Creo que si tenés el oficio de escribir, no son cosas distintas. Lo que me gusta es que en todo lo que voy haciendo se suelen replicar los mismos temas. En esta novela aparece el teatro judío, que también está en mis últimas obras, pero también aparecen temas de otras ficciones, que tienen que ver con personajes femeninos y una búsqueda de lo identitario en un sentido muy amplio, con mujeres que no saben si definirse por lo que hacen o por lo que desean. Este libro también habla mucho sobre la vocación y la frustración: qué pasa con los deseos que uno tiene que reconfigurar en la adultez.
¿Esos temas son los te rondan a diario y decantan por eso en tu trabajo?
En el caso de la ficción siempre tiene que haber algo que me parezca atractivo en términos de armar un mundo, mientras que en una columna se basa más en una idea. En este caso, justo esta novela se basa mucho en las ideas, pero también con una trama que quise que fuera casi hasta policial, con una búsqueda que se lleva adelante, con algo de misterio.
Y con una investigación que incluye muchos papeles, algunos perdidos y otros que aparecen. ¿Venir del mundo de la Academia te llevó a explorar ese tipo de investigación en la ficción?
Es un mundo que conozco bien, puedo usar su vocabulario, y siempre me interesaron sus límites. ¿Hasta dónde la pasión de investigar puede ser contenida dentro de estructuras que por lo general son muy grises? Yo estudié filosofía y recuerdo muy bien la sensación de que había personas que investigaban, que reconstruían historias que no estaban. Y cuando hablé con una chica que estaba investigando sobre el teatro judío, me pareció muy loco porque era reconstruir un pasado muy reciente, algo que había pasado en 1950. Eso tiene que ver no solo con los archivos que se perdieron en la AMIA, porque en realidad se reconstruyó bastante de lo que había ahí, sino con que el teatro es irreconstruible. Se pueden guardar los textos, pero lo que pasa en una sala es único.
¿Qué te interesaba de meterte en ciertas raíces más profundas del judaísmo, por ejemplo a partir del mito del Díbuk?
Me gustaba que las protagonistas fueran dos chicas en época diferentes buscando algo. Y me gusta porque lo que buscan son los grandes temas del teatro judío, que son los grandes temas de la ficción del siglo XX: lo antiguo contra lo moderno, la tradición contra la vanguardia, los hijos contra los padres. Esas cosas siguen siendo importantes, y creo que hoy más que nunca. Hoy también sentimos que estamos en un mundo en el que se están desmoronando lo que entendíamos y aparecen cosas que no entendemos, también sentimos que estamos en un mundo donde los jóvenes y los adultos cada vez se entienden menos, donde ya ni siquiera nuestra idea de juventud es la misma de antes. Los jóvenes antes eran de izquierda y ahora son de derecha. Todas nuestras ideas sobre la juventud están dadas vueltas.
En una entrevista decías que ir hacia los grandes temas te permiten “salir de la dictadura de la actualidad”. Es curioso porque trabajás mucho con el material del presente en tus columnas, en tus podcast, es algo que tenés que necesariamente transitar.
Sí, y a la vez me aburre profundamente. Hay cosas que ya no consumo, y casi que milito no consumir. Igual, como periodista las tenés que consumir. Pero, por ejemplo, toda esa idea del periodismo político como un intercambio de chismes, del minuto a minuto, de quién estuvo en una reunión con quién, ¿importa realmente? En quince minutos, cuando salgan a dar la conferencia, ya vamos a saber qué era lo que querían decir, y no importaba tanto tenerlo hace quince minutos. No es relevante, no sirve para nada. Entonces, ¿por qué lo vivimos así? El espacio que ocupa ese tipo de discursos es uno que deberían ocupar discursos más reflexivos y complejos. Es estupidizante. Si todo lo ocupa el minuto a minuto, si todo lo ocupa lo último, entonces todas las demás reflexiones se pierden. Creo que hoy no hay nada más contracultural y actual que ir a buscar al pasado los grandes temas, las grandes preguntas de la política, de la historia, de la literatura, y ver como eso sirve para pensar lo que estamos viviendo. Es muy loco, porque es un tiempo muy nostálgico en el que todos hablan todo el tiempo del pasado, pero nadie sabe nada sobre él. Es muy extraño.
Es una nostalgia vacía.
