Simpático, sonriente, amable. Esa es la imagen que ha dado en cada aparición pública el canciller Francisco Bustillo desde que en 2020, tras la sorpresiva salida de Ernesto Talvi, asumió como el jefe de las relaciones exteriores del gobierno de Luis Lacalle Pou.
Sin embargo esa simpatía no se condice con las tormentas que por estos días Bustillo debe enfrentar en la interna del Palacio Santos y del gobierno. Su cargo quedó en la cuerda floja esta semana, e incluso el presidente reveló el jueves que Bustillo puso su cargo a disposición luego de que en dos ocasiones, en la OEA y en el Consejo de Seguridad de la ONU, Uruguay no acompañara resoluciones ampliamente mayoritarias de condena a la invasión de Rusia a Ucrania. Las decisiones generaron la molestia del presidente, que en el caso de la OEA llegaron al punto de una posterior gestión para incluir a Uruguay en la declaración condenatoria, algo que no es posible hacer en la del Consejo de Seguridad. Finalmente, en la declaración de la Asamblea General de la ONU, adoptada de forma posterior a estos dos casos, Uruguay sí fue copatrocinador de la moción mayoritaria de condena.
No es la primera polémica generada por la conducción de la diplomacia uruguaya: en 2021 votó a favor de una declaración condenatoria de Israel en el conflicto con Palestina. Nuevamente, la molestia presidencial -y la protesta de Israel- generaron el cambio de postura, aunque esa polémica le costó el puesto al director de Asuntos Políticos de Cancillería Pablo Sader.
En la entrevista del jueves con Telemundo, Lacalle citó el vínculo de amistad y confianza que tiene con Bustillo como argumento para respaldarlo. Lo cual es coherente con la forma de gestión que tiene el presidente: personas de su particular confianza en varios cargos clave. No fue el mismo criterio que con otros otros ministros cuestionados, como Pablo Bartol en el Mides.
Es bien sabido que no es fácil ser monedita de oro en el ambiente diplomático, pero ese estilo basado en la confianza personal es uno de los factores que hacen que Bustillo no sea querido por muchos en el ambiente de cancillería.
De hecho, ese vínculo con el presidente no es algo raro en el canciller, que en buena medida ha construido su carrera en base a los vínculos interpersonales, que abarcan un amplio espectro político (se ha hablado mucho de su amistad con el presidente argentino Alberto Fernández, aunque de momento no ha servido para mucho en la empantanada relación entre ambos países) y también supo ser jefe de Gabinete de Luis Almagro durante la Presidencia de José Mujica. Su facilidad para los vínculos interpersonales también es destacada por muchos uruguayos a los que ayudó a atravesar contratiempos en el exterior, sobre todo cuando fue embajador en Madrid y en Buenos Aires, entre ellos uno de los hijos del expresidente Tabaré Vázquez.
Sin embargo, el partido de la cancha grande del Ministerio de Relaciones Exteriores, en donde la gestión metódica y planificación política y estratégica son vitales, le han costado mucho más. El estancamiento de la presión al Mercosur para lograr libertades comerciales extra bloque es una de sus espadas de Damocles. El TLC con China es el otro gran tema que tiene sobre su despacho: el presidente pide paciencia, pero a más de seis meses del anuncio, no hay novedades sobre el estudio de factibilidad y cada día que pasa sin novedades es una pastilla más en el frasco de los objetivos sin lograr del Ministerio de Relaciones Exteriores.
Quizás a Bustillo la interna de cancillería le pesa más que a otros exministros que venían de la política, precisamente por los rencores que arrastra de su carrera diplomática, y porque por ser diplomático se le exigen cosas que no son el metié de un político. Como destaca esta nota de Martín Natalevich, sus problemas para expresarse fluidamente en inglés no son una anécdota dentro del Palacio Santos. En cierta medida, Bustillo es más político que diplomático en el ambiente de la diplomacia, y más un diplomático que un político en el ambiente de la política. Con ese escenario es lógico que entre los primeros no le perdonen una, y que entre los segundos no tenga respaldo específico, que solo lo consigue a través del apoyo del presidente. Tras los hechos de esta semana todo eso pesa para que el canciller esté golpeado y contra las cuerdas.