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Abreu se fue pero en el vestuario del Palermo nadie toca su estampita de San Expedito

Hugo Rodríguez, utilero de Central Español, contó los secretos del Loco, el rincón donde rezaba y la estampita que quedó en el sector donde se cambiaba

El San Expedito que quedó como recuerdo del Loco Abreu en el vestuario<br>
Hugo Rodríguez el utilero de Central Español con el mural con Loco Abreu en el Palermo<br>
Las toallas colgadas en la utilería<br>
La utilería de los palermitanos donde Abreu dejó varios zapatos<br>
Las pelotas que donó Matías Vecino para los palermitanos<br>
La vieja pileta donde Hugo llegó a lavar las camisetas<br>
El rincón del vestuario donde se cambiaba Sebastián Abreu<br>
Un jugador del plantel tomando agua luego del entrenamiento<br>
Un viejo cuadro de Central Español<br>
El recuerdo de Silas en un cuadro en la utilería<br>

Tiempo de lectura: -'

21 de agosto de 2017 a las 05:00

Los jugadores abrieron los ojos bien grandes. Los más chicos no podían creer tanta devoción. El Loco llegó al vestuario. Eligió un rincón. Empezó a sacar cosas del bolso. Tomó el leuco, cortó dos trozos y pegó en la pared una imagen de San Expedito. Después salió a la cancha. En Palermo se había generado tremenda expectativa por ver al Loco. Y allá salió Washington Sebastián Abreu. El que jugó en Nacional. El mundialista. El que la picó en Sudáfrica.

La presencia del minuano en el viejo club de Palermo generó un movimiento increíble, tanto que el utilero Hugo Gregorio Rodríguez le dijo a los jóvenes del club que lo miraran y aprendieran.
Central Español recibió al hombre de mil batallas como uno más. Hugo, que llegó al club hace cuatro años de la mano del padre del Tanque Silva, no lo podía creer. Fue contratado como casero pero terminó haciendo de todo.

Cuando llegó a la pieza que le destinó el club, su hijo le pidió que se fuera. "Papá, andate de acá. Así no podés vivir". Pero Hugo se fue acomodando. "Había un abandono total. Pese a quien le pese, pero es así. Contraté una volqueta para tirar todo", comenzó diciendo a Referí.

Enfundado en su mameluco de trabajo, Hugo cuenta: "Era horrible, parecía que habían bombardeado. Empecé a limpiar y me arreglé un par de piezas donde estaban las oficinas. Tengo que decir la verdad, el club me ayudó en todo y me ayuda. Le agradezco, pero a mí nadie me regala nada, me lo gano".

La charla es interrumpida por un jugador que pide agua. Hugo le dice: "Pasá, pasá Flaco, agarra de ahí o sino tomá de los botellones". El juvenil agarra un botellón grande, lo llena con agua de la canilla y empina para tomar un trago.

La charla sigue su curso. Rodríguez cuenta que empezó a pintar las tribunas. "Yo sabía cómo era la cosa. Tengo un sueldito chiquito, pero estoy a gusto y la vamos peleando".
Como en todo club del ascenso la lucha por el peso es diaria. Hugo dice que ropa no falta. Destaca que el Cabeza Suárez se encarga del tema y tienen todo. Pero aclara: "Cuando termina el torneo los jugadores se llevan la camiseta, el short yo mismo les digo que no se lo lleven porque es lo que más usamos".

De loco en loco


Hugo da paso a las anécdotas. No olvida el día que con Atenas le faltaron un par de medias. "Buscamos, buscamos, y no había. Era un domingo. 'Hay que ir a comprar un par' dije. Pero estaba todo cerrado. Arreglamos con un suplente que le prestara las medias".

Dice que no puede olvidar lo boca sucia que era el Loco Omar Pérez. "Tenía la costumbre de putear siempre. Un loco lindo. El Omar venía acá y en lugar de decirte buen día, te decía la c... de tu madre. 'Afloja Loco', le decía yo".

Otro con el que compartió fue con Horacio Peralta. "El día que vino a jugar con Cerrito erró dos penales y la gente se lo quería comer. El primero lo tiró canchereando y se la dio en las manos a Rolero. Y para el segundo los negros de la hinchada le gritaban que lo hiciera. Le pegó bien pero Rolero la sacó. Ganamos 2-1 y lo querían matar a Peralta".


Loco 13

Hasta que se llegó a los tiempos de Sebastián Abreu. El minuano modificó algunos aspectos de la tranquila vida de Central. Es que, de no haber nadie, se llenó de periodistas. "Se vio prensa mientras estuvo acá que no se veía en años. Abreu salía afuera y lo paraban hasta los de Peñarol al hombre para sacarse una foto. Como profesional un señor. Acá donó zapatos a algunos que no tenían. Armó una comida, nos llevó a Minas a jugar un partido con la selección de allá. Hasta los que perdían lo esperaban afuera para sacarse una foto".

