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Rodolfo Rodríguez en la actualidad en su establecimiento de Villa del Carmen en Durazno

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El campeón del mundo que trabajó en un frigorífico y Pelé puso dinero y se lo llevó a Santos: la vida de Rodolfo Rodríguez

Ganó la Libertadores y la Intercontinental con Nacional aunque estaba en una lista para quedar libre, trabajó en un frigorífico, salía en camiones a ver a Cerro, logró el Mundialito y Pelé puso dinero para que fuera a Santos: la vida de Rodolfo Rodríguez

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23 de octubre de 2021 a las 05:04

La fortaleza del Cerro fue una de sus primeras amigas. Aquel barrio lo cobijó desde niño y lo recuerda con tanto amor como la Copa Libertadores y la Copa Intercontinental de 1980 que ganó con Nacional, la Copa de Oro o Mundialito y la Copa América de 1983 que consiguió con la selección. Es Rodolfo Rodríguez, un arquero espectacular que tuvo el fútbol uruguayo.

“El barrio del Cerro no fue una escuela de vida, fue una universidad de vida para mí, el Cerro antiguo, con los frigoríficos y yo llegué a trabajar ahí. Había mucho inmigrante, lituanos, armenios, griegos, jugábamos al fútbol en la calle Japón con arcos de piedra”, dice Rodolfo a Referí.

El equipo de Uruguay campeón sudamericano juvenil de 1975 con Rodolfo Rodríguez como arquero

Dice que tenía “muchas cosas a favor, existía contacto con la gente, relaciones de todo sentido, cero riesgo. Hice la Escuela 30 en la calle Portugal y el liceo 11 piloto, al lado de la cancha de Rampla”. Pero en 1990, cuando volvió de jugar en Portugal, hizo primer año de Derecho y salvó todas las materias, pero luego volvió al fútbol y se fue a Portuguesa de Brasil.

Cuando Rodolfo era un niño recién empezaba a jugarse al baby fútbol y jugaba en el club Sauce. Así lo recuerda: “Estaba Daniel Alonso, el padre de Iván, -quien hoy trabaja en Nacional- y teníamos que llevar los arcos de madera y ponerlos en la cancha, y después las redes. Todos los domingos lo hacíamos y me acuerdo las heladas que había de mañana. ¡Un frío tremendo! Yo jugaba en el medio, metía pata, no lo hacía de golero, pero muchas veces ni me ponían”.

El equipo de Nacional campeón de la Copa Libertadores 1980

Pero a Rodolfo siempre le gustó el puesto de arquero y empezó a jugar en el liceo. Cuando fue a probarse a Cerro, lo hizo con su amigo y exjugador de la selección uruguaya de básquetbol, Víctor Frattini. “Cuando llegué, Cerro me fichó de ‘8’ y a Víctor de ‘9’. No me ponían y dije, ‘no voy más’. Pero apareció Carlos Linares y me dijo que era amigo de Ramón Ferreira que era el técnico de la Quinta que quería que fuera, porque yo jugaba de golero en el liceo. Le dije: ‘Voy si juego, si no, no voy’, y así empecé”.

Pero salió una gira por Estados Unidos y Rodolfo se enfermó de hepatitis en la época en la que había que quedarse tres meses en la cama. Se perdió la gira y pensó que también no jugaría más porque no lo tendrían en cuenta.

Rodolfo Rodríguez vuela ante el remate de Falcao y la pelota se puede ver que se va por arriba del palo; fue en la final ante Internacional de Porto Alegre en el Centenario que ganó Nacional 1-0 y se llevó el título de la Libertadores de 1980

Cuando se levantó, fue un hincha más de Cerro. “Iba en los camiones de la Curva de Grecia a ver a Cerro. Yo nací un martes y mi vieja Elsa fue a ver a Cerro el domingo”.

Con 14 años hizo un concurso para entrar a trabajar en el Frigorífico Artigas, al lado del Estadio Tróccoli, en el que trabajaba su padre Wilfredo.

