Retomo el contacto contigo después de un recorrido por Italia –la bellísima Sicilia, la sobrevalorada Costa Amalfitana pero que igualmente vale la pena conocer, la eterna Roma y la yapa de tres días en Madrid–. Más allá de alguna bronca hacia los tanos, fue una luna de miel excelente en la que procuré mantenerme lo más alejada posible de mi trabajo y de las noticias.
Al volver me sorprendió que esta vez sí pasaron muchas cosas: el agua salada y la crisis por la preocupante sequía; cambios de ministros y renuncias, el fin de la fabricación del Ricardito con enorme pesar para mí.
Otra noticia con la que me encontré al regresar fue el avance de la indagatoria del caso Penadés. Las revelaciones que hizo la Fiscalía al Senado para pedir el desafuero del senador dejan unas cuántas consideraciones de las que te voy a hablar en esta Newsletter EnClave.
Una investigación seria que dio sus frutos
Lo primero a destacar de este caso es el trabajo de la Fiscalía que ha sido serio y minucioso. Durante dos meses la fiscal Alicia Ghione se dedicó a reunir pruebas en la más absoluta discreción –no hizo declaraciones y declaró reservada la carpeta– para preservar a las víctimas y para no entorpecer la investigación.
Y la mención vale porque es inevitable comparar este caso con lo que fue Operación Oceáno, en el que la fiscal Darviña Viera desde el primer momento buscó notoriedad en los medios, presentando su investigación como el caso más importante de la historia de la explotación sexual del Uruguay, y cometió errores e irregularidades procesales variadas que comenté en otro Enclave hace un año, al punto que terminó renunciando por cuestiones de salud, con lo que evitó ser sumariada.
El accionar de la fiscal Ghione fue muy distinto. Al tratarse de un senador de la República la fiscal necesitaba el desafuero para poder avanzar en la investigación, pero para hacer ese pedido fundado al Senado se dedicó a reunir elementos: no solo logró el testimonio de ocho víctimas sino que también realizó escuchas telefónicas, consiguió videos y fotos que las víctimas le entregaron, investigó las redes sociales de los implicados y pidió otras pruebas aunque algunas le fueron vedadas por el momento, como las cámaras del hotel de alta rotatividad Séptimo Cielo adonde Penadés llevaba a los menores, según coincidieron en relatar ellos.
Con la declaración de esas ocho víctimas pudo armar el perfil del senador y conocer que en muchos de esos casos existía un intermediario, el profesor de historia Sebastian Mauvezín, quien se contactaba con los adolescentes y les coordinaba las citas con Penadés. Los detalles de lo relatado por cada víctima, algunas ya adultas como es el caso de Romina Celeste –quien empezó el caso–, y otras todavía adolescentes –entre 14 y 17 años–, así como las coincidencias y similitudes de los relatos le dan credibilidad a las denuncias. Además de que el testimonio de las víctimas de este tipo de delitos se considera prueba suficiente, incluso aunque fuera la única prueba disponible, dado que en estos casos suele ser difícil recabar otros elementos, como lo afirma una sentencia de la Suprema Corte de Justicia citada por Ghione.
De modo clarísimo, la indagatoria desarrollada hasta ahora echa por tierra que se trate de un caso aislado que ocurrió hace 20 años, en el que el senador se podía excusar –aunque eso no vale para la Justicia– diciendo que no sabía que era menor y que prescribió. Se trata de un modus operandi de buscar menores en situación de vulnerabilidad social a los que se les ofrecía dinero a cambio de sexo. Con el paso del tiempo y la aparición de la tecnología y las redes, fue mutando la forma de contactarlos y apareció el reclutador, sobre el que a su vez existen indicios de que ofrecía a los mismos menores para que tuvieran sexo con otros adultos y cobraba por ello. Y ello siguió pasando ¡mientras la fiscal investigaba!
Es por eso que podría derivar en un caso de trata –la fiscal mencionó la posibilidad de pasarlo a un juzgado de crimen organizado– y el caso Penadés ser la punta del iceberg de una red de explotación de menores.