Hugo cuenta que el Loco recibió el mismo trato de todos. "Eso sí, les dije a los muchachos que aprendiera de él porque si una persona lleva 40 años jugando, sin que nadie le regalara nada porque él salió de abajo como salimos varios, por algo es. Es un espejo. Van quedando pocos". El utilero reveló que cuando el minuano llegaba temprano iba a la utilería a esperar a sus compañeros. "Yo lo jodía con el mate porque lo tiene lleno de escudos de los clubes donde jugó. Yo le decía que parecía la Copa América, llena de chapas".

Una sola exigencia había con el Loco: "Tenía que tener cuatro camisetas porque se las pedía la gente. La única que tenía el nombre atrás era la de Abreu. El día que se fue le sacaron hasta los shorts. Incluso había un tipo que se paraba en la entrada y con una percha vendía la camiseta de Abreu".

El paso del Loco por Central tiene puntos de comparación con aquel de Paulo Silas en 1990. Duró un abrir y cerrar de ojos. Pero la vida continúa para el viejo club de Palermo. Y ahí anda Hugo, arreglando la caldera, cerrando las puertas para que no le roben la bomba de agua, pintando las tribunas, dando una mano con la ropa. "Acá de repente pasamos dos o tres meses sin cobrar y nos hemos acostumbrado tanto que es hasta normal. Si esto no te gusta no estás acá. Yo soy jubilado y esto ayuda. Tengo agradecimiento porque primero se acordaron de mí y el trabajo te hace sentir vivo. Me sirve mucho. Con los guachos trato de hacer docencia, y sí, un tipo viejo como yo... Soy abuelo, tengo cuatro nietos y siete hijos, a mí de amores no me habla nadie, como dice el tango".

Las pelotas que regaló Vecino

Un gesto que no olvidan en Central Español es el del volante Matías Vecino que, en uno de sus últimos viajes a Uruguay, pasó por el Palermo para dejar regalos.

"Vecino vino por acá y trajo como donación unas pelotas y varios pares de zapatos de fútbol. Las pelotas son unas rojas Nike que las guardamos bajo llave acá en un cuarto", dice Hugo.
El utilero palermitano acota: "No se olvidó el tipo del club de donde salió. No todos lo hacen esto. Se bajó acá en un auto y él mismo trajo las donaciones. Se quedó poco tiempo porque estaba con la selección".

Hugo reveló que otro que compró pelotas para el club fue el técnico Jorge Artigas, de quien tiene un gran concepto.
"Es un hombre muy puntual y muy derecho. Yo les digo a los dirigentes cuiden a este tipo que es un hombre muy serio. Él se retiró jugando acá y es un técnico muy serio", acotó.
Y concluye: "Otro que trajo un regalo cuando dejó el club fue Rolero. El día que se fue apareció y me regaló una botella de whisky".


El ejemplo de Tucci

Central Español es el club de Rodríguez Andrade, de Juan López, Nicolás Falero, Luis Risso. Del botija Walter López que surgió en el club de Palermo. De los campeones uruguayos de 1984 y de Armando Tucci, un hombre que hizo todo por el club. Don Armando, a sus 93 años, sigue trabajando por la causa palermitana. Si hasta se lo vio el día que presentaron a Abreu.

"Tucci es el más viejo de todos, tiene 93 años. Siempre nos da una mano, el otro día me llamó para arreglar las copas en el salón. Siempre está. Tucci hace de todo. Recuerdo que yo marcaba la cancha con una piola y un balde de cal. Un día empezó a llover en un partido del campeonato y el juez amenazó con suspender el partido y vino Tucci a darme una mano. Veníamos poniendo la cal con un rodillo y cuando llegaba al final estaba borrado y Tucci con cuatro o cinco viejos del club me empezaron a dar una mano", rememoró.

Y da pasó a otra historia de amor a la causa, la de Chato Valverde. "Hace poco falleció el Chato y cayeron la señora y los dos hijos, uno de ellos jugó acá. Trajeron sus restos en una cajita chica y lo tiraron adentro de la cancha porque el Chato pidió antes de morir que sus cenizas fueran esparcidas en la cancha. El día que vinieron no había nadie del club y yo los autoricé porque el Chato estuvo toda la vida acá".

Hugo Rodríguez contó: "Una vez trajeron las cenizas de otro hincha y una señora mayor se había empecinado con plantar un jazmín adentro de la cancha. Ahí cerca del monolito de piedra que recuerda a los desaparecidos en la dictadura. Y le dije que no, que adentro de la cancha no se podía. ¡Cómo va a plantar un jazmín ahí! Y se enojó la señora".



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