“Entramos cinco. Me levantaba a las 6 de la mañana y entraba a las 7. Trabajaba en la oficina. Como jugaba al fútbol, pedí para hacer un horario especial y trabajaba de telefonista de 7 a 8 y media y ahí pasaba a mi sección ‘liquidación de haciendas’ y después me iba al Tróccoli por la puerta del fondo con mi bolsito pasando por los corrales”, indicó.

Todo el plantel de Nacional con las copas ganadas en 1980

Wilfredo, su papá, era capataz de conserva allí mismo y el frigorífico le daba en aquella época, dos kilos de carne por día a cada trabajador por lo que en la familia de Rodolfo, recibían cuatro kilos por día. “Era tremendo. Fijate que eran más de 20 kilos de carne por semana solo para mi familia”.

Su padre también trabajaba en la construcción y Rodolfo lo acompañaba ya con siete años “y hacía mandados para la obra o limpiaba algún zócalo, pintaba algo. Sé lo que es sacrificio por haber visto a mi padre”.

El contacto que tenía gracias a su trabajo con muchos consignatarios de ganado, le sirvió para conocer varias cosas del trabajo que desempeña desde hace 26 años, ya que es un empresario del agro y vive en Villa del Carmen, en Durazno.

Nacional en Tokio 1981, ganando la Copa Intercontinental 1980

En la Primera división de Cerro debutó en 1973. El club peleaba el descenso, algo que nunca le había pasado en la historia. “Cerro era mi vida y era muy difícil jugar con aquella presión de no descender. Además, era la época en la que entraban pesados al vestuario. Yo tenía la inconsciencia del joven, y una vez me metí en la charla que los pesados tenían con los referentes: ‘Contigo no es botija’, me dijo uno y me sacó con un dedo en el pecho. Ganamos contra Wanderers en Las Piedras -al que dirigía Omar Borrás- y ante Racing, dos partidos fundamentales y zafamos”, recuerda.

Sus notables atajadas lo llevaron a la selección juvenil que dirigía Walter Brienza para jugar el Sudamericano de Lima en 1975. Allí se encontró con muchos futbolistas jóvenes que dirigía el argentino Miguel Ignomiriello en Nacional como Alfredo De los Santos, Darío Pereyra, Juan María Muniz, Juan Ramón Carrasco y Hebert Revetria. Todos serían luego compañeros en los tricolores. Y Uruguay fue campeón con Rodolfo como titular.

“Me citó Brienza medio sacado de los pelos, no estaba dentro de los favoritos y fuimos campeones en Lima. Fue una de mis primeras alegrías”, dice.

Rodolfo fue una muralla para Nacional ante Nottingham Forest en la final de la Intercontinental 1980

Siguió en Cerro y en enero de 1976 “me quería Peñarol, pero me pidió Juan Faccio para Nacional el último día de período de pases. Siempre se lo reconozco. Cuando llegué a Cerro, el primer arquero era (Nilson) Bertinat, luego Omar Garate y yo era el tercero. Y los tres nos encontramos en Nacional, las vueltas de la vida. Me tomaba tres ómnibus para ir a entrenar a Los Céspedes”.

Si bien lo llevó Faccio, en Nacional, este lo hizo jugar amistosos, pero oficialmente debutó con Juan Eduardo Hohberg como entrenador.

Nacional lo consolidó como el arquero excepcional que fue, ya que aprendió a crecer aún más técnicamente y llegó a la selección uruguaya de la mano del mismo DT: Hohberg.

Rafael Perrone en la intimidad tricolor, fue quien le puso el apodo de Pantera.

Rodolfo con Willy Gutiérrez, Cacho Blanco, Arsenio Luzardo y Hugo De León en Estados Unidos

Con Nacional, ganó tres Uruguayos, una Liguilla y dos veces la Liga Mayor. Pero lo mejor llegaría en 1980.

