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Tiene leucemia hace 16 años, salvó la vida de dos personas y un peluquero lo llevó a Nacional: la vida de Alberto Bica

Hace 16 años que padece leucemia, perdió a una hija en 2016, salvó a dos hombres de ahogarse, fue amigo de Julio Pérez y un peluquero lo llevó a Nacional con el que fue campeón de todo; la historia de resiliencia de Alberto Bica

Alberto Bica en familia con su padre Luis Alberto, Francisco, uno de sus hijos, y dos de sus nietos

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08 de mayo de 2021 a las 05:01

Él no quiere ser un ejemplo, pero lo es. Esa palabra que está de moda en los últimos tiempos, “resiliencia”, lo puede definir. Alberto Bica ha demostrado una capacidad para sobreponerse a momentos críticos con una fortaleza encomiable.

Después de una carrera espectacular en la que fue campeón uruguayo, de América y del mundo con Nacional, de haber jugado en River argentino y San Lorenzo -con Malvárez y Chilavert-, de lograr el título del Sudamericano juvenil de 1977 con Uruguay en Venezuela, hace 16 años que lucha contra una enfermedad, y en 2016 perdió a Bettiana, una de sus tres hijos.

Hablar con Bica es una invitación a creer un poquito más en la vida. En estos últimos 16 años padece una leucemia crónica, “una enfermedad para toda la vida que siempre está buscando aliarse con alguna cosa para que puedas ‘pelarte’. Me hice tres tratamientos de quimioterapia, en la empresa Tenfield (en la que trabajaba) no pude seguir, lamentablemente, pero Paco (Casal) y el Tano (Gutiérrez) me siguen ayudando hasta el día de hoy. Les debo la vida. Soy un agradecido de corazón por todo eso. Siempre están pendientes”, comenta a Referí.

Alberto Bica en la actualidad con su esposa Adriana

Como cuenta, en estos últimos años tuvo de todo. “Me sacaron el bazo, tuve púrpura, tuve neumonía bilateral cuando falleció mi hija Bettiana hace cinco años, que no me llevó de pedo. Esas cosas son incontrolables. Si bien varió mi vida en la parte alimentaria y emocional, eso no lo pude controlar. Porque estás preparado para perder a tus padres, pero para perder a un hijo, no hay quien te prepare. Me costó sobrellevarlo”.

Ante todo esto, se para con la personalidad con la que se calzaba la número 7 de Nacional para picar por la raya y dejar un surco. Habla de la enfermedad con respeto, pero con una fe inquebrantable.

“Mi enfermedad hoy mutó a un linfoma que es curable, pero mi médula lleva 16 años con tratamiento. El viernes (de la semana pasada) hice la tercera sesión de mi cuarto tratamiento de quimioterapia y me faltan tres más. Pero esta es el Negro Diogo desbocado y sin frenos, me lleva puesto (se ríe). Me arrastra hasta el fondo, voy, vuelvo, con una medicación muy fuerte. Pero estoy bien atendido por la familia y con la cabeza fuerte. Vamos a salir, no tengas dudas de eso. Bien uruguayito, con mucha fe, pero muy humilde”, dice.

Y entonces agrega: “No me enojo con ella (con la enfermedad), es mi compañera de vida hasta que no esté más. Convivo con ella, soy de amigarme (con ella) si es posible y es mi manera de combatirla. No tengo otra opción. Y trato de disfrutar. Yo planificaba para muchos años adelante y hoy planifico el resto del día, y a veces me atrevo hasta el otro día. Disfruto lo que tengo por adelante”.

Desde 1989 vive en Shangrilá, cerca de la playa, lejos de la esquina de Arrieta y Madreselva, donde se crió, cerca de los primeros galpones de canal 10 y enfrente al Cilindro. Vio parte de la construcción del Cilindro e hizo atletismo. Con amigos agarraban los caballos de la Guardia Republicana -que está unas cuadras-: “¡Nos pegábamos cada porrazo bárbaro!”, recuerda.

Hasta cuarto de escuela fue al Colegio Pallotti, pero el padre no pudo pagar más y debió ir a una escuela pública.

