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24 de enero 2026 - 5:00hs

Es hora de volver a la Tierra Media. A propósito del 25° aniversario del estreno de la primera parte de la trilogía cinematográfica de El Señor de los Anillos, La comunidad del Anillo, a partir de la próxima semana las tres entregas de la historia volverán a los cines uruguayos, un reestreno que está sucediendo a nivel mundial.

A razón de una por semana, las tres películas tendrán una serie de funciones especiales. Las que se pasarán serán las versiones extendidas, ediciones especiales que restauran en la narrativa algunas escenas adicionales que suman entre 30 y 60 minutos a cada una de las películas.

Con mis entradas ya aseguradas para las tres películas, en la que será la primera vez que vea esta trilogía en el cine (además de que será la primera vez que me enfrente a las versiones extendidas, más allá de haber visto alguna escena suelta en YouTube), me puse a pensar en la relevancia de esta historia en el presente, el impacto que tuvo esta saga en mi vida y en el panorama de la cultura pop reciente, y sobre eso transcurrirá esta edición de Doble Programa, la newsletter de recomendaciones culturales de El Observador, que por esta vez también podés leer por acá.

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Tres Anillos para los Reyes Elfos bajo el cielo.
Siete para los Señores Enanos en palacios de piedra.
Nueve para los Hombres Mortales condenados a morir.
Uno para el Señor Oscuro, sobre el trono oscuro
en la Tierra de Mordor donde se extienden las Sombras.
Un Anillo para gobernarlos a todos.
Un Anillo para encontrarlos, un Anillo para atraerlos a todos
y atarlos a las tinieblas en la Tierra de Mordor
donde se extienden las Sombras.
- J.R.R. Tolkien

Todo tiempo pasado fue mejor

Aunque son las películas las que están festejando su aniversario de plata, la sombra de El Señor de los Anillos viene de bastante más atrás. Los libros fueron publicados entre 1954 y 1955, y a lo largo de las sucesivas décadas fueron colándose en el imaginario de distintas movidas culturales.

Los hippies de los 60 lo abrazaron por el espíritu “verde” que le imprimió su autor, el académico británico J.R.R. Tolkien, donde el bando del bien defiende un mundo rural y bucólico contra un enemigo mecanizado y destructivo. Al punto que literalmente los árboles (en realidad los ents, que son como árboles sintientes) se suman a la pelea para evitar la depredación de los bosques que cometen los malos. Entre los fans estaban los Beatles, que incluso intentaron una adaptación al cine que no prosperó.

Para las décadas de 1970 y 1980 ya había definido el estándar de la literatura fantástica, que luego derivó hacia la construcción de una cultura “nerd” en manifestaciones como el juego de rol Dungeons & Dragons y a los primeros videojuegos de rol de esa última década.

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Las películas, estrenadas entre 2001 y 2003 renovaron el interés por la Tierra Media y las acercaron a nuevas generaciones, además de convertirlas en un fenómeno cultural masivo: los tres filmes arrasaron en los premios Oscar, generaron un nuevo boom de la fantasía en el cine, y fueron fenómenos taquilleros.

Las tres películas estuvieron en el top 5 de lo más visto del año en Uruguay, según la base de datos Cinestrenos, y sumaron un total de 300.000 espectadores en total (sin contar los posteriores reestrenos). Eran películas que se comentaban en círculos distintos, se hablaba de su extensión, de los intermedios, eran parte de la conversación.

Nada mal para un proyecto que en realidad empezó como una excusa de su creador para poner en uso los idiomas que había inventado. Tolkien, filólogo de formación, tuvo como motivaciones para escribir su Legendarium (todas sus obras ambientadas en la Tierra Media) su pasión por el estudio y la creación de lenguajes, y su fanatismo por la literatura medieval anglosajona y nórdica, además de los clásicos griegos. A ese cóctel se suma su formación y sus valores cristianos, sus experiencias como soldado en la Primera Guerra Mundial, y el desarrollo de la Segunda sumado al avance del fascismo en Europa, período durante el cual Tolkien escribió parte de este relato.