“Clasificamos a la Libertadores en los últimos partidos de la Liguilla. Íbamos de punto y Cascarilla (Morales) hizo dos goles en el clásico y luego hubo una revolución desde el punto de vista táctico con Juan Mugica y la llegada de (Dante) Iocco”, admite.

Pero cuando llegaron Mugica y Esteban Gesto al Parque Central, la directiva anterior había confeccionado una lista con los futbolistas que se debían ir. Y en la misma figuraba Rodolfo.

“Yo tenía años de selección y a veces por defender a los compañeros con los premios, te ponían en una lista negra, porque no cobrábamos en fecha. Se fueron (Adán) Machado, (Nelson) Agresta, (Raúl) Möller, y en esa lista estábamos (Waldemar) Victorino y yo. Juan venía de Francia y nos conocía a los dos del Cerro. ‘A estos dos los quiero y sé que conmigo van a estar bien’, dijo y uno terminó haciendo los goles importantes y el otro por suerte no hizo cagadas (sonríe)”.

Víctor Espárrago, el Cacho Blanco y Cascarilla Morales estaban entrenando aparte y cuando llegó Mugica, empezaron a jugar.

Un homenaje en Nueva Jersey junto a Manga y Jorge Seré

En las semifinales de aquella Copa, Nacional perdía en el Centenario 1-0 contra Olimpia, el vigente campeón de entonces, hasta que llegó la recordada volea de Eduardo De la Peña para empatar y darle prácticamente el pase a la final, ya que luego debía recibir a O’Higgins de Chile, un rival menor en aquellos tiempos. “Al Pelado le tenemos que reconocer aquel gol de volea, sino no hubiéramos llegado a la final”, dice.

De allí a Porto Alegre para enfrentar a Internacional con 20 mil uruguayos acompañando. “Parecía que estabas en Montevideo. Fue muy emotivo y quedó en la historia. Empatamos allá y empezamos a creer en el título. El partido de acá fue una noche inolvidable, se atrasó el inicio por los cohetes que tiró la hinchada y no se veía nada. El equipo jugó muy bien”.

Rodolfo sacó con sus atajadas al menos dos goles hechos aquella gélida noche del 6 de agosto con la cancha con mucho barro. Una, un cabezazo de Jair -quien luego sería campeón de la Copa y de la Intercontinental con Peñarol- y otra, un zapatazo tremendo de Falcao en el arco de la Colombes. “Inter venía de ser campeón invicto del Brasileirao. Yo jugué muchos años en Brasil y te puedo asegurar que es casi imposible conseguir el título de forma invicta. Eso para que veas lo que era ese equipo”.

Para variar, en la final de la Copa Intercontinental en Tokio ante Notthingham Forest, también se atajó todo.

Rodolfo con Gonzalo Bergesio

“En aquella época no había videos, pero el rival no solo había revolucionado el fútbol inglés, sino el europeo. Nosotros jugamos un partido tácticamente espectacular. El factor sorpresa fue fundamental. Fuimos varios días antes para adaptarnos al huso horario, con una escala en Alaska. Atacamos tres veces y hicimos tres goles, pero nos anularon mal dos. Tuve mucha confianza en mí mismo”, explica.

Recuerda que en los festejos del hotel, era el cumpleaños de Alberto Bica, recientemente fallecido, y lo celebraron allí.

Hizo historia en la selección

Rodolfo también fue un referente defendiendo el arco de la selección uruguaya.

En aquellos años, para ir a las prácticas de la celeste, “pasaba a buscar a Waldemar (Victorino) y nos tomábamos el 185 de Cutcsa que ya venía lleno, hasta el Centenario”.

Ganó prácticamente todo, pero también pasó momentos amargos como quedar fuera del Mundial de Argentina 78.

Así lo cuenta: “Éramos todos jóvenes, Graffigna, Pizzani, Fernando (Morena) y alguno más, tenían un poco más de edad. La inmadurez nos jugó una mala pasada. Empatamos en Venezuela en un partido que era para hacer cinco goles, y perdimos en Bolivia. En La Paz, nos bajaron cuatro cuadras dentro de las favelas que hay en la montaña, entre el medio de varios charcos de agua y llegamos al estadio (que era el de Bolívar, que está más arriba aún que el Hernando Siles). Calentamos en el vestuario y parecía una cocina. Tocaron los himnos y hacía un frío tremendo. Cuando terminaron de tocar el himno, los bolivianos que estaban cantando, se fueron al vestuario y vinieron los titulares que venían calentitos de calentar del vestuario. Si a eso le sumás la altura, peor. Yo anduve muy bien. Fue duro ver un Mundial al lado de casa que se escuchaban los gritos y no pudiste ir”.

Entre fines de 1980 y principios de 1981 ganó la Copa de Oro de los campeones mundiales y recibió él mismo el trofeo ya que era el capitán. Además, le dieron el trofeo por ser el arquero menos vencido del torneo.

El capitán Rodolfo levanta para la celeste la Copa de Oro en el Mundialito de 1981

“Veníamos de ser campeones de América con Nacional y nos juntamos con el Cabeza (Ruben Paz), el Chicharra (Venancio Ramos), que andaban volando, Ariel (Krasouski) que andaba muy bien en Boca, De la Peña, Waldemar que estaba en su mejor época, Cascarilla en su plenitud. Se armó un grupo muy bueno y hasta el día de hoy hablamos”, cuenta.

Añade que “don Roque (Máspoli, el técnico de Uruguay) era un fenómeno. Primero lo respetábamos por lo que había conseguido, pero también por cómo nos trataba. Ver al pueblo feliz, también nos llenó de felicidad”.

En esa montaña rusa en la que se convierte a veces la selección uruguaya, con sus idas y vueltas, volvió a pasar un momento complicado en las Eliminatorias para el Mundial de España 82 cuando la celeste fue eliminada.

Dice Rodolfo: “Fueron momentos fuertes y es de las pocas veces en la vida que perdí y dije que perdí bien, porque Perú tenía un equipo bárbaro, con Velásquez, Chumpitaz, Oblitas, Cueto, Barbadillo, Uribe, La Rosa. Jugaron brillante acá y nosotros no. Fue de los pocos partidos en mi vida que me sentí superado totalmente”.

Pero poco después, Rodolfo y varios de aquellos compañeros podrían sonreír de nuevo.

Rodolfo Rodríguez y Venancio Ramos con la Copa América lograda en 1983

“El fútbol uruguayo estaba medio tirado y fuimos a la Copa Nehrú en Calcuta, India. Nadie quería ir, pero ahí empezó todo. Se empezó a formar el grupo con Borrás y fue la base a seguir de la Copa América de 1983 después de las Eliminatorias. Hacía tiempo que Uruguay no era campeón y lo hicimos con Brasil y jugando allá todavía, tiene sus méritos. El Pato (Aguilera), el Loco Acosta, Washington (González), Enzo (Francescoli). Éramos un equipo aguerrido y conseguimos el título”.

En aquella selección volvió a encontrarse como tantas veces con Fernando Morena, con quien tenía una especial rivalidad en los clásicos.

Cuenta que, si bien no llegaron a ser amigos, “teníamos un respeto importante entre nosotros. Siempre nos respetamos y nos apreciamos. La tarde que se fracturó con la selección, nos dolió a todos. Éramos rivales, pero siempre con respeto”.

En las Eliminatorias para el Mundial de México 86, logró clasificar a Uruguay al mismo. Todavía recuerda el partido ante Chile con el limonazo del Chicharra Ramos a la pelota cuando Jorge Aravena, en la hora, tenía un tiro libre que era medio gol.