Un clásico de los años de 1980; Alberto Bica patea ante la marca de Miguel Ángel Piazza, mientras detrás aparecen Mario Saralegui y Miguel Falero

Su padre, Luis Alberto, tiene 97 años y era fanático de Peñarol. “Me llevaba a ver a Las Acacias cómo practicaban Rocha, Joya, Spencer, Mazurkiewicz. Yo era chico y lo acompañaba porque me gustaba el fútbol”. Comenzó en el baby del club Centenario, luego jugó en el Walt Disney y se fue al Oriental en Propios y Canstatt, que tenía la cancha frente al Mercado Modelo. “Ahí empecé a jugar mucho y a sentirme bien. Jugué con Pocho Navarro, Darío Pereyra y José María Muniz, entre otros”. Jugaron dos amistosos contra Nacional y les hizo nueve goles en los dos partidos, entonces lo fueron a buscar.

“Un peluquero me vio, apareció por casa. Se jugaba el primer Sudamericano de básquetbol en el Cilindro. Me paró en la calle y me dijo que quería hablar con mi padre. Le dije que fuera, pero me fui corriendo a ver el partido de Uruguay, porque yo también jugué al básquetbol, estuve fichado en Las Bóvedas y mi viejo me dijo: ‘Seguí en el fútbol, déjate de joder con el básquetbol’”, cuenta.

Ese peluquero entró a la casa de los Bica y lo primero que vio fue una bandera de Peñarol colgada. Alberto tenía 10 años. Su papá le dijo que no. El hombre insistió dos veces más, hasta que lo convenció y lo llevó al baby de Nacional.

Lo mandaron de aspirante a la Sexta división con Miguel Ignomiriello con más de 300 niños. “Puso a Daniel Enríquez que quería jugar de ‘10’ y vio que no podía porque había muchísimos para ese puesto y entonces dijo que era zaguero. También estaban Alfredo Arias y Ernesto Popelka, entre otros”. Estuvo dos años.

Vivían en una casa muy humilde, “en un ranchito hecho de troncos, chapas de dolmenit, con paredes hechas de latas de aceite con algún forraje por dentro. El baño estaba afuera. No existía la ducha. Me bañaba con las regaderas que se usaban en verano y te echaban agua desde arriba. Lo digo con orgullo”.

Su padre era oficial de la construcción y Alberto comenzó a cobrar viáticos cuando estaba en la Cuarta de Nacional. Se ahorraba los ómnibus de ida y vuelta. A veces su papá lo llevaba en el hierro de la bicicleta. Con ese dinero, junto a su padre, fueron construyendo una casa de bloques y ladrillos. “Fue lo más lindo que pude hacer, llevar a cabo un plan. A veces ves tan lejanos los sueños…, pero ese se cumplió”, explica.

La selección uruguaya que participó del Mundial Universitario de 1976 en el Estadio Centenario; el arquero es Eduardo Belza, actual coordinador general de la celeste, y el puntero izquierdo es Ernesto Popelka

Su madre, María Josefina, también era gran hincha de Peñarol. Entonces, décadas después de esto, cuando trabajaba en Tenfield, tenía trato con los campeones del mundo en Maracaná 1950, sobre todo, Julio Pérez y Óscar Omar Míguez. Pero un día llegó desde Perú en una visita fugaz, Juan Joya, una de las grandes estrellas de Peñarol de la década de 1960. Bica lo encaró: “Discúlpeme, ¿le puedo pedir un favor? ¿Podré llevarlo hasta la casa de mis padres, porque le daría una gran alegría a mi mamá?”, le dijo. Joya lo acompañó sin problemas y al golpear la puerta, salió la madre de Alberto. “La alegría para mi vieja fue tremenda”, explica.

Con Julio Pérez, el notable volante de Nacional y de la selección campeona en Maracaná, compartían la afición por los pájaros. “Hablaba mucho y aprendía. Fue como mi padre adoptivo, me pasaba en su casa en sus últimos años, un genio”.

Dice que Julio le decía: “Los brasileños eran unos fenómenos, ¿pero vos te pensás que nosotros no jugábamos bien? Cuando teníamos que jugar jugábamos, si teníamos que meter, metíamos. Éramos un gran equipo”.

