Un deterioro (no tan) silencioso: las internaciones por salud mental suben 30% tras la pandemia
El Observador analizó más de cuatro millones de registros de egresos hospitalarios y comprobó que el cambio de la sociedad (menos embarazos y más trastornos de la mente y el comportamiento) se hacen notar en las salas de internación de Uruguay
29 de noviembre 2025 - 5:00hs
La salud mental de las personas ha sido afectada por la crisis del covid-19
Hay sábanas blancas, luces blancas y enfermeras de blanco como en casi cualquier hospital. Hay olor a amoníaco, sonido del carrito metálico en el que se reparte la comida, llanto de quienes acaban de perder un familiar y abrazos de quienes recibieron a un recién nacido como en casi cualquier centro de internación. Las unidades hospitalarias de Uruguay lucen, se escuchan y huelen como casi siempre, salvo por un detalle: los motivos de las internaciones parecen estar cambiando a un ritmo sin precedentes.
En solo cinco años aumentaron un 30% los egresos hospitalarios por problemas de salud mental. Y al menos seis diagnósticos principales que integran esa gran bolsa de enfermedades —entre las que se encuentra la esquizofrenia, el trastorno del humor y los intentos de suicidio con medicamentos— alcanzaron el último año su récord de internaciones desde que hay registro.
El Observador analizó más de cuatro millones de registros de egresos hospitalarios desde el año 2013 hasta el cierre de 2024. Cada una de esas internaciones estaba asociada a siete variables —como la edad, el sexo o el tipo de prestador— sumando más de 28 millones de datos. Más de 370 millones de bytes de información que parecen estar diciendo demasiado sobre la marcha de la sociedad.
El siguiente gráfico lo muestra: en Uruguay hay cada vez menos embarazos y, por decantación, menos hospitalizaciones vinculadas a la gestación y el parto. Pero los trastornos mentales y del comportamiento están en su pico más alto.
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“Aunque lo peor de la pandemia de COVID-19 puede haber quedado atrás, su impacto en la salud de la mente y el bienestar persiste sin signos de recuperación”, advirtió el último informe del Estado Mental del Mundo. Y Uruguay —por más que haya tenido una cuarentena menos estricta que la media— no escapa a la tendencia.
La profesora agregada de Psiquiatría, Alejandra Moreira, lo observa en el hospital: hay un aumento de la demanda —“porque se habla más”—, pero, a la vez, existe un incremento de la prevalencia.
Prueba de ello es que entre el pico de hospitalizaciones por trastornos del comportamiento registrados en 2024, “hay un aumento de las internaciones asociadas a diagnósticos que van más allá de lo genético y tienen mucho de estrés, de disconformidad, de malestar emocional”.
En casi todos los grupos etarios —salvo en los niños muy pequeños y en los adultos muy mayores— hubo un incremento de las altas hospitalarias por trastornos neuróticos, relacionados con el estrés y somatomorfos (síntomas físicos que causan angustia). Lo mismo pasó en los trastornos mentales y del comportamiento por uso de otras sustancias psicoactivas, o los trastornos del humor.
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Pero el estudio de los registros que realizó El Observador —con la colaboración del analista de datos Juan Ignacio Pintos— deja en claro que hay un grupo que se ha visto más castigado: los jóvenes.
Para decirlo en números: solo en el último año, los seis diagnósticos de salud mental que alcanzaron su pico crecieron un 4%. Entre quienes están al término de la adolescencia y en la mitad de la vida laboral esa suba superó el 7% (más de 520 hospitalizaciones).
El hallazgo es coincidente con el reporte mundial. “El deterioro es especialmente marcado en jóvenes de 18 a 34 años: su puntaje de cociente de salud de la mente promedio cae más de 60 puntos respecto a los mayores de 55 años, y un 41% presenta angustia funcional significativa”.
La razón no es única y la pandemia no lo explica todo. La psiquiatra Moreira insiste en que se está percibiendo “una disminución de vínculos sociales, impacto de los smartphones en el desarrollo emocional y cognitivo, problemas de sueño, exposición a contenidos nocivos, alimentos ultraprocesados y tóxicos ambientales”. Un combo perfecto para sentirse mal.
Este "deterioro generacional", dice la profesora agregada, no necesariamente debería traducirse en hospitalizaciones. Pero para que ello no suceda "son necesarias alternativas a la internación que no están dadas".
Uruguay ha tenido históricamente un problema para medir la salud mental. La tasa de suicidios —una de las más altas del continente— se ha usado como resumen, pero corre el riesgo de dejar de lado las chances que tienen los habitantes de atender sus problemáticas sin llegar a esos extremos. Por eso el Ministerio de Salud Pública elaboró una batería de indicadores que incluyen mucho más que tasas o egresos hospitalarios. Importan también la disponibilidad de profesionales y su distribución. Los tiempos de espera. Las casas de medio camino. Los centros diurnos. La medicalización. Y un largo etcétera.
Esos indicadores más sanitarios, a la vez, dialogan con otros sociales. He aquí otro ejemplo del deterioro por el aumento de la violencia contra niños:
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La excatedrática de Pisquiatría Infantil, Gabriela Garrido, lo había advertido en una mesa de diálogo que organizó El Observador: “En las consultas cada vez vemos con más preocupación el manejo cotidiano y desmedido de armas. Y las armas no son solo un vector para el homicidio, también para el suicidio que es un problema en Uruguay. Estos gurises no solo matan, también se matan. La Justicia tiene que resolver más rápido y darse cuenta que seguir institucionalizando en el INAU no siempre es la mejor opción. No puede ser que el equipo de psiquiatras nos estemos preguntando qué hacer con cada caso porque no hay una solución y tenemos que intentar proteger a los niños lo máximo posible”.
Más allá de la mente humana
La pandemia parece haber traído otro cambio: la duplicación en un año de las hospitalizaciones por influenza (gripe) como diagnóstico principal a la hora del alta de internación.
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En los sucesivos seminarios que organizó el Colegio Médico del Uruguay para analizar estos temas, hubo una palabra que se repitió hasta el hartazgo: sindemia. Es la conjunción de brotes de enfermedades o epidemias que se retroalimentan en un contexto. Y parte de eso parecía explicar el punto en que se encuentra el país.
Incluso hay muertes que pueden tener relación indirecta con covid-19 y que difícilmente se comprueben: hemos visto a pacientes que meses antes fueron hospitalizados por covid, se les da el alta y tiempo después reingresan con una neumonía grave que la causó un neumococo —bacteria— o influenza —virus de la gripe—”, había dicho el intensivista Julio Pontet, jefe del CTI del hospital Pasteur, quien sospecha que el debilitamiento inmune hace que una infección “común” se agrave.
Como los embarazos —y sus posibles complicaciones— son de las principales causas de egreso hospitalario, su reducción trajo otra novedad demográfica: se achicó la brecha de sexo en las internaciones. Ellos se parecen cada vez más a ellas: