7 de julio de 2026 5:00 hs

Cuando toca, toca. Esa ha sido la expresión y la filosofía con la que Carlos Casacuberta analiza el salto temporal entre cada uno de sus discos solistas. El músico, compositor, integrante de Peyote Asesino, economista y docente publicó el pasado mayo su tercer trabajo, Interbalnearia, un álbum que retoma el camino iniciado con :carlos, de 2005, y seguido por Naturaleza, de 2013.

Casacuberta explica que en los últimos años la voluntad de tocar se hizo más grande, y pudo concretarla, tanto con el Peyote —que dejó de ser “un plato volador que cada tanto bajaba sin saber cuando volvía” a un proyecto más constante— como con su propia obra.

Ayudado por el haberse jubilado de su rol de docente en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República, la música ganó un lugar “enorme”. Casacuberta empezó a estudiar la carrera en la Escuela Universitaria de Música y decidió ponerse al día con las plataformas de streaming musical, subiendo sus discos anteriores y remezclando Naturaleza, además de asumiendo el compromiso de terminar Interbalneraria.

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Y lo cumplió.

Ahora le toca, entonces, mostrarlo, hablar sobre él. Contar qué representa este viaje rutero, lleno de cruces inesperados. Sobre ese disco, esta charla de Casacuberta con El Observador.

Interbalnearia es un disco de cruces, y algunos por ahí no son tan obvios: hay textos de Shakespeare y Byron, mezclados con guitarras del folclore uruguayo, y la lógica del sample del hip hop.

Esos cruces tienen un atractivo siempre, porque es una manera de sentir que estás explorando un terreno al menos relativamente nuevo, aunque no es nueva la idea de combinar y de que exista un contraste. Es la lógica del mash-up, de combinar músicas existentes, que es propia del hip hop. Desafiar la idea de autoría y meterse en el terreno de la intervención, que existe en el arte visual. Intervengo una obra con grabaciones, que son usualmente canciones, y esa intervención modifica las condiciones de la escucha de las dos músicas. Estás acostumbrado a escuchar ese bandoneón, pero no estás acostumbrado a escucharlo de esta forma. Entonces, esas intervenciones pueden tener efectos muy distintos. A veces te puede dar como una sensación de que se potencia, A veces puede dar la sensación de que se anulan una a otra.

Aunque no hay ninguna mención directa a lugares, es un disco que como indica el nombre, tiene algo rutero, y tiene algunas imágenes “estacionales”, pensando en que la Interbalnearia es una ruta que se conecta sobre todo con el verano.

Yo creo que la Interbalnearia ha sido muy celebrada en el cancionero uruguayo. Por ejemplo, la canción de Jorge Drexler Luna de espejos, que dice “se habían visto alguna vez en un baile en el club de Salinas” o “aquellas tardes con Marindia en el sol”, en Por ejemplo de Fernando Cabrera. Hasta Llorando Estela de Jorge Lazaroff y sus referencias a Solymar. Tiene muchísima mitología y presencia en la canción uruguaya. Por el contrario, en mi disco no hay ninguna mención concreta. Pero Matilde Campodónico (NdR: fotógrafa y pareja de Casacuberta) tuvo la idea, hablando del disco, de esta cuestión del recorrido. El disco tiene una serie de estaciones que uno recorre, vos llegás a determinado lugar, te establecés un poco, empezás a conocer, y de repente, cerrás eso y seguís viaje. Y es la clásica conversación sobre los discos, como entidad y unidad. En algún momento se presumió que los discos desaparecían, y que entrábamos en la etapa de los singles, pero es muy clara la insistencia de la gente, de los que hacen música, en proponer los discos.

Entonces de inmediato encontramos que esa ruta tenía un lugar muy grande en el imaginario uruguayo, y cuando empezamos a decir que ese iba a ser el título, la gente te contaba anécdotas, elementos de su pasado, cierta etapa de su vida, de la infancia. Y la foto de Matilde de la tapa expresa eso, porque no sabés qué es retrovisor y qué es parabrisas, que hay atrás y que hay adelante. Y la Interbalnearia tiene eso, conecta con la infancia, con el verano, el aire libre, el sol, el mar, la felicidad, el viaje. Y quizás está bien que no tenga esas referencias tan concretas, porque extrae ese elemento. Nosotros acá en Uruguay tenemos esa ruta, otros que canten a su ruta, la Highway 61 o la Autobahn o lo que sea.

¿Y vos tenés idea de a dónde te lleva la ruta?