Esa conjunción de fuentes antiguas y modernas hace que El Señor de los Anillos tenga una cualidad atemporal, y un eco que resuena incluso ahora con cierto espíritu de época que rodea estos tiempos.

La sensación de que el mundo está avanzando hacia el abismo que gobierna parte de nuestra existencia contemporánea está sin dudas en la Tierra Media durante la trilogía. La noción de que “todo tiempo pasado fue mejor” se trasluce en diálogos, escenas y lugares de la historia. Los grandes reinos están cayendo en picada, las viejas alianzas ya no tienen valor, cada quién está para el sálvese quien pueda, y la dependencia de la tecnología hace que algunos modos de vida estén en peligro.

La Tierra Media, cuentan sus habitantes, está en un período de decadencia lenta y gradual pero constante. Los elfos se están yendo, los humanos se preparan para heredar todo, y la magia está desapareciendo. No hay un final feliz para este mundo, pero (y es un gran pero), hay que seguir peleando para revertirlo. Al final puede haber algo bueno, pero para eso, hay que juntarse y no dejarse llevar por la desidia y las disputas internas impulsadas por los que no quieren que eso pase.

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Esa noción, incluso, se trasladó a historias “herederas” de El Señor de los Anillos: Stephen King, que escribió la serie La torre oscura como hija de su intención por crear algo a imagen y semejanza de la obra de Tolkien, ambientó la historia en un mundo postapocalíptico que dejó atrás su pasado glorioso y majestuoso, y hasta en Canción de hielo y fuego/Game of Thrones está ese lamento por la pérdida de un pasado más mágico y con dragones, ante la inminencia del desastre cataclísmico de los caminantes blancos.

“No espero que la historia sea salvo una larga derrota”, decía Tolkien. “Aunque contiene (y en las leyendas puede contenerlo de una forma más clara y conmovedora) algunos retazos o vistazos de una victoria final”.

Para Tolkien, inspirado tanto por sus creencias como por la experiencia de la guerra donde los soldados que venían de una extracción humilde o campesina mostraban tanto o más valor que los que venían de contextos más favorables (como el hobbit Sam), no hay grandes héroes iluminados por el destino. Todos tienen el potencial de hacer lo correcto, todos son dignos. Es más, pelear por lo correcto es lo que corresponde, aunque parezca que no hay triunfo posible. En un fatalismo heredado de la mitología nórdica y su Ragnarok, el final llegará eventualmente, pero hay que seguir, porque sin fe, no hay nada.

“No lo leas tan rápido”

Por supuesto que ninguna de estas reflexiones me importaba a los 9 o 10 años, el momento en el que las películas llegaron a los cines y agregaron al diccionario personal palabras como “hobbit” y “orco”.

Los comienzos de los 2000 fueron buenos años para los niños a los que nos gustaba leer. Atrás del fenómeno Harry Potter (cuya primera película también se estrenó en 2001) vino una suerte de “boom” de la fantasía. Magos, dragones, espadas, mundos con sus propias reglas, lenguas y particularidades brotaban uno atrás de otro en las páginas y las pantallas. Atrás de Potter y de Frodo venían como por un tubo Las crónicas de Narnia, Eragon, La brújula dorada y cualquier otra historia remotamente parecida, en la mayoría de los casos con adaptación cinematográfica incluida.

En el caso del Señor de los Anillos, y a diferencia de Harry Potter, lo primero para mí fueron las películas. Vistas en el cable o en DVDs pirata una y otra vez, atrás de las versiones de Peter Jackson llegaron los libros, leídos con una voracidad que sorprendía a los adultos y agotaba a mis padres que se encontraban con un niño que pedía más apenas uno o dos días después de haber recibido aquellas 400 páginas llenas de un lenguaje recargado, canciones y poemas intercalados con la narración y un tono épico cercano y a la vez distante de las películas, que fueron más por el lado de la acción y la aventura desde un encare más lineal.

