Ya comenzó la temporada de avistamiento de ballenas. Si este invierno estás por la costa de Maldonado o Rocha y ves una lancha que se le acerca a una ballena franca austral mucho más de lo que permite la ley, no te alarmes, no es una infracción. A bordo va un equipo de científicos trabajando para descifrar la dieta y salud de estos cetáceos mediante pequeñas muestras de piel.
El proyecto es la tesis de maestría de Emilia D’Amado, del Laboratorio de Recursos Naturales de Facultad de Ciencias (UdelaR), codirigida por la Dra. Diana Szteren y el Dr. Federico Riet Sapriza, dos biólogos de vasta trayectoria en el estudio de mamíferos marinos. La misión busca determinar la ecología trófica de las ballenas que eligen las aguas uruguayas entre julio y octubre. O, en otras palabras, averiguar con exactitud de qué se alimentan, en qué zonas del océano lo hacen y qué función cumplen nuestras costas en su vida más allá del apareamiento y el cortejo.
Hasta ahora, se sabe que estos cetáceos realizan viajes larguísimos para dividirse el año: en los meses de calor navegan hacia aguas bien frías del sur, como las Islas Georgias del Sur, la Península Antártica o zonas de alta mar en el Océano Austral; para alimentarse de krill y pequeños invertebrados copépodos.
Distribución de las principales áreas de alimentación históricas de Eubalaena australis en el Océano Atlántico Sudoccidental y Océano Austral: Sudamérica Offshore (OF), Islas Georgia del Sur (GS), Península Antártica (PA) y Frente Polar Antártico (FP).
Emilia D'Amado
Cuando llega el frío, se desplazan hacia latitudes más templadas para reproducirse, parir y cuidar a sus crías. Sin embargo, quedan piezas sueltas en este mapa migratorio. No está del todo claro si las ballenas que bordean Uruguay pertenecen a las zonas de cría consolidadas en Península Valdés (Argentina) o Santa Catarina (Brasil), o si se trata de un grupo con dinámicas propias que está volviendo a ocupar su territorio histórico en el Río de la Plata y el Atlántico. Tampoco sabemos con certeza si sus hábitos de alimentación han ido mutando en los últimos años ante un océano que se calienta.
Para saberlo, los científicos recurren a los isótopos estables de carbono y nitrógeno. "Miden los niveles de carbono y nitrógeno en el tejido, en este caso en la piel", explica Riet Sapriza. La lógica detrás de la técnica es que el nitrógeno permite saber qué lugar ocupa el animal en la cadena alimenticia, mientras que el carbono actúa casi como un rastreador: "Nos puede decir, por ejemplo, si el animal se está alimentando en zonas costeras o más mar adentro". La ventaja de la piel es su ritmo de recambio celular. Analizar una muestra pequeña da una foto de lo que el animal comió entre tres y seis meses atrás. Es decir, lo que ingirieron en el mar austral antes de emprender viaje hacia Uruguay, queda guardado como una huella química en su piel.
Sacar esa muestra requiere paciencia, método y buena puntería. "Es una técnica estandarizada, que se viene aplicando hace muchísimo tiempo en todo el mundo", aclara el investigador. El procedimiento contempla el uso de una ballesta equipada con una flecha especial que lleva en el extremo un cilindro de acero inoxidable de pocos milímetros, provisto de pequeñas pestañas internas. La aproximación en la lancha se realiza siempre de costado, en paralelo al animal y a una distancia de entre 7 y 10 metros. Durante todo el acercamiento se evalúa la actitud del cetáceo: si está en grupo o muestra signos de molestia, los científicos se repliegan para no estresarlo ni interrumpir su comportamiento.
Al disparar, la punta toma una muestra diminuta de tejido superficial y rebota al instante. "La flecha tiene un flotador, entonces queda en el agua; la ballena sigue su curso y nosotros nos acercamos después a recoger la muestra", detalla Riet Sapriza, enfatizando que no es una maniobra dañina ni nociva para el animal. La investigación cuenta con la aprobación de la Comisión de Ética en el Uso de Animales (CEUA) de la UdelaR y el aval de la Dinara y del Ministerio de Ambiente (Dinabise). Las salidas se coordinan con Prefectura y se emiten avisos a redes de avistamiento local como BallenasUY. La meta es alcanzar al menos 20 muestras por temporada entre 2026 y 2027.
A este esfuerzo por descifrar la dieta de las ballenas se suman otras dos investigaciones paralelas que están comenzando este año. Una de ellas, a cargo de la investigadora Dalma Soñez, analiza la microbiota del "soplido" o moco respiratorio de las ballenas para evaluar su estado sanitario, utilizando muestras obtenidas mediante drones. Por otro lado, el investigador Bruno Rebufello utiliza drones equipados con tecnología láser para medir la condición corporal de las ballenas a partir del análisis de los píxeles de las fotografías. Aunque responden a metodologías distintas, estos proyectos se complementan en el agua para analizar la salud de la población que visita Uruguay.
Del pasado ballenero a las amenazas del presente
La relación con la ballena franca austral en el Río de la Plata arranca con un pasado oscuro. Durante los siglos XVIII y XIX la caza comercial masiva llevó a la especie al borde de la extinción. Punta del Este albergó una planta ballenera propia desde 1789, y la presencia de estos gigantes marinos recién comenzó a dar señales claras de recuperación hacia el final del siglo XX gracias a las moratorias internacionales.
Hoy el peligro ya no viene de los arpones, sino de las redes de pesca, los choques con grandes embarcaciones y el impacto del cambio climático. El aumento de la temperatura del agua afecta la abundancia de krill en las áreas de alimentación del sur, lo que puede complicar la nutrición de las hembras y reducir sus tasas de natalidad.
Entender si las ballenas están buscando nuevas zonas de comida o modificando su dieta no es solo una inquietud de laboratorio. Los datos obtenidos en las costas de Maldonado aportarán de forma directa al Plan de Manejo de la Comisión Ballenera Internacional, dotando a Uruguay de información científica propia para defender a estos animales en un océano en permanente transformación.