Aunque se pueda pensar en la trata como tráfico de menores internacional, la ley penal define al delito como “la captación, el transporte, el traslado, la acogida o la recepción de personas, recurriendo a la amenaza o al uso de la fuerza u otras formas de coacción, al rapto, al fraude, al engaño, al abuso de poder o de una situación de vulnerabilidad o a la concesión o recepción de pagos o beneficios para obtener el consentimiento de una persona que tenga autoridad sobre otra, con fines de explotación".
Reacciones equivocadas
Hechas estas consideraciones, no puedo dejar de mencionarte algunas preguntas que me vienen dando vueltas en la cabeza desde que se presentaron las primeras denuncias: ¿por qué esto se conoce ahora? ¿Cómo puede ser que si durante 20 o 30 años un dirigente político y legislador cometió actos tan aberrantes nunca nadie ni siquiera lo sospechó? ¿Cómo puede ser que sus amigos y colaboradores cercanos no estuvieran al tanto de su modo de vida? Si alguien lo sabía y calló se convierte en cómplice.
La fiscal menciona las características de las víctimas, sumamente vulnerables, y un entorno que es ideal para normalizar el abuso y acallar las denuncias.
Además en estos casos particulares, Ghione relató amenazas que recibieron quienes declararon, entre ellos Romina Celeste Papasso, como se conoció; indicó que además de los ocho adolescentes que declararon tiene identificados a otros que aun no han declarado, contó que algunos recibieron amenazas por las redes para que no denunciaran a Penadés y Mauvezín, y otros directamente se negaron a comparecer luego de un joven de 17 años –señalado por varios por haber salido muchas veces con Penadés y que estaba decidido a denunciar– fue asesinado, aunque la fiscal aclaró que pudo tratarse de un caso de drogas.
También hay en el perfil de los abusadores características que pueden contribuir a acallar o desdibujar la conducta delictiva. Citando a psiquiatras que se han ocupado de estudiar el perfil de los pedófilos, la fiscal menciona que “la máscara de normalidad suele funcionar como un potente hipnótico” para quienes rodeen al abusador que “se presenta como intachable”. Además, se los describe como manipuladores, negadores, racionales, que utilizan la minimización y la parcialización como mecanismos de defensa para “contar fragmentos de las situaciones abusivas que no resultan tan comprometedoras para su autoimagen, sin llegar a sentir que mienten”.
Más allá de estas consideraciones, que pueden tener su peso, sigo pensando que es imposible que nadie del entorno cercano a Penadés lo supiera o lo pudiera sospechar, y creo que pesó mucho lo que todos vimos desde que se conoció la primera denuncia: el pudor a meterse con quien se convirtió en un peso pesado de la política.
Eso quedó de manifiesto en la actitud del sistema político en general. Primero desde filas opositoras se mantuvo un silencio poco habitual, que no me pareció mal en ese momento ya que estamos muy acostumbrados a prejuzgar y a politizar los errores del adversario político. Nadie en el Frente Amplio se quiso pronunciar sobre las denuncias y desde filas blancas hubo apoyos explícitos de algunos que como bien dijo la fiscal contribuyeron a silenciar a las víctimas.
Ghione afirmó, en clara alusión al ministro del Interior, Luis Alberto Heber, quien calificó las denuncias lisa y llanamente de difamación y al presidente Luis Lacalle Pou, que “el respaldo público de algunas autoridades y el silencio de otros representantes del pueblo en general, aumentó el temor de las víctimas por acercarse a declarar, tal como manifiestan que se sienten desprotegidas y en riesgo. Por ello la mayoría de ellas están silenciadas y desconfiadas del accionar de las autoridades”.
El presidente le respondió que no cree “que haya habido ningún tipo de presión. Si ocho personas, tratándose de temas tan sensibles y delicados, hicieron la denuncia, no creo que el sistema judicial uruguayo se sienta presionado si estas personas no se sintieron así”.
¿Sabe el presidente como se sienten esas víctimas que declararon cuando lo escucharon decir “le creo a Penadés”? ¿Sabe el presidente cuántas víctimas dejaron de denunciar o cuántas víctimas de otros casos pensaron que nadie les va a creer si denuncian?
Es muy difícil de saber, pero casos como estos deberían obligar a la clase política a tomarse en serio estas denuncias, a tomar acciones para cortar con esos círculos de silencio, aunque sí hay que aprender a guardar silencio cuando una víctima se anima a denunciar a su explotador y dejar trabajar a la Justicia.