Rodolfo Rodríguez y Víctor Hugo Diogo le muestran orgullosos la Copa América ganada en 1983 a Obdulio Varela

En marzo de este año, Venancio Ramos contó a Referí lo siguiente: “Antes del tiro libre, fui a hablar con el golero como para decirle ‘en tus manos está la clasificación’ y Rodolfo me dijo: ‘Mirá que si pasa la barrera es gol’, como diciendo, ‘dejate de joder’.

Rodolfo dice que “el golero tiene que transmitir seguridad y tranquilidad. Tenías a Aravena, que le pegaba notable y ya me había hecho un gol en la Copa América. Si no hubiese sido por el limonazo, no sé qué hubiese pasado, nacimos de nuevo. Años después, Aravena fue compañero mío en Portuguesa de Brasil y al principio no tenía dónde quedarse a dormir y se quedó en casa una noche. Me dijo que en aquel gol que me hizo le quiso pegar al primer palo y entró en el segundo, y le contesté: ‘Me mandaste en cana, nunca asumiste’, y nos reímos los dos”.

La selección jugó dos partidos en Estados Unidos ante México, y en Gales ante el anfitrión y la vuelta fue tremenda, con varias horas de vuelo. Pero para el domingo 27 de abril, se proyectó la despedida celeste hacia el Mundial.

Eliminatorias para México 1986, Uruguay, Chile. Rodolfo Rodrígeuz, Nelson Gutiérrez, Miguel Bossio, Néstor Montelongo, Darío Pereyra, Sergio Santín; Venancio Ramos, Mario Saralegui, Amaro Carlos Nadal, Enzo Francescoli y José Batista.

Se había estipulado que el ganador del clásico entre Peñarol y Nacional por el Campeonato Competencia, que se jugaría tres días antes, enfrentaría ese domingo a la celeste, y que a primera hora, el perdedor, lo haría ante los suplentes. El clásico lo ganó Peñarol 3-0, por lo que jugó el partido de segunda hora ante los titulares de Uruguay a estadio lleno.

Fue un día aciago para Rodolfo, quien increíblemente, tenía permiso del técnico celeste, Borrás, para no ir a jugar. Él mismo lo cuenta: “Yo no tenía por qué haber ido y fui a Los Céspedes. Habíamos llegado de una gira. Cuando fui me dolía la cintura. Fernando Álvez no estaba para jugar, y el profe (Borrás) me dijo que no fuera porque jugábamos contra Peñarol. Iba a jugar Celso (Otero). El domingo me levanté, fui a misa en Seminario como siempre, y cuando volví, mi señora había hecho un asado. ‘No voy a comer’, le dije y cuando me preguntó por qué, le contesté que iba a ir al Centenario. ‘No vayas que te vas a exponer con la hinchada de Peñarol’, me indicó ella”.

Pero Rodolfo tenía otros planes y los cumplió. “’Voy a ir porque van a decir que Fernando (Álvez) no juega porque le tiene miedo a Nacional y yo a Peñarol’, le expliqué. Me fui con el bolsito y jugué. El destino estaba escrito. Sigo pensando que hice bien porque hice lo que quería”.

Uruguay en el debut del Mundial de México 1986 con Rodolfo Rodríguez en el banco

En medio de ese encuentro que terminó 1-1, su compañero de selección, José Batista, intentó despejar una pelota y se tiró con los dos pies hacia adelante, golpeándolo fuertemente en el abdomen. Rodolfo debió salir lesionado. Sin embargo y pese al dolor, “terminó el partido y fui a pelear los premios dolorido. Luego me fui a casa. Me acosté y me empezó a doler mucho. Mi señora es médica y me dijo que tenía el abdomen agudo porque tenía un derrame. Me operaron y me comí 38 puntos en la panza”.