Es una nostalgia muy estética. A la gente le gustan las fotos de otra época, la ropa de otra época, pero después leer y saber algo sobre esa época no. Justo ayer Cristina le dio una entrevista a Pepe Rosemblat y hablaba de la formación que tenía su generación política, dijo "teníamos libros, no TikTok". Puede parecer algo de señora, pero tiene razón. La gente tenía formación y ahora no la tiene. No hay un reemplazo lógico, no es que ahora se saben otras cosas. Por eso creo que está bueno, siempre que haya oportunidad, volver a fuentes más complejas que te abran otros caminos neuronales. Uno mismo lo siente: la complejidad que implica sentarte a leer un libro importante nunca se va a parecer a la complejidad de ver un video de Youtube.
¿Te importa que se discutan esas cosas en los diferentes ámbitos que integrás?
Sí. Creo que es importante. Soy una persona que siempre fue progresista y, en algún sentido, optimista. Yo estoy a favor del futuro y del presente, me gusta ser parte del presente, pero creo que la formación y las tradiciones nunca fueron un obstáculo, siempre fueron un apoyo. Y me preocupa cuando el entusiasmo por la supuesta novedad se termina volviendo una suerte de excusa para no saber nada. Para no educarse. En la juventud hay una devaluación de la idea de educarse, que también tiene que ver con cosas más amplias, y con la idea de hacer plata. Los grandes ídolos de la juventud nunca fueron a la facultad y es así desde siempre, pero por lo menos antes sabían escribir, tocaban instrumentos. Hoy está todo muy en la superficie y en la de hacer plata, y eso es muy malo para la discusión. Es muy difícil ese presente. No me gusta la idea de que ser optimista, progresista o juvenil, lo que sea, implique aplaudir acríticamente todo lo que sea que decidan hacer los chicos de 22 años. Si está bueno, los aplaudo; cuando no está bueno, los trato como adultos, que es lo que son. Por supuesto que creo que hay un montón de gente interesante y de todas las edades haciendo cosas buenas, pero creo que es importante reivindicar una idea de discusión pública más robusta que la que se reivindica hoy, que me parece muy complicada. Políticamente estamos viendo las consecuencias de eso.
En entrevista con Hinde Pomeraniec repasabas tu vínculo con el atentado a la AMIA y asegurabas que eras una “pésima víctima”. Es interesante porque algo de eso también se reflexiona en el libro, cuando se aborda el lugar de los que sobrevivieron al holocausto y su descendencia. ¿Hay una exigencia determinada sobre lo que debería ser una víctima hoy?
Hay muchos arquetipos dando vuelta, pero siento que estamos desde hace varias décadas en un momento histórico donde la figura de la víctima tiene una importancia muy grande, y va cambiando de lugar, de temas. En los últimos años, cuando empezó el resurgimiento del feminismo, hubo una noción de víctima y era importante reivindicarse como una. Era importante decir que a todas nos violaron y nos abusaron. Yo nunca hablé en esos términos porque siempre fue un lenguaje que me pareció muy complejo, o al menos a mí no me representa y no estoy segura de que me guste. Siempre respeté a quienes sí lo hacían y me parecía que estaba bien. Pero también siento que habla de una época en la que para reivindicarte como sujeto político tenés que reivindicarte como víctima, tenés que hablar de lo que vos sufriste, y eso a veces puede ser un poco limitado. Porque al mismo tiempo también implica que hay otra gente que tiene expectativas sobre tu sufrimiento y que sería ese sufrimiento lo que hace legítimo al reclamo. Eso resulta medio curioso, porque los problemas son problemas de justicia, y el sufrimiento es algo subjetivo. Las injusticias son objetivas. Si a vos no te permiten presentarte a elecciones, no importa si sos feliz con eso o no: es una injusticia igual. Creo que en el caso del feminismo eso es muy patente, porque hay algo que tiene que ver con lo subjetivo que es muy claro. Muchas mujeres dijeron toda la vida "yo estoy bien así", que es algo que nunca hubieran dicho los esclavos o los pobres. Las mujeres muchas veces ocuparon posiciones de conformismo, pero eso no hace que las situaciones sean menos injustas. Y tampoco la injusticia depende de que vos estés efectivamente llorando en los rincones, nadie te puede obligar a eso. Entonces, me parece que estamos viviendo una época de mucha confusión, y que más que hablar de victimismo o de víctimas está bueno hablar de injusticias, y no del sufrimiento tal como lo percibimos subjetivamente, que es algo que siempre va ser muy personal.
Se trata de correr el foco de la discusión, en definitiva.