El equipo de San Lorenzo en el que jugó Alberto Bica; arriba, los dos últimos a la derecha son José Luis Chilavert y el uruguayo Luis Malvárez

Se hizo tan compinche de él que cuando el excampeón del mundo se hacía diálisis, Julio quería que él fuera una o dos veces por semana hasta su casa. ¿Qué pasaba? Es que Julio quería tomarse una medidita de whisky y su esposa Gladys no lo dejaba. Entonces, si iba Bica, Julio Pérez le decía a su señora: “Trae la botella, así lo convidamos al muchacho”, y Julio aprovechaba y tomaban una copita juntos. “Gladys me decía, ‘vos sos un bandido’, venís siempre a la misma hora. Hasta hoy hablo con ella porque le tomé mucho cariño. Está muy fuerte y es una muy buena persona”, cuenta Bica.

Hizo la escuela industrial de Martín C. Martínez y Miguelete. Estudió electrotecnia durante tres años y en 1973 estaba por llegar la dictadura a Uruguay. Un día, cerca del mediodía, “entraron los milicos buscando Tupamaros. Nos pegamos un julepe bárbaro. Tiraron gases lacrimógenos y empezaron a llevarse estudiantes. No podía respirar y me fui para el techo. Yo no tenía idea de qué estaba pasando”.

Juan Faccio lo ascendió a la Primera de Nacional en 1975 y ese año ganó la Liga Mayor. Lo cedieron a préstamo a Cerro, en donde a veces se bañaba con agua fría, pero él estaba acostumbrado por lo que sucedía en su casa cuando era un niño.

“Fue espectacular porque jugué todo el año 1976. Caminaba 11 cuadras para tomarme el 185 y después también me iba a pie hasta el Tróccoli. Fue un paso importantísimo y le agradezco a Cerro. Me puse todas las pilas para aprender y crecer como profesional. Jugué el Mundial Universitario que me sirvió mucho. Belza era nuestro arquero. En esa época, yo hacía locuras, porque jugaba los sábados en Primera y los domingos, me iba a jugar con Nacional Universitario. Así llegué a la selección universitaria y a ese Mundial que se jugó en Uruguay”.

El equipazo de Uruguay que ganó el Sudamericano juvenil de 1977; aquí Bica aparece parado y es el primero desde la izquierda

Un día viajó con sus padres a Argentina a ver a su hermana y cuando regresó, había un telegrama citándolo a la selección juvenil de 1977. Ya había estado en la selección de 1975 con Walter Brienza, jugó algún amistoso, pero no tenía lugar. “Conocí a (Esteban) Gesto que para mí fue la puerta para mejorar cada vez más. Hasta hoy tenemos una muy buena relación. (El técnico Raúl) Bentancor era muy bueno armando grupos y sabía mucho. Me enseñó un montón de cosas. En el Sudamericano de Venezuela me deslumbró la calidad técnica de muchos compañeros. En el banco estaban Hugo De León, Ruben Paz, Mario Saralegui, jugadores increíbles. De ‘10’ jugaba Krasouski, Duque era el ‘5’, Víctor Diogo, el Chico Moreira. Cuando llegamos a la selección con el Chico, los dos jugábamos de puntero derecho y Bentancor lo puso de lateral. Yo quedé de puntero. Darle la pelota a Venancio (Ramos) era superlativo. ¡Qué jugador!”, sostiene.

Ese equipazo de Uruguay logró el título de punta a punta.

El recuerdo de Maradona

En aquel Sudamericano de 1977, Diego Maradona integró la selección argentina, con apenas 16 años. “Fue a parar una pelota con el pecho y Víctor (Diogo) le bajó los tapones y le rayó la camiseta, las rodillas, la medias, lo rayó todo del pecho para abajo”, recuerda.

Y añade: “En nuestro partido despedida al Mundial de Túnez de ese año, vino al Estadio Centenario a jugar un amistoso de mañana con Argentinos Juniors -ty nos hicieron seis goles (uno lo hizo Maradona). Mirá lo que sería la nobleza de don Raúl (Bentancor), que nos dijo antes del partido: ‘Por favor, no quiero que le toquen un pelo a este muchacho’. A Pelé le pegaron muchísimo, pero a este también, era muy valiente. Nos fuimos con una calentura bárbara ese día”.

