varias veces.
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El banco de Peñarol en la final de Santiago de Chile en el final del partido era todo nervios; Néstor Montelongo, Ricardo Ortiz y Miguel Falero esperan el final, mientras Hugo Bagnulo aparece semitapado, esperando que finalice el encuentro
Dice que “hay veces que se te da para ganar. Peñarol no mereció ganar. Nos mataron a pelotazos, llovía, el césped de Maracaná estaba pesado. Entré a marcar a Zico, le miré el número varias veces (se ríe). Pero salió bien. Gustavo Fernández fue un fenómeno, espectacular, se atajó todo y llegamos a la final”.
Los últimos minutos de la final ante Cobreloa en Chile, los vivió sufriendo en el banco de suplentes.
“No faltaba nada para que terminara el partido. En el banco decíamos: ‘Tenemos que ir a jugar a Buenos Aires’, que era donde se tenía que jugar la tercera final si seguíamos empatados, y llegó el gol de Morena en la hora. Saltamos como locos. Lo más importante del logro, es al margen de lo que uno podía aportar”, explica.
También estuvo cuando fueron campeones de la Copa Intercontinental en Tokio ante Aston Villa de Inglaterra.
“Si habré disfrutado. Recuerdo que en la conferencia de prensa del día anterior, citaron a Saralegui y a Bagnulo. ‘¿Qué piensa del partido?’, le preguntaron. Y Hugo dijo: ‘Se puede ganar o perder’. Y Saralegui lo interrumpió y contestó: ‘Bueno, también podemos empatar’” (se ríe).
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Ricardo Ortiz sentado en el medio del ómnibus que llevaba a los campeones de Peñarol en la Copa Libertadores 1982, hasta el hotel y su lado está Daniel "Coquito" Rodríguez; en primer plano aparecen Miguel Bossio, Miguel Peirano, Nelson Gutiérrez y Víctor Hugo Diogo, y en el fondo, Juan Vicente Morales, Fernando Morena, Mario Saralegui, el presidente Washington Cataldi con la Copa, y Jair
De aquellos años cuenta que “Fernando (Morena) hacía reír a todos”. ¿Y qué dice del Indio Olivera? “No sabés lo que era. A medida que pasaron los años lo fui respetando y admirando cada vez más. En la previa de los clásicos, cuando estábamos concentrados, era la 1 de la mañana, y dormíamos, y de repente golpeaban la puerta. ¿Quién era? El capitán. ‘¿Qué pasó Walter?’, le preguntaba yo. Porque no le gusta que le digan Indio. Era Walter o Gaucho. ‘Está bravo mañana. Juega fulano o fulano, no me puedo dormir’, me contestaba. Y no dormía, y después pisaba la cancha y era un fenómeno. Para mí fue un gran capitán, admirable”.
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Ricardo Ortiz en Tolima, es el tercero de los parados, mientras que el último es José Luis "Pete" Russo; ahí los dirigía Baudilio Jauregui y compartieron plantel con Hebert Revetria
Jauregui, ya como técnico, se lo llevó a jugar junto a Revetria y el Pete Russo a Tolima de Colombia. “Fue una experiencia distinta. Me fui con mi señora y mis dos hijas. María, quien tenía dos años, y Agustina, uno. Después llegó mi hijo Fernando, que lleva su nombre por Morena. Me llevó Jauregui y lo catalogaron como el rey del pressing. Un ídolo como compañero y como hombre”.
Su carrera como técnico y un clásico inolvidable ante Nacional
Tato comenzó su carrera de entrenador, y enseguida ascendió a El Tanque Sisley a Primera división. El club, nunca había jugado en esa divisional. “Fue una linda experiencia. Pasas a estar del otro lado del mostrador”.
Pero el gran juego que mostraba su equipo, llevó a que Peñarol se fijara en él, tras la salida de César Luis Menotti. Allí llegó con el aporte de un excompañero y amigo de Defensor: Francisco “Paco” Casal. No era una empresa sencilla.
“Ascendí a El Tanque Sisley y todavía me deben U$S 14.000. En Peñarol, me metió Paco Casal que nos habíamos criado en Defensor”, dice.
Ricardo Ortíz, ex futbolista.
Ricardo Ortiz dejó grandes recuerdos en Defensor y en Peñarol
Foto: Leonardo Carreño.
Cataldi, quien ya había sido su presidente cuando era jugador, lo contrató como entrenador y enseguida le habló: “Yo tenía 34 años y me dijo: ‘Mirá que yo no te voy a hacer el equipo, porque si te lo hago y te va mal, te tengo que echar y me tengo que ir yo también. Si no te hago el equipo, te echan solo a vos. Lo único que te voy a pedir es que Sergio Martínez no juegue’, y le contesté que era lo mejor que teníamos, así que iba a jugar. Le hicimos un reacondicionamiento especial en el Parque Rivera con el profe (Juan) Tchakidjian y fue un fenómeno, la rompió y se fue a Boca”.
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Ricardo "Tato" Ortiz como entrenador
Con los aurinegros vivió un gran momento en el clásico por el Uruguayo en octubre de 1991. Habían expulsado a Fernando Álvez y no había más cambios. Quedaban 11 minutos y Peñarol ganaba 1-0. Entonces, entró Jorge “Tito” Goncalves como golero.
Así lo cuenta Tato: “El hecho de ir al arco, lo decidió él. Hasta hoy le digo Jorge, no Tito y es amigo mío. Tuve una gran admiración por el Tito padre, el número 5 de Peñarol. Sasía primero, el Tito segundo, entre mis ídolos. Cuando llegué, Jorge estaba en Tercera división, lo habían bajado, y lo primero que hice fue subirlo y de titular. Menotti tenía otra mentalidad que la mía, lo digo con mucho respeto, quizás más que nada la mitad de cancha hacia adelante, y a mí me enseñaron que los equipos se arman de atrás para adelante”, dice.
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Parte de la familia de Ricardo Ortiz; de izquierda a derecha aparece su hijo Fernando, su pareja, y una de sus hijas con su esposo
Y continúa: “Peñarol tiene una estirpe y una identidad y yo pensé en eso. Cuando llegué, todos eran pichones (como les decía Menotti). Pichón de Passarella (a Paolo Montero), pichón de Ramón Díaz, y me costó mucho cambiarle la cabeza a los jugadores”.
“Y ese clásico fue una gran satisfacción, por la victoria y también por otro tema. ¿Te acordás quién hizo el gol? Manteca Martínez con una gran definición. Por eso quedé muy feliz, por mi aprecio hacia él y por toda la contra que había tenido”, explica.
En 1997, era el técnico de Defensor cuando perdieron con Peñarol que se quedó con el quinquenio. Y es muy recordada la derrota ante Nacional con el gol de Juan Ramón Carrasco que los complicó.
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Ricardo Ortiz con su nieta mayor y otra de sus hijas
“Yo no hubiera hecho lo mismo que Juan. Si entrás a la cancha hay que ganar, pero no hubiera jugado. Pero hay que respetar las decisiones. Me fijo en lo que podíamos haber hecho nosotros, pero no lo que hizo el contrario. Seguimos teniendo una gran relación con él, por lo que ganamos en 1975 con la selección”, dice.
Además de sus tres hijos, Tato Ortiz tiene seis nietos, de 12 a un año. “Como abuelo, trato de ser el mejor”, comenta. Algo similar a lo que ocurría cuando la rompía en la cancha. Casi siempre fue el mejor.