30 de enero 2015 - 19:21hs

Ya no tenía fuerzas para más manotazos. Mi cuerpo pesaba demasiado.
Finalmente tomé la decisión de darme por vencido y ensayé una mueca de alivio antes de hundirme y colapsar. Lo último que pensé fue que nunca sabría si el vaso se había agigantado o si era yo el que se había empequeñecido.

Es el final de un proyecto de columna para este domingo, algo que ojalá estés leyendo en una dimensión que para mí, ahora mismo, es un futuro muy incierto.

La idea surgió a partir de la metáfora, porque me di cuenta de que estaba complicándome al dope, para decirlo sin ambages. Entonces pensé en ir a lo literal y describir cómo me ahogaba en un vaso de agua.

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Antes de sentarme a escribir, caminé. Caminé mucho rumiando las dificultades del asunto, desde que me acercaba al vaso con un temor irracional. Un vaso en el medio de una mesa redonda de mármol. Un vaso ancho, de vidrio transparente, sus tres cuartas partes ocupadas por el agua también transparente y quieta, como expectante.

Pensaba, sin escribir una letra, en cómo pasaría de agarrar el vaso y sentir la perfección del vidrio, a caminar sobre el mármol alrededor del vaso, a escalar el vaso, a zambullirme en el agua, un poco más fría de lo que esperaba, a bracear hacia el centro hasta volver, precavido, a agarrarme del borde. A mirar el agua interminable, con una ola ligerísima, a tomar fuerzas y volver a intentar el cruce del vaso a nado.

Ahí paré. Dejé a mi alter ego nadando hacia el punto de no retorno y empecé a pensar para atrás. Había un problema. La gracia, para mí, era tratar de zambullirme en la analogía: que todo pareciera fácil hasta que fuera imposible.

Sin embargo, esto se ponía imposible casi de arranque. El universo era un vaso de agua infinito en el que el tipo no tenía otra alternativa que ahogarse. La ausencia absoluta de esperanza le robaba fuerza al relato, pensaba yo.

Traté crear algo más gradual. Empecé a imaginarme agarrando el vaso, mirando el agua por encima del vidrio, trepando el vaso, tocando el agua, cayéndome al vaso, asustándome un poco, volviendo a agarrarme del borde y trepando la pared del vaso esta vez hacia fuera. Es como si me hubiera escapado por un pelo de una jauría de gerundios.

Estaba claro que el artefacto no funcionaba. Con todo lo que me había costado tirarme al agua, ahora estaba otra vez afuera del vaso, la ñata contra el vidrio.

Fue entonces que empecé a ver el final: la falta de fuerzas, la resignación de mi alter ego en el medio del vaso, hasta su perplejidad última sobre el sentido de la vida y de la muerte en ese mundo desolado y transparente.

Ese remate tampoco me convenció. A esa altura me parecía que lo único que podía darle cierta sorpresa a la historia era un final feliz.

Volví a aparecer en el agua inmensa y tomé un impulso del que no me creía capaz. Nadé y nadé hasta que empecé a divisar el borde de vidrio.

Eso me dio más fuerzas y volví a nadar y a darme cuenta de que la orilla estaba cada vez más cerca. Faltarían veinte o treinta brazadas, calculé, en un instante de euforia.

Me concentré en nadar hasta que me pareció que mi mano se daba contra el vidrio. Agarré el borde del vaso respirando con muchísima dificultad pero con una felicidad intensa.

Pronto me di cuenta de que no tenía fuerzas para trepar el borde. Miraba hacia afuera, a través del vidrio. Ahí estaba el mundo tal cual era antes de la travesía.

Ahora lo veía todo con claridad. A través del vidrio, que estaba helado, se podía ver que el mundo era una maravilla.

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