Campeón de todo con Nacional

Tras su vuelta de Cerro a Nacional, comenzó a hacerse un nombre que fue el que lo llevó a ser campeón sudamericano juvenil con la celeste.

En 1980 habría un cambio sustancial en su vida: sería campeón uruguayo, de la Libertadores y de la Intercontinental.

“Ganar torneos locales es obligación. Yo sé que hoy todo es más complicado. Me queda el orgullo de ser parte de la historia del club. Tenía experiencia por haber jugado la Copa América 79 con la selección mayor. Aquel era un equipo joven al que se sumaron los veteranos, Cacho Blanco, Espárrago y Cascarilla (Morales) con mucha experiencia. Juan (Mugica) empezó interinamente como técnico y no salió más. Creó un esquema táctico definido que sorprendió y cuando todos quisieron saber qué hacíamos en la cancha, ya era tarde. Todos corríamos, cubríamos nuestra zona y la de nuestros compañeros”, cuenta Bica.

El equipo titular de Nacional en la final de la Copa Libertadores de América de 1980

Asimismo, agrega que “es lógico que (con lo que se consiguió) el ego se fue para arriba y se juntó con la otra compañera de viaje que es la soberbia, así se hacen cagadas. Pero cuando te pegan en el suelo, esas dos cosas son la que te ayudan a levantarte. Mantener la línea es lo más difícil, si no, esos dos te comen por el camino”.

Recuerda el gol de volea de Eduardo De la Peña para el empate 1-1 en el Centenario ante Olimpia que era el vigente campeón de la Libertadores y que si ganaba esa noche, prácticamente clasificaba a la final. “Fue un golazo como pocos. Salvando las distancias, él y Ruben Paz fueron los jugadores más completos que conocí. Le pegaba de afuera, buen toque corto, un jugador bárbaro. Tuve la suerte de jugar con ellos”.

En la final de ida contra Inter de Porto Alegre, prácticamente le abrieron toda la piel en el tendón de Aquiles de uno de sus pies.

“Me abrieron toda la carne que me cubría el tendón de Aquiles. Pude seguir jugando porque Suero me coció. Suero hizo cosas de genio. Llegué a Montevideo y no podía caminar. Agarré el bolsito para irme para casa. El profe (Gesto) la tenía clara. Llamó a Amaro (Nadal, quien no estaba en Nacional pero es gran amigo de Bica). Cayó por casa, charlamos un rato y me convenció de que podría llegar a la final. Estoy agradecido hasta el día de hoy porque pude empezar a entrenar, tuve suerte que la cancha estaba blanda, no sentía tanto el piso. Entré y a los 10 minutos, ya me llevaron puesto y no tenía puntos ni nada en el pie, se me fue todo. Pero estaba motivado, con la cabeza fuerte. Ahí el ego lo tenía arriba. En las peores situaciones tenés que pensar que sos el mejor, te tenés que querer vos más que los demás. Para todas las cosas de la vida. Los sueños hay que crearlos y perseguirlos, y conseguimos la Copa”.

La final Intercontinental que ganó Nacional en 1981 ante Notthingam Forest, justo el día que Bica cumplía 23 años

Después llegó el título de la Intercontinental contra Notthingam Forest en Tokio. Terminó 1-0 con gol de Waldemar Victorino, pero Bica dice que hicieron “tres goles en ese partido. Además del de Victorino, uno de Luzardo que la paró de muslo y le cobraron mano, y uno que hice yo, Victorino chocó con Peter Shilton, vino para mí, hice el gol y le cobraron offside a Waldemar. Nos cagaron a pelotazos, pero el Flaco (Rodolfo Rodríguez) fue un diablo debajo de los tres palos, atajó todo lo que tenía que atajar. Una cosa seria”.

Bica se casó un 9 de febrero por civil, el 10 por iglesia y el 11 es su cumpleaños. Jugó esa final el día que cumplió 23 años, “y cuando llegamos el hotel tras el título, me festejaron el cumpleaños. Llevaron una torta preparada. Eran épocas que convivíamos mucho”, recuerda.

