Mientras la tasa de natalidad en el mundo se derrumba previsiblemente aumenta la cantidad de animales de compañía en los hogares al menos de Occidente. En un mundo dominado por el hombre, la estrategia evolutivamente exitosa para el resto de los animales es asociarse a la especie ganadora de la evolución. Los mamíferos silvestres son menos del 5% del peso de todos los mamíferos. El éxito evolutivo corresponde a vacunos y ovinos, perros y gatos, porque cada uno a su manera tuvo la inteligencia suficiente para entender lo que le convenía y asociarse con los humanos. Leones y tigres, pumas y jaguares, pueden persistir en logos, en símbolos de políticos autoritarios, en marcas de automóviles o calzado. Pero en la naturaleza….pocos, muy pocos.
La difusión de la convivencia de humanos con animales ha dado lugar a la emergencia de una ideología que tendrá presencia electoral en Uruguay y que tendrá probablemente creciente incidencia social, el animalismo, como opuesto al especismo. La defensa de los derechos de los animales.
El caso de perros y gatos es diferente al de vacunos y ovinos. Tal vez estos son los más astutos. Manipulan con diversos argumentos a sus propietarios para que estos vayan a trabajar y les traigan la comida, los saquen a esparcirse y hacer sus necesidades, los lleven al especialista al menor síntoma de enfermedad.
La relación en un hogar con perros y gatos es normalmente hasta que la muerte natural los separe. Y salvo en los criaderos, para el propietario del animal de compañía no hay ningún beneficio económico.
La relación de los humanos con vacunos y ovinos es diferente. También es de cooperación. Los humanos también prodigan todos los cuidados a rumiantes. Liberarlos de los predadores y parásitos en la medida de lo posible. Asegurarles comida, promover que se reproduzcan. A cambio, los machos que no se preservan como reproductores mueren jóvenes, mientras las hembras mayoritariamente tienen una vida más prolongada de la que tendrían en estado silvestre. Lo mismo pasa con los corderos y las ovejas. Los machos mayoritariamente, excepto la elite que queda como reproductora, ven su vida interrumpida tempranamente, y en contrapartida las ovejas viven más que “al natural”.
La diferencia entre animales domésticos es crucial. Vacunos y ovinos terminan siendo alimentos de humanos, algo que también le sucede a los perros en varios países de Asia y a los gatos cuando hay una crisis económica grave, antaño ofrecidos como liebres.
Cada vez más gente tiene una relación de amor con perros y gatos en la que imaginar al can reposando en una parrilla a las brasas causa espanto. Y para una cantidad creciente de esa gente la asociación de ideas le lleva a cuestionar a la ganadería.
Para un país ganadero reflexionar en torno al animalismo es relevante desde muchos aspectos. En definitiva si uno se dedica a un negocio, cualquiera este sea, debe explicar porqué es bueno para la sociedad lo producido, aunque a un productor de alimentos esto le parezca de una obviedad inmensa.
Los cuestionamientos éticos han terminado con sectores enteros de la economía. Hasta comienzos del siglo XIX había un sector económico y empresarial llamado “esclavitud” que operaba con plena legalidad y pagaba impuestos por sus ganancias. Pero en los países que tributan culturalmente a la ilustración y el concepto de piedad, eso en determinado momento resultó inadmisible.
La ganadería puede eludir la discusión ridiculizando a quienes la plantean. Pero esa es una estrategia dudosa, el que calla otorga y mientras calla puede ir perdiendo consumidores de las nuevas generaciones.
Porque es además un debate donde es claro que para los vacunos y ovinos las ventajas de la domesticación son notorias, cuantificables en la cantidad de habitantes pero también -al menos en el caso de Uruguay- en la calidad de vida. Justamente esa es una ventaja decisiva para la ganadería uruguaya -junto al potencialmente muy buen desempeño climático. Si los vacunos pudiesen elegir un lugar en el que vivir en el mundo, elegirían Uruguay. En el mundo soñado por los animalistas no quedan vacas ni ovejas, más que tal vez un puñado en una reserva. O sea, para los animales que dicen defender, el triunfo de esas ideas significaría ir por los campos vacíos o tal vez divididos entre soja y eucaliptus. Una catástrofe para los pastizales nativos.
La crítica sobre la muerte de los vacunos es atendible si hay crueldad innecesaria en la muerte. Pero no hay muerte más cruel para un herbívoro que la muerte en vida silvestre. Perseguido, cansado, sin poder ya huir de un carnívoro que va derecho a clavar sus garras en la espalda y hundir sus colmillos cuan profundo pueda. O comido irremediablemente por gusanos, o muriendo lentamente de hambre porque ya no tiene dientes. La vida en lo silvestre es mucho más cruel que en un establecimiento ganadero bien manejado.
El animalismo debería si es coherente considerar que un jaguar es malvado, algo que de hecho algunos autores disparatadamente proponen. O que los piojos que habitan la cabellera de un pequeño tienen los mismos derechos que el niño. Seguramente en el disfrutable amor que sientes por sus canes les quitan las garrapatas, pero eso es algo incoherente con la ideología que proponen.
Salvo que algún día haya vacunos u ovinos inmortales, la vida de estos animales es mucho mejor a través de la cooperación con los humanos desde el primer día hasta el último.
Eso no quiere decir que haya que descartar todo del discurso animalista. El tratar a los animales con cariño y con respeto, el evitar golpes y gritos, el apreciarlos, es algo completamente atendible. Prefiero poner una araña en un frasco y soltarla en un pastizal a aplastarla. Pero la misma araña devorará con crueldad moscas y mosquitos -tarea por la que le estaré agradecido-.
Todo sufrimiento innecesario es malo y debe evitarse en todos los planos de la vida. Es para evitar sufrimientos justamente que los vacunos y ovinos tuvieron la astucia de darse cuenta que mejor que huir de los humanos era acercarse a ellos.
Los cuestionamientos a la ganadería vinculados al clima y a la deforestación, representan problemas que pueden cuantificarse en hectáreas quemadas o en toneladas de gases emitidos, y que deben solucionarse técnicamente.
El cuestionamiento filosófico de aquellos que pretenden equiparar legalmente a los humanos con el resto de los animales es completamente rebatible y de paso se puede tomar de ese discurso lo que tiene de atendible, el bienestar animal sí es algo importante, útil y necesario. Somos omnívoros, como tantos otros habitantes de este planeta y es natural que respetemos esa dieta. Porque somos un animal muy especial capaz de reflexionar sobre derecho y ética le podemos dar el derecho al resto de los animales a no padecer sufrimientos innecesarios. Pero para los herbívoros de los que nos alimentamos la convivencia con los humanos ha sido una sabia y exitosa decisión. Y para preservar los biodiversos pastizales nativos estos animales son en la práctica imprescindibles. Cuidar la biodiversidad del planeta es más urgente y éticamente más claro como causa que antropomorfizar a los rumiantes.