La persona a la que más temes contradecir es a ti mismo
El cisne negro
La ministra de Economía Azucena Arbeleche es la excepción que refuta la regla
La ministra de Economía Azucena Arbeleche es la excepción que refuta la regla
La persona a la que más temes contradecir es a ti mismo
Karl Popper
No importa cuántos cisnes blancos hayamos podido observar, esto no justifica la conclusión de que todos los cisnes son blancos”: en la obviedad de esta sentencia de Popper se asienta el racionalismo más radical, y el único propiamente dicho.
Nos jactamos de ser racionales y, por ende, libres de la ignorancia fundamental en la que se encuentran el resto de los animales, inconscientemente sometidos a los dictados de las leyes naturales. Los seres humanos tenemos consciencia de nuestro ser y estar en el mundo, al que buscamos conocer y domeñar para trascender a la naturaleza y ejercer nuestro libre albedrío.
Pero es nuestra inteligencia la que, paradójicamente, cubre con un velo de ignorancia a la evidencia encarnada en la cita de Popper. Con nuestra razón narramos historias para dar sentido al mundo en el que vivimos, e inferimos generalizaciones tales como “todos los cisnes son blancos”. Y nos acostumbramos a vivir en un mundo donde todos los cisnes lo son (sí, también somos animales de costumbre). Tanto, que cuando aparece uno negro, juzgamos su existencia como una rareza que no amerita demasiado cuestionamiento. En el fondo, lo que deseamos es que todos los cisnes sigan siendo blancos, porque de lo contrario estamos obligados a reconocer que estábamos equivocados, a resetear nuestro sistema de creencias y empezar a pensarlo todo de nuevo.
Esta tendencia a aferrarnos a los casos que corroboran nuestras presunciones es lo que los científicos cognitivos denominan “parcialidad de la confirmación”, la cual se evidencia en las perspectivas más dispares - ¡y disparatadas! - desde las cuales se juzga una misma persona o hecho, dependiendo del ojo con que se mira. Esta manía (que los griegos ilustraban con el “mito de Procusto”) es aún más difícil de combatir que el mismísimo coronavirus… Como Procusto, el posadero que cercenaba o estiraba a sus huéspedes para que cupieran perfectamente en su cama de hierro, moldeamos la realidad para que coincida con la visión del mundo que ya tenemos. E interpretamos al cisne negro como “una excepción que confirma la regla”. Procustianamente, mutilamos a la razón para que pueda revalidar los relatos que nosotros mismos nos creamos. Mas, tarde o temprano, los cisnes negros remontan y descuellan, para develarnos la fragilidad de nuestras creencias y los límites de nuestro entendimiento.
Hay muchos cisnes negros, pero hoy quiero detenerme en uno en particular: no sólo porque me parece relevante, sino también porque creo que representa una oportunidad ideal para aportar claridad a un tema social y políticamente controvertido. Me refiero a la figura de la ministra de Economía y Finanzas, Azucena Arbeleche: ella es, en efecto, una excepción que cuestiona el eslogan de que la “política es un asunto de hombres”, donde la mujer no tiene cabida casi. Porque, aunque es verdad que la mayoría de los cisnes siguen siendo blancos, no todos lo son. Y magro favor le hacemos a la verdad, y a nosotros mismos, si nos empeñamos en interpretar casos como la de la actual ministra como meras excepciones que confirman el eslogan.
Leonardo Carreño
Estoy convencida de que nada como ser atacada por la extendida falacia ad hominem para salir airosa de una discusión. Sin embargo, dada la popularidad de dicho sofisma, y para minimizar las chances de que ciertos lectores apelen al amiguismo con el objetivo de desestimar mi argumento, quiero dejar constancia de que conozco personalmente a Azucena Arbeleche desde hace mucho tiempo. De todas maneras, y más allá del aprecio que le tengo, mi objetivo aquí no es hablar de sus méritos (que ella se tomará la libertad de demostrar en la medida que lo estime conveniente). Mi intención, más bien, es valerme de su ejemplo como un medio para argumentar que, desde la razón que promueve Popper, la excepción no confirma, sino que, muy por el contrario, refuta a la regla.
Por regla entiendo, en este caso, la necesidad de prestarle una “ayuda” a las mujeres para que puedan acceder a los mismos cargos de responsabilidad política que los hombres. El argumento es que la igualdad de derechos no es aún suficiente. Porque si bien mujeres y hombres tenemos, hoy, los mismos derechos políticos, el ágora continúa siendo un lugar con presencia mayoritariamente masculina. Así, por lógica, deben existir otras razones por las cuales no se da la paridad de género en la arena política. La explicación que más cunde es la que señala la persistencia de la ideología patriarcal, a la que hay que destituir para liberar a la mujer de la posición de inferioridad en la que todavía se encuentra imbuida. Mas, aunque cierto, igual debemos preguntarnos si la ley de cuotas y paridades políticas son un antídoto eficaz contra este absurdo prejuicio. Por mi parte, creo que éstas son solo un analgésico: alivian el dolor, pero sin curar la afección. Porque el malestar más dañino es el que punza en forma inconsciente desde nuestro fuero más interno, diciéndonos que, tal como “todos los cisnes son blancos”, “todas las mujeres somos víctimas”.
Debemos combatir y extirpar este prejuicio, y el reconocimiento de los cisnes negros es un contrapunto bien contundente. Sí, hay mujeres que hacen uso de su derecho para elegir quién quieren ser y que se sienten capaces de conseguirlo. Mujeres que, afirmadas en su condición femenina, toman decisiones libres y no dudan en decir lo que piensan y lo que sienten. Y que, por eso, existe un presidente de la República que confiesa públicamente que aprendió a valorar a un pensador escuchando a su ministra de Economía.
Leonardo Carreño
No podemos negar que existen cisnes blancos, pero tampoco que, cada tanto, los negros también descuellan. Son muy pocos aún, es verdad. Pero su crecimiento es directamente proporcional a nuestra disposición a reconocerlos.
Umberto Eco decía que, de todos los libros en su biblioteca, el valoraba más los que no había leído, porque sabía que en ellos yacía la promesa de una nueva revelación, como el hallazgo de un cisne negro.
Si lo que deseamos es la verdad, entonces, antes que nada, debemos aprender a no tomarnos demasiado en serio lo que ya sabemos.