Cuenta que hizo “lo imposible para recuperarme para estar en el Mundial y entrenaba con Gesto, fui a Bogotá y seguí entrenando con los muchachos de la selección. Pero no llegué para ser titular y Borrás puso a Fernando (Álvez) en el debut contra Alemania. Cuando perdimos con Dinamarca (6-1) pensé que iba a entrar, sobre todo por la trayectoria de 10 años que tenía. Nunca sabré qué pasó contra Dinamarca porque nunca nos habían hecho seis goles. A ellos les salió todo y a nosotros nada. Fernando quedó desprotegido en varios goles lamentablemente”.

De esa manera, Rodolfo se quedó sin poder jugar en una Copa del Mundo y no volvió a jugar más con la celeste.

En enero de 1984, poco después de haber ganado la Copa América con Uruguay, Santos lo quiso contratar. Había figuras como Serginho y Paulo Isidoro, a las que el propio Rodolfo y sus compañeros le habían ganado la final de la Copa de Oro años antes.

Rodolfo Rodríguez defendiendo a Santos es saludado por Ubaldo Matildo Fillol, el argentino campeón del mundo con su selección en 1978, quien entonces era el arquero de Flamengo

“Teníamos un equipo bárbaro, hasta hoy tengo contacto con ellos. Es un fútbol muy duro por los viajes, muy diferente al nuestro, muy exigente”, dice.

Y habla de la figura máxima de Brasil y de Santos, Pelé, a quien conoció muy bien: “Lo conocí muchísimo, él dio una ayuda al equipo para pagar mi pase de su propio bolsillo. Le dio un cheque a su abogado, Samir Abdul-Hak, quien luego sería presidente de Santos. Mi señora y mis hijos íbamos a la casa de Pelé. También hice mucha amistad con Samir quien después  fue el padrino de mi hija Sofía”.

Con Santos fue campeón paulista en el clásico ante Corinthians con el Morumbí de San Pablo repleto y sus compañeros lo levantaron en andas luego del triunfo. Allí sigue siendo ídolo hasta hoy.

De allí se fue a Sporting Lisboa de Portugal, el actual club en el que Sebastián Coates es capitán.

Rodolfo Rodríguez en andas de los hinchas de Santos luego de haberle ganado la final del Campeonato Paulista al clásico rival, Corinthians

El presidente era de Mozambique, una colonia portuguesa, y se lo llevó junto a Ricardo Rocha, Douglas y Paulo Silas. Pero también se llevó a un técnico uruguayo que fue ídolo del club Sao Paulo y ni que hablar, de Peñarol: Pedro Virgilio Rocha.

“Pedro era un genio. Como persona, espectacular, gran persona. Le tengo que agradecer a la vida que tuve algunos técnicos como Roque (Máspoli), Hohberg, Juan (Mugica) y Pedro Rocha, que eran unos fenómenos. Es un orgullo haber jugado y compartido vestuario y viajes con ellos”, comenta.

Hoy vive en el campo y está muy feliz, aunque viene asiduamente a Montevideo.

Siempre fue un ávido lector y le encanta la historia, sobre todo, es “fanático de los hechos de la Segunda Guerra Mundial”.

En ese contexto, cuenta que tiene “bibliotecas enteras” al respecto. Y agrega: “He recorrido lugares desde el lugar de la Operación Walkiria (el lugar en el que los propios alemanes intentaron matar a Adolf Hitler), Auschwitz y muchos otros sitios”.

Mirá estas atajadas de Santos ante América en Brasil en la misma jugada:

Cuando tiene tiempo, le gusta ir a pescar, como cuando era niño y lo hacía en la bahía de Montevideo. “Tengo muchos amigos, gracias a Dios”, dice.

Además de un hijo y una hija, tiene una nieta, Milagros, que vive en Ginebra, Suiza, y justo por estos días lo vino a visitar, por lo que está más que feliz, y también un nieto, Bruno.

Rodolfo, el ganador de mil batallas, uno de los mejores arqueros uruguayos de todos los tiempos, vive su presente junto a sus vacunos y lanares, como desde hace 26 años y expresa que “estar al aire libre, libertad, naturaleza, es espectacular”.

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