Totalmente. Creo que es algo muy norteamericano también, que se relaciona con el narcisismo y con cierta cosa muy individualista que tiene que ver con poner las emociones primero. Creo que eso tuvo una virtud comunicacional muy grande dentro del feminismo, y por eso creo que es un discurso que también tiene su lugar. La gente muchas veces conecta mucho más fácil con las emociones que con los argumentos sobre la injusticia, y eso también hay que tenerlo en cuenta, es importante.
Es más fácil ser emocional que racional.
Sí, la emoción es una vía de comprensión y está bien. Porque uno muchas veces a una injusticia no la entiende hasta que no conoce a alguien que la sufre. Entonces, no digo que las emociones no tienen que tener un lugar, pero me pregunto si eso no se nos fue un poco discursivamente al diablo. Y no es culpa del feminismo, es algo de la época que tiene que ver con todos los discursos. De hecho, ahora los varones blancos se reivindican como las nuevas víctimas.
¿Qué te interesa del mundo de las actrices? Y hablo de actrices, no actores.
Cuando empecé a vincularme con ellas descubrí el nivel de rechazo que están acostumbradas a vivir. Ellas van a casting todas las semanas, incluso las más conocidas lo hacen todo el tiempo. Es terrible. Es insano. Y a la vez, con la psiquis destruida de ir todos los días a que les digan lo malas que son, tienen que juntar coraje y salir a ser buenas sobre el escenario. Me di cuenta de que era una posición muy interesante, y en términos de género es peor. Porque a veces pienso que los varones encuentran en la actuación un lugar donde puede casi esquivar ese rol. Hay algo del ser actor que es medio femenino en el fondo, es un lugar a donde van a buscar algo que le es ajeno a su imperativo de género. Van a jugar, van a disfrazarse, a tener una dimensión de lo lúdico que lo masculino no siempre permite. En cambio, para las mujeres es lo contrario: otra vez a ponerte linda, a que te miren, a buscar esa mirada ajena.
En el libro decís que ser actriz es “ser mujer al cuadrado”.
Exacto. Esa frase aparece en un momento en el que el personaje dice que se cansó de esperar a que la llamen; también es una posición muy femenina la espera. Me pareció una figura muy interesante en muchos términos. Pensar qué lugar tan frágil que ocupan, y a la vez qué lugar tan tremendo que ocupan en las vidas de la gente. Y para quienes escribimos es algo muy raro, es una posición muy distinta a la que ocupamos. Uno se esconde mucho detrás de la escritura, no pone el cuerpo, la cara, y ellas no tienen la opción.
Los vínculos sexoafectivos es una parte intrínseca de tu obra. ¿Qué querías puntualizar y tratar en este caso con estos personajes?
En la novela las dos protagonistas están en un espejo. Jana, que es la actriz de teatro judío, está enamorada de su director, que no le da mucha cabida. Y Sabrina está enamorada de su director de tesis, con quien sale. El espejo es en el sentido de que ambas están enamoradas de un tipo que está por encima, que las dirige, literalmente. Quería que esas relaciones se dieran de una manera extraña. Muchas veces puede haber mucho cliché en que un tipo con poder abuse de vos o algo así, porque por supuesto que los tipos que tienen poder abusan de cosas, pero muchas relaciones que están atravesadas por el poder no son relaciones de abuso, son relaciones raras. Y bidireccionales. La mayoría de los vínculos lo son. Me parecía interesante eso: tomar la relación de, por ejemplo, profesor-alumna, que todo el mundo la tiene súper erotizada, incluso la propia relación asimétrica que se entiende como mal está erotizada, y en la vida real eso termina decantando en una pareja aburrida como cualquier otra. Me interesa que situaciones que usualmente son tratadas de manera muy solemne se expongan como lo que son, que a veces es sencillamente el ridículo.
En eso hay puntos de contacto con otras autoras de tu generación, como pasa con Magalí Etchebarne y su último libro, La vida por delante.
Creo que a ambas nos interesa salir de los lugares más esquemáticos de los vínculos, que no son tan sexis como parecen, ni tan violentos como parecen, e incluyen otro montón de tonos: el desconcierto, el ridículo, el cambio a diario de los roles de la víctima y el victimario. Eso es más rico en términos literarios, produce una sorpresa, una impresión distinta.
¿Y un reconocimiento de parte del lector?
Obvio. Una lo siente más cercano a las cosas que ha visto. Vos también tenés alguna compañera de la universidad que estaba con un tipo más grande y veías que eso no era Lolita de Nabokov, era algo más tonto. Me parece que todos nos podemos encontrar ahí, y si nos gusta más la literatura que habla de esas cosas es porque es más extraño, más sutil, menos blanco y negro no solo en términos morales. Es más desconcertante, más difícil de definir.