15 de agosto 2013 - 19:36hs

Tras la barbarie vivida en Egipto el miércoles, que terminó con más de 500 muertos y con la declaración de un estado de emergencia (toque de queda) que convirtió a ciudades como El Cairo en pueblos fantasmas, es difícil de pronosticar cuál será el futuro de una sociedad absolutamente polarizada y que en poco más de dos años derrocó a dos gobiernos y amenaza con enfrentar al tercero.

Resulta incomprensible, quizá, que un presidente llegado democráticamente al poder (Mohamed Morsi) tenga el rechazo de las masas meses después y pueda, casi de un plumazo, ser expulsado de su mandato. Más aun si ese presidente fue elegido en las primeras elecciones libres después de una dictadura de 30 años, encarnada por la figura personalista de Hosni Mubarak.

Muchos de los que salieron a las calles a pedir la cabeza de Mubarak, también coparon las plazas para exigir la dimisión de Morsi y encendieron la mecha para que la situación estallara en un golpe de Estado y en la instalación de un nuevo gobierno autoritario, supuestamente de transición.

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Pero, si bien a algunos no les ha conformado ninguna de las opciones hasta el momento, otros, que supieron celebrar la caída de Mubarak, lamentaron luego el derrocamiento de Morsi. Esos son los que hoy piden su reinstalación y los protagonistas en el campo de batalla, que mantienen el escenario de plazas y parques pero cambian el color de sus banderas políticas y religiosas.

“Lo que el pueblo egipcio ha expresado durante este año es que no se dejará gobernar por discursos vacíos y promesas que no se cumplen”, escribió la profesora de Estudios Árabes e investigadora sobre Oriente Medio y el Islam, Susana Mangana (El Observador del 8 de julio de 2013).

Esto viene a cuento porque el principal pecado de Morsi, según sus detractores, es no haber cumplido con sus promesas. Lo acusan de haber polarizado el país (igual o más que en la era Mubarak), de sectario y de dotar a Egipto de una institucionalidad pro islamista, según ha informado la prensa internacional. Sin embargo, tampoco los militares lograron restablecer el orden, algo que utilizaron como argumento para deponer a Morsi y hacerse del poder.

La oposición del entonces presidente Morsi acusó al mandatario, perteneciente a los Hermanos Musulmanes (organización política con un ideario basado en el islam), de tomar una actitud de preferencia hacia su sector.

Al respecto, Mangana reseñó que no solo dentro de Egipto, sino también fuera de fronteras, los opositores “han elaborado una lista de argumentos y males que achacan al primer gobierno de extracción islamista”. Entre ellos, destaca “la actitud deliberada (…) de favorecer a sus Hermanos Musulmanes, ya fuese por designación en cargos de jerarquía en su gobierno o por aceptar directrices de la cúpula dirigente”.

Por su parte, BBC asegura que durante su primer año, el hoy expresidente “se distanció de instituciones claves y de varios sectores de la sociedad”. En ese marco, la población empezó a mostrar su disconformidad porque entendió que no llevó a cabo las promesas de terminar con los problemas económicos ni resolver las injusticias sociales.

En medio de la reprobación, Morsi calentó más la situación interna del país al decretar poderes especiales para las Fuerzas Armadas hasta la celebración de un referéndum para la redacción de una nueva Constitución. Esto fue aprobado por la Asamblea Constituyente, dominada por los Hermanos Musulmanes, pero enardeció a la oposición liberal, así como a laicos y coptos.

La situación derivó en un descontento masivo y en que millones de personas volvieran a sentir que debían tomar partido y pelear por un cambio de rumbo en el país. Otra vez las masas se manifestaron en las calles, ahora en contra de las políticas del presidente Morsi.

A las concentraciones le siguieron severos enfrentamientos con los defensores del mandatario y el 3 de julio las Fuerzas Armadas tomaron el poder para anunciar la suspensión de la Constitución. Los militares al mando determinaron el encarcelamiento de Morsi en forma preventiva, que ayer fue renovado a la luz de los hechos.

Con el golpe de Estado la moneda cayó del otro lado y, desde entonces, son los Hermanos Musulmanes quienes tomaron los parques para concentrar sus protestas exigiendo la liberación de su líder y la inmediata reinstalación en la presidencia.

Además de los enfrentamientos con las fuerzas del orden, los partidarios de Morsi han tenido cruentas mediciones de fuerza con los detractores del depuesto presidente, lo que devolvió un clima de extrema violencia a las calles, especialmente de El Cairo.

La gravedad de la situación puso a la Policía, primero, y al Ejército, después, en posición de reprimir a los manifestantes, que no acataron el ultimátum emitido para desalojar los dos campamentos de civiles, cada vez mayores.

El clima de tensión desencadenó lo más temido: la sangrienta acción y enfrentamiento de la Policía con los seguidores de Morsi. Hasta ayer, las cifras oficiales hablaban de 525 muertos.

En tanto, la mayoría de la población egipcia ya no encuentra en quién confiar para que el orden y la tranquilidad vuelvan a sus ciudades. Hasta el momento, el traspaso del poder no ha sido más que eso, logrando apenas que el color de las banderas y las consignas que sacan al pueblo a la calle cambien de bando.

Ante los hechos del miércoles ya no hay confianza en el orden. Van más de dos años con muchas promesas de cambio y pocos días de paz. Desde el 3 de julio pasado, momento del golpe de Estado, las manifestaciones no han dado tregua y, después de la masacre, los Hermanos Musulmanes prometen reagrupar fuerzas para seguir con la batalla, pues ya han manifestado que la “rabia está fuera de control”. (Basado en agencias y prensa internacional)

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