Dice un viejo adagio que es preferible tener una respuesta equivocada a la pregunta correcta, que una respuesta correcta a la pregunta equivocada. Cuando uno acierta la pregunta tiene mucho más que la mitad del camino andado. Quien diagnostica mal preguntándose lo que no es pertinente seguramente nunca encuentre la solución a los problemas.
Encontrar la pregunta correcta requiere al menos tres cosas: libertad, audacia, respeto. Libertad para conseguir la información relevante; audacia para explorar soluciones creativas; respeto para contrastar las opiniones propias con las ajenas. No son muchas sociedades en donde este ambiente prevalece permitiendo la proliferación de preguntas correctas. Los regímenes autoritarios, casi sin excepción, impiden que las sociedades se hagan las preguntas correctas. Las democracias son una condición necesaria pero no suficiente para que esa máquina de generar preguntas correctas funcione. Los ciudadanos tienen que creer realmente en los tres principios (libertad, audacia, respeto) y ejercitarlos en forma cotidiana. Cuando la contienda electoral, o su inminencia, contamina las conductas de los ciudadanos y representantes al nivel del “vale todo”, la primera víctima es la verdad. En ese ambiente enrarecido las chances de que las preguntas correctas prosperen son mínimas. Tengamos esto en cuenta para el 2013 y 2014, para no desandar el largo camino recorrido desde la recuperación democrática en 1985.
El número conmemorativo de las 1.000 ediciones, fue una ocasión estupenda para revisar los 20 años de historia reciente del país. Varios columnistas destacaron algo fundamental: la duplicación de la tasa histórica del crecimiento del PBI del Uruguay en la última década está transformando la sociedad uruguaya. Para un economista es evidente que crecer al 2.5% anual y crecer al 5% anual es muy diferente. En el primer caso en una década la renta crecerá cerca de 28% y en el segundo cerca de 63%. Piense el lector en sus propios ingresos y calcule cómo le afectarían ambos escenarios sus proyectos de vida.
Naturalmente ingresos o rentas no son sinónimo de bienestar. En general con el aumento de los ingresos viene también el aumento de los costos. Y el bienestar material surge de la diferencia entre ambos o sea del margen neto. Además, la mejor o peor calidad de los servicios públicos recibidos puede hacer que ese “margen” nos produzca una mayor o menor satisfacción. Quizás el problema central de Uruguay no es la carga impositiva (comparativamente razonable en padrones de países desarrollados) sino la poca cantidad y mala calidad de las prestaciones públicas que los ciudadanos recibimos por esos aportes. La madre de todas las batallas, que está aún por comenzar.
Un último aspecto tiene que ver con la cohesión social y la medida en que ese progreso material es compartido. Además de tener buenas tasas de crecimiento es importante una buena distribución de esa renta, para maximizar la función social de bienestar. Por poner un extremo gráfico: no hay dudas que algunos países petroleros tienen ingresos siderales; lo que no es tan claro es que la concentración de esos recursos en unos pocos sea un óptimo social.
Hechas estas aclaraciones, me gustaría proponer mi “pregunta correcta”. Sacrificaré para su formulación consideraciones abstractas, en aras de la facilidad de evaluación de la pregunta. En concreto mi pregunta relevante es: ¿puede Uruguay crecer 10 años más a una tasa del 5% aumentando la renta a 25 mil dólares por persona por año, mejorando paulatinamente la distribución de renta?
Si esta fuera la pregunta correcta varias preguntas subsidiarias quedarían encadenadas. Para crecer a esa tasa y dado que ya estamos en niveles de desempleo casi “friccionales” se debería aumentar la productividad del trabajo a esa misma tasa anual. De otro modo el flujo de inversión se enlentecerá. Esa mayor productividad posibilitaría el aumento del salario real, sin el negativo impacto inflacionario. El nivel más alto de salario real ayudaría a combatir la pobreza (actualmente rumbo a un dígito) por un efecto de distribución de renta por empleo, mucho más sustentable que el efecto de redistribución de renta por políticas públicas (de ingresos o gastos).
La mayor actividad económica aumentaría la recaudación impositiva, sin aumentar la presión fiscal. Una buena ejecución de esos recursos debería enfocarse en objetivos productivos y sociales. En lo productivo podríamos mejorar la tan castigada e insuficiente logística nacional, generando un círculo virtuoso de crecimiento económico. En lo social, se podría dar profundidad a los programas educativos para evitar que las causas de la pobreza se sigan reproduciendo.
Apague el televisor o la radio, tómese un mate, converse con su familia. Estamos esperando su propuesta para construir entre todos “la pregunta correcta” para el Uruguay del futuro.