El pasado 9 de abril quedó marcado como el día en que el destino de Peñarol en la temporada 2026 cambió drásticamente. Aquella fatídica jornada, hace ya tres meses, el conjunto carbonero perdió a su principal figura y motor futbolístico, Leonardo Fernández, debido a una rotura del ligamento cruzado anterior de la rodilla derecha.
El diagnóstico fue un golpe devastador: entre seis y ocho meses de baja. Desde ese preciso instante, la institución comenzó a transitar un camino espinoso, sintiendo primero el inevitable desgaste emocional de ver caer a su referente, para luego reflejar en el campo de juego una alarmante pobreza futbolística que hipotecó el primer semestre del año.
El impacto de su ausencia se midió rápidamente en fracasos deportivos. En el plano internacional, Peñarol firmó una actuación para el olvido al quedar último en su fase de grupos de la Copa Libertadores de América, un resultado nefasto que incluso lo privó de la posibilidad consuelo de clasificar a los playoffs de la Copa Sudamericana.
En el ámbito local, las cosas no marcharon mejor: el equipo finalizó en la cuarta posición del Torneo Apertura, a 4 puntos del campeón Racing, logrando la victoria en apenas ocho de los 15 partidos disputados. Su única alegría fue ganar el clásico ante Nacional de visitante y con eso se alegró por seis meses.
A pesar de este panorama sombrío, el Torneo Intermedio ofreció un espejismo estadístico. En las cuatro fechas previas al Mundial 2026, Peñarol logró mantenerse en el primer lugar de su grupo, aunque exhibiendo un nivel de juego sumamente pobre.
Una lección que no se aprendió
Tras el receso mundialista, que incluyó un mes entre vacaciones y una pretemporada de invierno que muchos esperaban sirviera para ver a un equipo renovado y distendido, el regreso este domingo no hizo más que confirmar los peores temores. El empate 1-1 ante Racing, del cual se salvó de la derrota por muy poco, demostró que el ese tiempo de ausencia no curó las heridas futbolísticas y que el rendimiento sigue siendo igual de deficitario, aunque la tabla de posiciones aún le sonría.
En materia de fichajes, la dirigencia encabezada por el presidente Ignacio Ruglio optó por la timidez. La gran apuesta económica fue la compra del 50% de la ficha de Matías Arezo por US$ 3.500.000 (deben abonar US$ 3.100.000, ya que se pagaron US$ 400.000 por el préstamo previo que se descuentan), pagaderos en cuotas a Gremio, convirtiéndose en la segunda adquisición más cara en la historia del club, precisamente detrás de Leonardo Fernández.
A sus 23 años, el goleador representa el futuro de la institución. Más allá de esta importante inversión, las otras incorporaciones han sido escasas: el zaguero Franco Romero y el juvenil extremo argentino de 19 años, Carlos Leonel Jaime, quien ingresó desde el banco ante Racing y terminó siendo de lo más destacado.
Sin embargo, el núcleo del problema radica en una alarmante falta de aprendizaje y una llamativa parsimonia. Aunque el período de pases sigue abierto y existe un acuerdo para el retorno de Jonathan Rodríguez por un año y medio, Peñarol está cometiendo un error imperdonable.
Todos los estamentos del club, desde los dirigentes hasta el propio presidente, coincidieron en que el derrumbe del primer semestre se debió a la baja de Leonardo Fernández. También en eso estuvo de acuerdo el técnico Diego Aguirre.
A pesar de tener el diagnóstico claro, y de saber que él era el hombre que hacía jugar al fútbol a Peñarol, todavía no se contrató a nadie para ocupar su lugar.
Tanto la comisión directiva como el cuerpo técnico se muestran incomprensiblemente tranquilos mientras la competencia oficial ya se reanudó.
Resta definir la recta final del Torneo Intermedio y encarar el Torneo Clausura, pero el club parece ignorar la lección del pasado reciente.
Al no incorporar un generador de juego que asuma los galones del lesionado Fernández, Peñarol está otorgando un hándicap increíble a sus rivales, arriesgándose a pagar un precio muy alto en la definición de la Liga AUF Uruguaya.