Alberto Bica desbordando con la camiseta de River Plate de Argentina

En 1983 fue contratado por River de Argentina. “Fui a un club enorme, en el que aprendí. Tuve como compañeros a campeones del mundo de 1978 como Gallego, Fillol, Tarantini, después vino Alonso que volvía, y viví tres meses junto con Enzo (Francescoli). Fillol me pasaba a buscar todos los días para ir a comer algo, Tarantini era muy amigable, y con Gallego tenía relación de familia. Un fenómeno y un jugador extraordinario”.

Allí fue que le presentó a Francescoli a Paco Casal porque ya tenía una muy buena relación con el contratista, quien estaba empezando su carrera.

Un día recibió una llamada de Carlos Bilardo, quien tiempo atrás había dirigido a Deportivo Cali y tenía buen trato con el presidente del club. Lo había recomendado su amigo Amaro Nadal, y se fue a Colombia. En el equipo estaban Daniel Revelez, Daniel Oddine, el argentino Ricardo Villa, campeón del mundo de 1978, el Pibe Valderrama y el arquero Pedro Zape, entre otros.

“Valderrama, un genio, ¡qué jugador de fútbol! Con Ricardo Villa hice muy buena relación. Jugaba muy bien al tenis y el presidente le mandaba camionetas enormes para que fuera a jugar. Un día me pidió que lo acompañara y los custodios del presidente en las carteritas llevaban las (pistolas) recortadas. Le dije: ‘No te acompaño nunca más’”.

El equipo de Deportivo Cali en el que jugó Alberto Bica; los dos últimos de arriba hacia la derecha son Ricardo Villa, campeón del mundo con Argentina en 1978, y Daniel Revelez, mientras que el último de abajo es Carlos "El Pibe" Valderrama

La guerrilla del M-19 había avanzado mucho en Colombia y Bica cuenta que “era un caos. Me agoté el videoclub que había en la esquina de casa, porque no salía nunca. Un país hermoso al que volví con el fútbol playa, pero en la época en la que jugué, estaba peligrosísimo”.

Su personaje de héroe

En su vida le tocó estar presente en dos episodios en los que salvó la vida a dos personas que se estaban ahogando.

Una fue cuando jugaba en Unión de Santa Fe y salió a pescar con Alberto “Beto” Acosta, aquel notable delantero que luego jugó en San Lorenzo, Boca Juniors y la selección argentina. Iban con él en un bote junto a Bottaniz, Daniel Morón y “un gordo del pueblo” de Coronda, de dicha provincia.

Los uruguayos Hernán Sosa, Alberto Bica, Rubens Navarro, Enzo Francescoli y Eber Bueno, tres de San Lorenzo y dos de River Plate de Argentina

Así recuerda ese episodio: “Cuando estábamos a siete metros del lugar en el que íbamos a dejar el bote, el gordo se tiró pensando en nadar. Tenía alguna copa encima. Cayó como una plomada al agua. Yo estaba en la punta del bote y les dije a mis compañeros: ‘Miren que no sabe nadar. Se hundió. El Beto Acosta me decía que no le diera bola, pero se estaba ahogando. Me tiré para sacarlo, lo agarré, me arañó todo. Fue algo espontáneo. No lo hice por valiente, son decisiones para hacer bien”.

El otro episodio, sucedió en el Preolímpico de Brasil en enero de 2000.

Todos los periodistas estaban prontos para viajar hacia Cascavel, donde jugaba Uruguay y al momento de salir, se escucharon gritos desde la piscina.

Todos se acercaron para ver qué sucedía. Había un hombre flotando boca abajo y Bica -quien había ido a trabajar para Tenfield- fue el único que se pegó un pique como en sus mejores tiempos, se tiró y lo sacó del agua.

Mientras una mujer le hacía un masaje en el pecho, Bica quiso hacerle respiración artificial, boca a boca. Pero el aire no le entraba al hombre. ¿Qué sucedía? “Tenía los dientes postizos trancados en la garganta. Se los saqué y ahí le empezó a entrar el aire por la boca. La mujer lo puso de costado y en un minuto escupió el agua. Cuando volvimos de noche, me enteré que le hombre había zafado. Fue una alegría”.

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