"Una nueva era”, el título de la portada de la edición en formato PDF de El Observador, del jueves 21, resume perfectamente en tres palabras la sensación que hubo con la asunción de Joe Biden como el 46º presidente de Estados Unidos (EEUU).
"Una nueva era”, el título de la portada de la edición en formato PDF de El Observador, del jueves 21, resume perfectamente en tres palabras la sensación que hubo con la asunción de Joe Biden como el 46º presidente de Estados Unidos (EEUU).
No es porque llegó a la Casa Blanca un mandatario que pertenece a otro partido, que es natural al juego democrático, y mucho más en EEUU, sino por el mensaje de su discurso de asunción, el miércoles 20, y lo que revelan las primeras resoluciones con su firma.
Biden parece decidido a introducir un cambio radical en el modo de ejercer el poder del republicano Donald Trump, en la apuesta por el camino de la negociación bipartidista y del entendimiento en la gestión de la cosa pública.
En ese sentido, en el solemne discurso inaugural, se comprometió a liderar una renovación con el anhelo puesto en cuatro verbos: reparar, restaurar, curar y construir.
Una acción de arreglar en relación con el deterioro de la convivencia democrática, que, aunque es un problema que viene de antes, con Trump llegó a un nivel asombroso.
Se trata de recuperar una libertad conjugada con la tolerancia que, en la contemporaneidad estadounidense, se muestra cuestionada.
La prédica y la política de Trump en contra de los inmigrantes, apoyada en las urnas en 2016, fueron expresiones dramáticas del rechazo al otro como diferente. El asalto al Capitolio, este mismo mes, por parte de un grupo de supremacistas blancos, es el extremismo político antitético de la alteridad, condición sine qua non de la convivencia en paz.
Es acertada la apuesta de Biden por los gestos de unidad, prometida desde el “terreno sagrado” del National Mall, como la actitud primera para empezar a curar heridas abiertas - visibles en el pujo racista, que viene de mucho tiempo atrás de Trump aunque este no hizo mucho por apaciguarlo-, que se observan en recurrentes expresiones colectivas de ira, resentimiento y odio, sentimientos visibles en el desenvolvimiento de la sociedad.
Sin un compromiso en serio por la unidad, que no significa unanimidad, sino la recuperación de la razón en el debate y en decisiones de la política, será una tarea imposible la de superar los graves problemas que sufre el país, que todos juntos, son enemigos difíciles de ver hasta en una situación de guerra: el covid-19 -más muertos en el país por la pandemia que los estadounidenses caídos en la Segunda Guerra Mundial-; declive económico -cierre de empresas y pérdida de millones de puestos de trabajo como desencadenó el crac de 1929-; discriminación racial; crisis ambiental; y “terrorismo interno”.
Las ordenes ejecutivas firmadas por Biden en estos días - ética en la función pública, medidas para políticas de sanidad más apegadas a la ciencia, de amparo a los inmigrantes- es posible que contribuyan a crear condiciones adecuadas para una nueva normalidad de la política.
Pero la construcción de la unidad, de la que depende el éxito o el fracaso de la nueva administración, es un reto mayor. Es un objetivo iluso si solo queda en las palabras de buena voluntad del presidente Biden. Es un compromiso que también deben asumir los demócratas y republicanos en el Congreso y, en definitiva, el conjunto de la sociedad.
De otro modo, pues, será muy difícil, por no decir imposible, que EEUU pueda ganar la decisiva batalla final.