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En vano fue el “no lo leas tan rápido” que escribió una compañera de trabajo de mi madre —la gran facilitadora y en muchos casos acompañante de estos consumos— en la edición de El retorno del Rey de 1980 que me regaló de su biblioteca. Al menos les puede quedar el consuelo de que los tres libros, más su antecesor El Hobbit y su sucesor El Silmarillion, fueron releídos unas cuantas veces.

La obsesión por aquella saga, digna de la de Gollum por el Anillo Único, se expandía incluso a libros aledaños: entre los estantes de mi biblioteca infantil había una biografía de Tolkien y un volumen claramente destinado a capitalizar el fenómeno (pero bastante útil, hay que agregar), que se llamaba Los mundos mágicos de El Señor de los Anillos, en los que cada capítulo partía de una pregunta para explicar las influencias, referencias y orígenes de los personajes, episodios e ideas que el autor había inyectado en su trabajo. Recuerdo que también había un libro similar sobre Harry Potter.

También los memes (They’re taking the hobbits to Isengard!) y los videojuegos eran parte del ávido consumo tolkeniano. La cantidad de veces que “di vuelta” el juego de El Retorno del Rey y padecí sus niveles más complicados (a vos te miro, patio de Minas Tirith) no tiene número.

Y cómo sé que esos recuerdos no son solo míos, decidí para esta edición de Doble Programa armar mi propia Comunidad del Anillo y convocar a otros fanáticos para que compartan sus memorias. Con los tres, además de con algunos neófitos que se enfrentarán a la trilogía por primera vez (quién pudiera), compartiremos la nueva visita a la saga. Por eso, y por su probada relación con este universo, fueron convocados a este concilio.

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La verdadera comunidad del anillo

El encargado de abrir este capítulo es Emanuel Bremermann. Editor de Cultura y Espectáculos de El Observador, autor de Los murciélagos y Los ahogados, y compañero de trabajo en este medio desde hace una década.

Tenía siete años y no me querían dejar ir al cine. Decían: “tenés siete, no podés ir”, aunque en realidad estaba a punto de cumplir ocho. Y ellos sí fueron: padres, tíos, primos. Ellos hablaron de la película frente a mí. Todo el tiempo. No había mithril que me protegiera de ese ataque frontal al pecho y al orgullo. Hablaban como si supieran, como si no fuese yo el que realmente se había masticado buena parte de la prosa abigarrada de Tolkien de forma patológica, como si no fuera yo el que merecía estar sentado en la butaca. Un año después, cuando la trilogía entera ya había hecho saltar al cine por los aires, mi padre llegó a casa con el primer reproductor de DVD que tuvimos y ahí sí: fui corriendo al videoclub y la busqué, revolví, pedí a los gritos: me llevo La comunidad del anillo, señora, me la llevo ya. Tome sus $30 por el alquiler, y tome $30 más porque no la voy a devolver a tiempo y la voy a ver hasta que me aburra. Pero sucedió que nunca más me aburrí, aunque sí devolví la película.

Es raro —en realidad no—, porque tengo una pésima memoria pero me acuerdo de todo: lo que me dijeron antes de verla, el primer contacto con La Comarca, dónde estaba ubicado el sillón mecedor en el que me senté y como sonaba cuando me movía demasiado, el momento en que me cagué de miedo con los Uruk-hai, las lágrimas que se me saltaron en el abrazo de Frodo y Sam en el barquito, la sensación de que se abría un mundo que no me iba a soltar, un mundo sobre el que quería evangelizar. Y lo hice. Arrastré a verla a gente que no quería verla —sigo haciéndolo—, me las aprendí de memoria, escribí sobre ellas, aproveché cada oportunidad, me dio puntos de conexión con nuevos amigos y en más de un sentido me ensanchó el mundo, la imaginación, el amor por el cine.

25 años después, El Señor de los Anillos sigue siendo la primera película que me cambió la vida. Mi viaje favorito. La aventura imperecedera que me salva y a la que elijo volver cada vez que puedo, cada vez que tengo ganas de emocionarme y acordarme de que fuimos testigos de un milagro que cambió todo y no se va a volver a repetir jamás.

