4 de julio de 2012 13:43 hs

Serán otros los tiempos para el Partido Revolucionario Institucional (PRI). La capacidad para imponer sus planes de gobierno ya no dependerá del ejercicio monopólico del poder, como ocurrió durante siete décadas cuando dirigió México en régimen de partido único, sino más bien de la habilidad y el talante negociador del elegido presidente Enrique Peña Nieto.

Además, el viejo partido de la revolución mexicana regresa al gobierno federal con menos apoyo electoral que en anteriores oportunidades y con una oposición fortalecida por el lado izquierdo, menos afín a las propuestas priistas que el aún gobernante Partido Acción Nacional (PAN).

Andrés Manuel López Obrador o AMLO –como es conocido en México por las siglas de su nombre completo–, al igual que en 2006 cuando resultó segundo en la competencia electoral, se mantiene renuente a aceptar el resultado oficial anunciado tras los comicios del domingo pasado. El candidato del bloque formado por el Partido de la Revolución Democrática (PRD) y otras colectividades menores amenazó con impugnar el veredicto de la justicia electoral que se espera para este miércoles.

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La actitud del líder izquierdista es una clara señal para Peña Nieto de que tendrá del otro lado a un combativo opositor al frente de un partido que siente que ganó con la derrota.

El PRD consiguió reducir a la mitad la diferencia de votos entre los que marcaban los sondeos previos y los que definitivamente pronunciaron las urnas. Obtuvo 31,4%, casi cuatro puntos menos que en la elección de 2006, cuando fue vencido por el actual presidente Felipe Calderón.

Pero si se tiene en cuenta la última cita electoral a nivel nacional, el PRD consiguió un notable desempeño respecto a los comicios para renovar la legislatura en 2009, cuando apenas obtuvo 18,3% del apoyo ciudadano.

Además, la jornada del domingo permitió a los partidos que promovían a AMLO retener sin discusión el gobierno de la capital, el baluarte de la izquierda mexicana, con casi dos de cada tres votos emitidos y afianzar así una presencia que data desde 1997.

Además, el PRD obtuvo la gobernación del estado de Morelos y arrebató al PRI el estado de Tabasco, aunque perdió Chiapas.

Pero el mayor avance de las fuerzas progresistas se observó a nivel legislativo, donde fue la única formación que logró sumar bancas. En diputados, el PRD y sus aliados pasaron de los 88 asientos –obtenidos en 2009– a los 140, mientras que el vencedor PRI retrocedió 30 escaños al alcanzar los 232, y no cuenta con mayoría propia, lo que le obligará a negociar con la oposición.

La larga travesía
Por su parte, el PAN deberá realizar su propia travesía por el desierto. Despojado del poder máximo, desalojado de la gobernación de algunos estados y tercero en número de bancas en la cámara de diputados, el partido de la derecha democrática mexicana deberá esperar seis años para volver a competir por el gobierno federal. Mientras dure el largo viaje, los dirigentes panistas dirimirán fuerzas para tomar las riendas de la colectividad.

La pulseada será entre la excandidata Josefina Vázquez Mota, que llega debilitada por la derrota electoral, y el actual presidente de la República, Felipe Calderón, que bajará a la arena política “fortalecido” por no haberse involucrado en la campaña.

La calle y los medios
Peña Nieto deberá lidiar con otro opositor que no estará en el Parlamento sino en las calles, el movimiento Yo soy 132. Esta iniciativa nacida como protesta universitaria integrada principalmente por jóvenes opuestos al regreso del PRI al poder y que reclamaban transparencia en las elecciones y un manejo equitativo de la información por parte de los grandes medios de comunicación, aún no acalló sus gritos.

Si bien es esperable que la fuerza callejera de Yo soy 132 disminuya conforme vayan secándose las pancartas del baldazo de agua fría que significó el triunfo de Peña Nieto, se abre allí un foco de resistencia al acecho de futuros trapiés presidenciales.

También queda la interrogante sobre el papel que jugarán los grandes medios de comunicación en el futuro gobierno priísta, en especial de la poderosa cadena Televisa, cuestionados por amplios sectores de la sociedad por su manejo “tendencioso” de la agenda informativa.

El proyecto político de Peña Nieto mucho le debe al mayor canal de televisión del país, ya que le permitió amoldar una figura de galán de telenovelas que fue muy bien recibida por una teleaudiencia que también vota. Y para completar la actuación... quién mejor que la actriz de los culebrones de Televisa, Angélica Rivera, que se casó con el líder priista en 2010.

El diario británico The Guardian denunció el 7 de junio un acuerdo entre Televisa y Peña Nieto para favorecer su campaña a cambio de dinero.

El propio López Obrador días atrás en un mitin contestó a un reportero “¿Usted no ve Milenio Televisión?”, lo que molestó al profesional. Luego relativizó el comentario: “Respeto su labor (…) una cosa son los trabajadores de los medios y otra los dueños”.

Con los medios en la mira, habrá que ver si la Presidencia será cubierta con rigor periodístico o si proseguirá el show..

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