Yo estoy explorando siempre las canciones. Con muchísimas vinculaciones y muchísimos caminos a la canción uruguaya, que puede ser muy contemporánea, Niño Gutiérre, o puede ser Galemire o puede ir más atrás todavía. Siempre tiendo a incorporar a toda esa especie de magma que pasa por encima de los géneros, de las épocas, de las edades, de la instrumentación, de la parte como más musical en el sentido particular de si viene del rock, si viene del candombe beat, si viene de la milonga, de la murga o del candombe. Me parece que hay como algo más espiritual ocurriendo, que es bastante lógico para mí, como decir buscar el Uruguay.

Yo viví afuera toda mi adolescencia y recordar Uruguay era complicado para mí. Incluso tenía muchas dificultades en formar imágenes de Montevideo. Tenía sueños donde yo vagaba por algo que era Montevideo y que era una especie de ciudad de construcciones surrealistas. Al regresar a Uruguay, sin duda que la música fue algo que me fue llevando de la mano, que me generó puntos de referencia, puntos de contacto. Entonces mi búsqueda es en ese mundo de las canciones. He explorado otras cosas, pero eso en particular sigue siendo importante en mi vida.

Vos estabas afuera en tu adolescencia, pero al mismo tiempo estabas conectando y tocando en la banda de una de las voces uruguayas por excelencia, la de El Sabalero.

Por alguna razón yo me aficioné mucho, siendo un niño de 7, 8 años, a la música del Sabalero. Les pedía a mis padres que me llevaran al tablado a ver a José. Y pedí como regalo de cumpleaños un disco del Sabalero, Canto popular, a esa edad. Era una cosa totalmente extraña para un niño, ¿no? Entonces, cuando existió esa posibilidad de tocar con él, fue también una cosa un poco soñada, un poco irreal. Aparte esa cosa de que tanto mi hermano Gabriel como yo le hicimos creer al Sabalero que éramos más grandes para poder entrar en ese mundo de tocar en locales nocturnos en México, que estaban regulados y como menores no podíamos entrar. También era muy lúdico. Y José enganchaba muy bien en eso. Era una persona de un humor espectacular. Y tenía una actitud completamente paternal, de habilitar y acompañar y obviamente enseñar el detalle de todos los arreglos, la estructura íntima de sus canciones y enseñarte cosas hasta como hacer tortas fritas con el agujero en medio. Era una relación de mucha contención también. José tiene toda esa fama de bohemio, pero para mí y para mi hermano tuvo ese carácter de referencia muy tangible.

¿Es diferente cómo uno encara el juego de la música en un proyecto grupal como El Peyote a cómo lo hace para un proyecto solista?

El estado de ánimo es el mismo. El punto de partida es el mismo, pararse enfrente de gente y tocar música. Que en inglés es la palabra play, que fue lo que rescaté del texto de Shakespeare. Si la música es el alimento del amor, entonces toca. Que en español el tocar implica el contacto físico, el tacto, pero en inglés es jugar.

¿Y la música es el alimento del amor?

No solo. Alimenta muchísimas cosas la música. Pero me parece que sí, que ese costado yo, por lo menos, lo he confirmado.

En esta cuestión del juego, pienso también en el juego y el cuidado de las palabras que hay en el disco, que es algo que tienen en común con Jorge Drexler. Son amigos y colaboraste bastante en Taracá, su último disco. Parte de esa colaboración, de hecho, fueron conversaciones. De nuevo, la palabra.

En mi mundo particular es muy importante siempre lo que las letras llevan y traen. Y la conversación, abre paso a cómo las canciones se van a terminar configurando. Eso me parece muy lindo de este proceso que tenemos con Jorge, donde atrás de las canciones hay horas y horas de conversar, por audio, por escrito, por teléfono, y después en persona cuando venía por acá. A veces eso se traduce en una línea. A veces se traduce en procesos, en materiales que no terminaron en el disco. A mí me gusta eso de Brecht, que dice que los amigos, poniendo las cosas en el lugar equivocado, te ayudan a ver el lugar donde realmente las querías poner. Y en este disco también tuvimos unas cuantas sesiones de esas con Jorge, con mis hermanos Gabriel y Pablo, y con Pepe Canedo, mi compañero del Peyote que grabó en Interbalnearia.

¿En algún momento al académico y al músico les costó convivir?

En un momento me pareció que se disputaban el tiempo. Y puede haber sido cierto. Ahora tengo una visión de que esas cosas han sido complementarias. Si lo pensás es obvio. Podés encontrar en la música muchísima matemática. Podés encontrar elementos que vienen de mi manera de pensar, del mundo académico o del mundo más formal. Uno también sabe que en el fondo esa actividad creativa que simplemente pone en conjunto cosas que en apariencia no sabe de dónde vienen, también conduce al descubrimiento y a la aparición en el mundo de la ciencia de maneras nuevas de mirar. La lógica del descubrimiento científico no es ajena a la de los procesos artísticos. O sea que te podría decir como dice mi hija: “es todo lo mismo”.

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