Lo que sigue, cabe aclararlo, es una invitación teñida de nepotismo. Sofía Gervaz es editora del Grupo Planeta y correctora. Es, además, mi esposa. Pero tiene una historia familiar vinculada a la obra de Tolkien que merecía ser contada.

Crecí hojeando las páginas de El bestiario de Tolkien, de David Day, sorprendiéndome con las ilustraciones de la destrucción de las grandes lámparas y los árboles de los Valar, queriendo saber más de los dúnedain, mirando para atrás y para adelante sin saber qué estaba leyendo. Crecí yendo al videoclub del barrio a alquilar la película animada de 1978 de El Señor de los Anillos con mi padre. La Tierra Media siempre estuvo ahí.

En el año 2000, cuando estaba terminando primaria, un profesor de italiano, cansado de entretener preadolescentes en una hora libre, nos leyó los acertijos de Gollum. Al terminar la clase, le pedí prestado el libro y leí el capítulo entero en un recreo. Así fue como descubrí a Bilbo robando el anillo. Pero necesitaba más. Busqué en la biblioteca familiar y ahí estaban: La comunidad del anillo, Las dos torres, El retorno del rey, El hobbit y El Silmarillion. El verano que pasé de sexto de escuela a primero de liceo me perdí en la Tierra Media para siempre. Las madrugadas eran en Rivendell, Mordor, Rohan, Moria, entre hobbits, elfos, montaraces, enanos, magos y orcos. Nunca un lugar tan lejano se sintió tan cerca.

Cuando en enero de 2002 se estrenó La comunidad del Anillo ahí estábamos con mi padre haciendo fila en el Moviecenter, esperando para conseguir un lugar porque las entradas no eran numeradas. «Nos vemos adentro, pa», le dije cuando dieron acceso, y corrí casi gritando «¡Por Gondor!». Veinticinco años después, esa película vuelve al cine. Veinticinco años después, voy a volver a ser esa adolescente de 13 años corriendo a la sala a perderse en la aventura y la fantasía. Volver a El Señor de los Anillos siempre se siente como volver a casa. Gracias, papá, por hacerme de Tolkien.

La comunidad se completa con Pablo Staricco, periodista del semanario Búsqueda (aunque antes pasó por este sitio) y coconductor de Corre cámara en TV Ciudad. Con él (y con Emanuel) hacemos además el podcast de cine Santas Listas, que Pablo menciona en su texto, y con el que hace algunos años hicimos una maravillosa maratón de la trilogía.

El Señor de los Anillos se ha tratado, en mi caso, de compartir. El Hobbit llegó a mis manos por un amigo en la escuela. En un viaje familar nos turnábamos con mi hermano para leer La comunidad del Anillo. Con él también vimos las películas estrenadas en cine. Inolvidables.

La decepción cinematografica de la trilogía de El Hobbit la viví con mi pareja. Santas Listas tuvo su maratón doméstica en 2020, durante la pandemia, y desde entonces sigo reencontrándome con esta historia. Con la imaginación de Tolkien, la destreza de Jackson y la felicidad de todos los que compartimos este viaje inesperado.

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De las que ya no se hacen

Es hora, entonces, de volver a la Tierra Media. Revisitar tres películas épicas, ejemplos de un cine que ya no se hace, el de los objetos, escenarios y criaturas reales (aunque mejoradas y retocadas en muchos casos con animación por computadora), el de las bandas sonoras tarareables y memorables.

Es cierto que a diferencia de las novelas en las que están basadas no hay tanta meditación y reflexión de parte de sus personajes sobre sus dilemas, su mortalidad y el destino del mundo, y hay un encare más cercano a la acción. Pero no dejan de ser tres obras majestuosas, con un nivel de calidad parejísimo, y películas claves de lo que llevamos del siglo xxi.

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Gracias por haber leído este Doble programa. Si también vas a ir a este reestreno o El Señor de los Anillos se cruzó en tu vida, te leo en este correo.

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