31 de marzo de 2020 5:00 hs

A pesar de que Montevideo intenta siempre fagocitarlo todo, son múltiples las voces de escritores nacidos en el interior del país que le han dado cuerpo y densidad a la literatura nacional desde la época más remota hasta hoy. José Monegal (1892-1968), tío del crítico literario Emir Rodríguez Monegal, fue uno de esos autores que desde su Cerro Largo natal llegó a la capital para aportar una mirada particular a través de sus  relatos de campaña.

Como explica Pablo Rocca en el completo prólogo de esta antología que él mismo realiza, José Monegal es un caso único dentro de las letras nacionales, ya que publicó más de 350 relatos ilustrados por él mismo en las páginas del Suplemento Dominical del diario El Día, entre 1950 y 1968, año en que murió.

No menos curioso es que era blanco como hueso de bagual, pero escribía semanalmente en el diario colorado por antonomasia, una situación imposible que sin embargo supo campear con elegancia, publicando los citados relatos de ficción en el medio batllista y otros de corte más político y afines a su ideología, en el diario El País.

Otro dato de interés que aporta el prólogo es que a pesar de ser un autor muy popular, ya que El Día tenía un tiraje de entre 60 mil a 80 mil ejemplares en esa época, nunca fue tenido en cuenta por la crítica y sólo en sus últimos años de vida comenzó a ser reconocido.

Más noticias

La antología se divide en tres partes. En la primera se recogen varios cuentos de temática rural, todos buenos y muy breves, que muestran su talento para la síntesis y para presentar tramas plausibles bajo las que siempre se cuela un hálito poético de indudable belleza. Aún en los textos más débiles, siempre hay algún detalle que lo salva.

En, por ejemplo, Las dos sentencias del capitán Lezama, donde el suicidio al final del relato resulta muy exagerado, hay sin embargo momentos gloriosos como el castigo a un asesino, que es atado al cadáver de su víctima frente contra frente y abandonado en la llanura. La imagen, digna de Edgar Allan Poe, es poderosa, con el vivo respirando el olor del muerto, no pudiendo despegar su rostro de la cara desfigurada del hombre que degolló hace poco, mirando la cuenca vacía de un ojo que un pájaro ya se llevó.

En Arquetipo, destaca el manejo del suspenso y la tenue línea que separa el sueño de la realidad, cuando un hombre que se despierta ve que su caballo se ha vuelto blanco, como también el árbol y comienza a dudar de donde está, para descubrir que es la helada que lo cubre todo. Aquí, como en todos los relatos, no importa el argumento, importan las imágenes, la soledad del campo, esa que obliga al hombre a vivir “dentro de sí mismo”.

Pero también hay humor, como en El trío Silverio Espinosa, donde un hombre carga y dialoga con dos voces que le hablan en momentos cruciales, una angelical y la otra diabólica o en El alegato del negro Peluquilla, donde un comisario que se cree Sherlock Holmes es dejado en ridículo por un astuto ladrón que busca vengarse.

Divertidas también son las tres fábulas de la segunda parte del libro, una dedicada a un árbol centenario a punto de morir que es de corte poético; la más profunda Las razones de la crucera, donde la víbora intenta despojarse de su mala fama hablando con otros animales y un lobizón; y la más entretenida que es Incidente en el Queguay, donde un gato montés intenta pescar como si fuera un pájaro. 

El tercio final recoge dos textos de neto corte histórico-político, dedicados al alzamiento de 1896 y la revolución de 1897, de franca exaltación nacionalista y de la figura de Aparicio Saravia. También, un capítulo de una novela inédita y tres crónicas: El pulpero, El tropero y El periodista, que le dan un buen cierre al trabajo, porque registran otro tono más del autor. Varias historias, de José Monegal, permite redescubrir a un escritor solvente, que tiene encanto en todo lo que escribe.

Te Puede Interesar

Más noticias de Argentina

Más noticias de España

Más noticias de Estados Unidos