27 de marzo 2019 - 5:04hs

En momentos en que me siento a escribir esta página (martes, 7 am), no se sabe cuál será el destino de la Lista 12000, la agrupación liderada por el diputado Guillermo Facello y el exfiscal Gustavo Zubía, dos referentes de primer nivel del Partido de la Gente. Aunque algunos dirigentes también manejan la posibilidad de concretar un acuerdo con Juan Sartori dentro del Partido Nacional, todo indica que, en cuanto abandonen el barco, los escindidos intentarán ser admitidos en el Partido Colorado. Si concretan su salida, el proyecto de Novick quedará flotando a la deriva.

La crisis, que se venía incubando, terminó desencadenándose cuando integrantes de la agrupación de Facello propusieron abrir la competencia por la candidatura presidencial. El diagnóstico sobre el que se apoya esta ruptura es que el partido (por lo que sugieren las encuestas) no está creciendo como podría, y que mejoraría de modo sensible su rendimiento electoral si su candidato a la presidencia fuera Zubía en lugar de Novick.  

La crisis del Partido de la Gente no deja de ser sorprendente. Tenía espacio (malestar con el statu quo), un asunto clave definido como prioritario (la seguridad), un discurso bien enfocado (“tolerancia cero” y “concertación” opositora) y, por último aunque no por esto menos importante, mucho dinero (gracias a su fundador). Nunca desde 1985 en adelante hubo tanto espacio para un partido nuevo como en esta elección. Las mediciones de opinión pública vienen aportado mucha evidencia respecto al desinterés de la ciudadanía respecto a la actividad política y con sus principales protagonistas. Nunca un único asunto fue tan relevante como la seguridad pública como en este año. Las cifras que acaba de presentar el Ministerio del Interior (fuerte aumento de la criminalidad, en general, y de los homicidios, en particular) no hacen más que reafirmar que la “sensación térmica” de inseguridad tiene una base fáctica indiscutible. Nunca antes un líder político había decidido colocar todas sus acciones en el mercado de la mano dura. Edgardo Novick, a escala uruguaya, un millonario, tenía, por tanto, una oportunidad infrecuente. 

Sin embargo, su ambicioso proyecto político, corre el riesgo de naufragar. Poco a poco, el espacio se fue restringiendo. Colorados y blancos tomaron nota del desafío y el entorno empezó a cambiar. El primer dato nuevo fue el salto de Ernesto Talvi, desde Ceres al Partido Colorado. Más tarde, de la nada, apareció Juan Sartori compitiendo desde filas del Partido Nacional por el voto de los desencantados, con más billetera, carisma y desparpajo que Novick. El líder del Partido de la Gente, por tanto, dejó de ser el único outsider en la carrera electoral. En el mercado de la “mano dura” le apareció un competidor inesperado: el senador Jorge Larrañaga, cuyo liderazgo venía siendo muy cuestionado, logró un éxito rotundo con su campaña “Vivir sin miedo”. Finalmente, desde el fondo de la historia, cuando ya nadie lo esperaba y haciendo gala de su reconocida elocuencia, regresó a la competencia política el expresidente Julio María Sanguinetti, reanimando de inmediato al Partido Colorado. 

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Así como Larrañaga con la campaña “Vivir sin miedo” ha logrado competir con Novick en el tema seguridad ciudadana, la irrupción de Sanguinetti erosiona el filo electoral de un aspecto menos frecuentado en el análisis del discurso político de Novick pero también relevante: su promesa de “concertación”. Novick se abrió camino en la elección departamental de Montevideo en 2015 encarnando la esperanza de la construcción de una coalición de oposición al Frente Amplio (“un cambio de frente”, podía leerse en los carteles de la época). Desde el año pasado Sanguinetti se ha convertido en el principal portavoz de la propuesta de concertación opositora (todos recordamos la reunión que mantuvo en su casa en mayo del 2018 con Luis Lacalle Pou y Jorge Larrañaga).  

Desde entonces, ha seguido insistiendo con esta propuesta. Enunciada por él, suena especialmente creíble: durante su segunda presidencia PN y PC gobernaron juntos durante cinco años y sin fisuras. La bandera de la construcción de una coalición opositora pasó de las manos del líder del Partido de la Gente a la las del expresidente.  

La política uruguaya atraviesa una zona de turbulencias. El tablero político es mucho más fluido y menos previsible que en otras elecciones. Hasta hace poco, yo era de los que pensaba que el Partido de la Gente podía conquistar una bancada decisiva en octubre, y convertirse en un actor clave de un eventual gobierno de coalición liderado por el PN. ¿Dos senadores? ¿Por qué no? Sin la lista 12000 las perspectivas son mucho peores. Facello brindaba su amplia experiencia política y sus contactos. No era poca ayuda tratándose de un proyecto político nuevo. De todos modos, el aporte de Zubía era, en términos electorales, mucho más valioso. Así como, en su momento, Facello fue a buscar a Novick porque vislumbró su potencial electoral, más tarde fue Novick quien fue a buscar a Zubía para persuadirlo de iniciar una carrera política. La salida de Zubía priva al Partido de la Gente de un referente fundamental y, sin dudas, del vocero más elocuente del partido en el tema seguridad ciudadana.

Así como hace tres años la creación del Partido de la Gente aportó evidencia concluyente respecto a los “crujidos” de la vieja partidocracia uruguaya, su crisis actual puede ser leída como un testimonio de la capacidad de los partidos establecidos para reaccionar con inteligencia ante desafíos políticos inesperados. De todos modos en ningún caso está dicha la última palabra. Le toca mover a Novick. 

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