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Fiorella Buzeta, la joven baleada en un liceo a la que el deporte le cambió la vida

Recibió un balazo a los 12 años que la postró a una silla de ruedas y después de ocho años de rehabilitación encontró en el deporte “un motivo” para seguir

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04 de marzo de 2020 a las 05:04

Fiorella tenía 12 años. Era un día más en el liceo, cuando en plena clase le presentaron a un nuevo compañero: Marcos. Como había tenido problemas en el turno de la tarde, sus padres pidieron cambiarlo. El chico denunció ser amenazado por lo que un día llevó un arma de un hermano que era militar. En un incidente en la clase el chico disparó y le pegó a Fiorella. Su vida ya no fue igual después de aquel 12 de abril de 2004. La herida le provocó parálisis de sus miembros inferiores. Quedó en silla de ruedas. “Primero rechacé la situación. Después me pregunté por qué me pasó a mí. Esa es la primer pregunta siempre”, contó Fiorella Buzeta a Referí.

Hubo ocho años de rehabilitación realizando fisioterapia. Hasta que un día de 2014 apareció Daniela, una conocida que la invitó a tomar contacto con el deporte. Por aquel entonces se intentaba formar el primer equipo de handball en sillas de ruedas, que viajaría a competir a Argentina. Aquello marcó un antes y un después. Resulta increíble escuchar de boca de la propia Fiorella cómo le cambió la vida practicar deportes pese a su dificultad física.

“El deporte me ayudó en todo. Desde el punto de vista anímico a sentirme útil. De pronto no hacemos otras cosas pero es la única actividad que tenés porque no podés acceder al trabajo, te cuesta con la educación y lográs sostenerte con el deporte. Y luego estar con tus pares. Eso es lo que más me acercó porque para competir tenés que tener la misma lesión medular y ahí me encontré con compañeros que tenían similar discapacidad y era más gratificante, porque te entendés, no tenés que explicar nada, sabés cómo ayudar, cómo asistir al otro, y la unidad en equipo”, afirma.

Fiorella dice que aprendió en muchos aspectos. “Si había algún compañero que tenía dificultades el otro lo ayudaba desde su silla. Hay un logística que la entendés”.

Finalmente no pudieron viajar a competir a Argentina porque no se completó el equipo. Fiorella viajó igual para acompañar al equipo masculino. A partir de ese momento empezó a chocar con otra realidad: lo complejo que resulta armar un equipo de mujeres.

“El tema de las mujeres en el deporte es más complicado porque no siempre logramos tener la misma incidencia. El machismo se ve. El incentivo siempre es mayor para el hombre, al menos fue mi experiencia”, contó Buzeta.

Lejos de amilanarse por aquella experiencia frustrada en handball se empezó a quedar a entrenar esgrima. Allí encontró una participación más equitativa de la mujer.

“Las mujeres que practican lo hacen solas porque hay una realidad y es que hay más hombre en situación de discapacidad que mujeres. La cantidad de mujeres que quedan discapacitadas es menor y eso se visualiza en las actividades. Y además, en mi visión, como que la mujer elige participar en otras cosas, construye desde otro lugar”, expresó.

Fiorella tenía 21 años cuando empezó con el esgrima. Conoció a su pareja a través del deporte. “Conocí a Enzo Blanco, que fue el primer esgrimista en silla de ruedas en Uruguay, y estuvimos juntos hasta ahora. Nos fuimos a vivir juntos, conectamos desde nuestro lugar”, contó Fiorella.

Para ese entonces, con mucho esfuerzo, logró comprarse un auto para “liberar” a su hermano Federico al que define como “un sostén”.

“Pude estudiar y hacer todo el liceo y el primer año de facultad gracias a él que acomodaba sus horarios, porque tenía un negocio de comidas, para llevarme a todos lados. Hasta que me metí en un préstamo a cinco años para pagar mi autito”, explicó Buzeta.

Fiorella no olvida la movida que hicieron para ir a competir a Buenos Aires. “Aquella era la única oportunidad para muchos de poder salir por primera vez del país. El esfuerzo que implicó fue muy grande. Imagínate que si el deporte chico necesita todo un movimiento de esponsor, el deporte adaptado mucho más. Recuerdo que terminé tuiteando y el Ministerio de Turismo nos apoyó. Es un deporte caro. Necesitás una silla deportiva, que tienen otras dimensiones, otra protección, otro agarre, y eso encarece el deporte”, expresó. 

Buzeta reveló que en ese entonces los deportistas del básquetbol estaban en pleno proceso de cambiar sus sillas y heredaron las que dejaron, que debieron ser adaptadas a medida.

La vida de Fiorella parece ir de la mano con el deporte. Contó que el año pasado fue a hacer natación a un club de Solymar. “Cuando empecé a practicar prácticamente no existían los deporte adaptados. Fue un aprendizaje en muchas cosas. El deporte me ayudó a tener un motivo”.

Vivir para contarlo

Fiorella volvió a vivir con su madre muy cerca del liceo 13 donde fue baleada. Dice que si bien pasó alguna vez por la puerta, no volvió a entrar. Sin embargo, hace un tiempo se vio ante la incertidumbre de volver cuando un profesor la invitó para trabajar. “Estaba dispuesta a ir. Es lógico que me iba a generar cosas, pero al final el proyecto no salió”, expresó.

“¿Qué me quedó de aquel incidente? Mi vida entera. Esto lo puedo decir ahora. Desciséis años después lo puedo contar de otra manera porque la vida sigue pasando y te sigue pegando. Pero soy quien soy a través de lo que me pasó”, dice con valentía. Fiorella asume: “Me formé con la discapacidad, con las causas sociales, crecí en colectivos, entendiendo que había una lucha común. Desde la discapacidad y lo que me pasó, es mi vida y lo que me motiva a buscarle un sentido a lo que pasó. Me vinculo a las causas y la lucha, por algo me pasó lo que me pasó. Años después le encontré un motivo y empecé a militar en la política a encontrar una causa por lo que me pasó. Fue en el salón de clases. Hay un proceso en todo esto. Nunca imaginé esta exposición ni la busqué. Pero años después puedo decir que le encontré un sentido a eso. Que me llamen es parte de la lucha silenciosa que vengo haciendo”.

Su fuerza y su voluntad conmueven cuando concluye diciendo: “Mi hermana estaba en el salón de al lado, pero me pasó a mí porque me tenía que pasar mí…”.

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