La reciente condena de Lula por corrupción no es el principio o el final de nada en Brasil, sino apenas otro eslabón de una historia en curso, con final abierto. Él puede terminar convicto o en la presidencia de su país otra vez. Así de volátiles son las cosas en el trópico.
Brasil, enorme y diverso, sigue revolviendo sus llagas y enigmas mágicos, tanto como para haber pasado, en pocos años, de esperanza y ejemplo –lo que era a todas luces exagerado– a paria internacional –lo que es definitivamente injusto–. Y mientras sus políticos se desangran y las instituciones se estremecen y se renuevan a los tumbos, la economía está en un limbo. Catorce millones de desempleados y decenas de millones de pobres pagan el precio principal.
Todos saben de Luiz Inácio Lula da Silva y su estela: un antiguo sindicalista carismático devenido en político, mil veces derrotado, hasta la victoria completa en 2002. Sus dos gobiernos, que se extendieron hasta 2010, estimularon una ola "progresista" en América Latina, que luego comenzó a remitir por el degaste político y el agotamiento económico.
Lula y su sucesora, Dilma Rousseff, ampliaron los grandes programas de asistencia social para los más pobres, desde atención en salud a suministro de alimentos. Ambos encarnaron una cara feliz de la política y del desarrollo, que sería coronada por el Mundial 2014 y los Juegos Olímpicos de Rio 2016.
Es probable que Lula designara a Dilma como gobernante vicaria, para retomar el puesto en 2015 o, a más tardar, en 2019. Pero ya en 2014 la bonanza se disipaba y un difuso malestar se apoderaba de la creciente clase media. Las costuras del sector público, hinchado de planes faraónicos y de nuevos burócratas afines al gobierno, comenzaron a reventar.
Dilma Rousseff fue reelecta por poco margen en 2014, con el gasto público en su paroxismo, algunos Estados federales en quiebra, la moneda en declive y una creciente deuda pública (Brasil es uno de los países más endeudados de América Latina como porcentaje de su producto). Y cuando la presidenta intentó un ajuste fiscal, se dio de frente contra un Congreso hostil, integrado por una dispar constelación opositora tan amplia como el mismísimo Brasil.
Rousseff fue destituida en 2016 mediante un mecanismo tan impecablemente legal como oportunista. Su sustituto, el taimado vicepresidente Michel Temer, lideró una reacción conservadora que, al cabo de algunas reformas sustanciales, ahora también naufraga en el mar de la corrupción.
Lula y Rousseff apenas tocaron la superficie de la forma tradicional de hacer política en Brasil. Petrobras, la principal empresa, pero también otras, y en especial las obras públicas, continuaron siendo saqueadas para financiar vidas pomposas y campañas políticas interminables. El "jeitinho" brasilero, su forma corrupta de hacer negocios, se derramó también por los países vecinos.
Pero ya no era tiempo de intocables. Un día un ignoto juez de Curitiba inició una causa, que siguió con ahínco, cualesquiera fuesen sus intenciones, destapó la caja de Pandora y liberó todos los vendavales. Otros jueces abrieron otras causas que, en conjunto, hacen tambalear a la oligarquía brasileña. La izquierda ve los procesos como una gran conspiración para desbancarla del poder, la derecha trató de usarlos a su favor y también está siendo tragada, y muchos sienten que los jueces encarnan la cólera de una sociedad que ya no tolera a sus estafadores de siempre.
En la redada, que parece una gigantesca purga, han caído desde capitanes de la banca, la industria y el comercio, hasta gobernantes y legisladores. Habrá que ver en qué termina y con cuánto beneficio.
Con los grandes partidos desacreditados, con Lula y Aécio Neves tocados por la corrupción y Fernando Henrique Cardoso ya muy viejo, Brasil parece peligrosamente expuesto a novelerías como la marxista-ambientalista-evangelista Marina Silva, el neofascista Jair Bolsonaro o vaya a saber quién. Pero Lula, por lejos el más popular de los líderes y a la vez el más rechazado, bien puede capitalizar a su favor esta nueva posición de víctima.
Él corre otra vez por la Presidencia; los otros deben lidiar con el gato arriba de la mesa. Un tribunal de apelaciones tiene por delante un fallo de implicancias incalculables