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El fútbol femenino crece desde abajo: la historia del semillero de Liverpool

En los últimos años hubo una evolución en el juego gracias a las exigencias de Conmebol y a que hay más “demanda”; todavía falta mucho para llegar al profesionalismo y hay momentos en que las mujeres deben “respirar hondo” 

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07 de marzo de 2020 a las 05:00

En el museo de la sede de Liverpool hay un espacio reservado para las copas del fútbol femenino que está quedando chico y todavía le faltan las cinco copas que el club ganó el año pasado. Desde el 2016 el club compite con mujeres –tras una primera incursión en 1996– y el número de las categorías creció hasta llegar, en este 2020, a estar en cinco divisionales. La idea es ser un “semillero de virtudes”, como dice el himno que identifica a los negrizales.

Y en ese semillero está Mayra Castro, que hace cuatro años juega en el club y hoy es zaguera en Primera división. De jugar en la plaza sin tener mucha idea de fútbol pasó a la cancha grande, con entrenadores que “confiaron pila” en ella y la ayudaron a aprender.

También juega Lara Elohordoy, que tiene apenas 11 años y se para como volante en la sub 12. Que siempre le gustó al fútbol y aceptó la invitación de una amiga para jugar en Liverpool. Y que este año arranca el liceo.

A Agustina Gómez también la invitó una amiga, pero le costó convencerla. Se conocieron jugando al fútbol sala en la plaza de deportes de Brazo Oriental, pero ella –que arrancó segundo de liceo este año– no se sentía preparada para pasar a un equipo porque no quería competir. “Prefería quedarme ahí”, recordó.

Aprender la técnica

A Mayra siempre le gustó correr, jugar al tenis, al hándbol. En el liceo se destacaba en Educación Física y se mezclaba con los varones en los partidos de fútbol. “Ahí aprendí a trancar y a no tener miedo. Jugar con hombres me dio experiencia”, dijo. Pero cuando llegó a Liverpool en 2016 jugó por primera vez en cancha grande y no sabía nada de lo técnico.

A Mayra siempre le gustó estudiar. En el negriazul leía sobre las posiciones en la cancha para paliar lo que creía que no sabía. “No sabía nada, después me fue gustando y por suerte aprendí enseguida”, comentó y dijo a sus entrenadores que la ayudaron. “Necesitaba más que nada confianza”.

Una de sus técnicas en juveniles y que ahora la dirige en Primera es Graciela Rebollo. Se conocieron en un cuadro de niñas que Rebollo dirigía y que el Municipio G apoyaba con materiales deportivos y un espacio en el Parque Andalucía.

Mayra Castro tiene 17 años y juega en la Primera división de Liverpool

“No es una gurisa de quedarse quieta, es la típica deportista y corredora. Tiene muy buena técnica de carrera y cuando se le enseñó toda la parte técnica no dábamos crédito porque aprendía lo poquito que se le enseñaba, lo absorbía”, la definió Rebollo. Mayra jugó en todas las posiciones, pero ahora está fija como zaguera. “Es la que sobra y es la que corre”, dijo Rebollo.

Durante el primer año solo podía ir media hora a los entrenamientos porque hacía horario completo en la UTU, que le demandaba casi 10 horas por días. 

Mayra, en su corta carrera de futbolista que apenas tiene cuatro años, tuvo una grata sorpresa en 2019: la convocatoria a la selección uruguaya. Si bien no quedó en la lista final para el Sudamericano sub 20 de San Luis (Argentina), estuvo todo el verano entrenando con jugadoras más grandes que ella.

“Me dio experiencia porque era una sub 20 y yo tengo 17 años. Solo entrenar con ellas era una experiencia. Ahora me tengo mucha más confianza”, contó.

En San Luis, Liverpool tiene cuatro jugadoras en el plantel, pero en la preselección había tantas compañeras de Mayra “como para un cuadro titular entero”. 

Charlas de fútbol

Lara no miraba fútbol de chica porque no lo entendía, pero igual jugaba con amigas. Hace dos años llegó a Liverpool y siempre jugó en cancha grande. Este año compartirá el tiempo de las prácticas con su primer año de liceo.

Agustina juega en sub 14, la categoría siguiente. En su casa abundan las charlas futboleras porque su hermano juega en las formativas de Cerro.

“Él me corrige las cosas que yo hago mal o me ayuda a ubicarme en la cancha. Me remarca cuando no corro o cuando tengo que marcar”, dijo sobre las charlas con su hermano Nahuel Gómez, que la acompañó a la entrevista con Referí. “Y yo también a veces le digo: ‘Ah, no corriste”, agregó.

Agustina contó con orgullo que su hermano “tuvo la oportunidad” de estar citado a la selección sub 17 de Uruguay y que le hicieron una entrevista en AUF TV que tuvo “mucha repercusión”.

“Mis padres me inculcaron estudiar y jugar al fútbol e hicimos un contrato de palabra con ellos de que si quería seguir jugando al fútbol tenía que seguir estudiando hasta que me pudiera mantener”, dijo Nahuel –estudiante de Relaciones Internacionales– en esa entrevista.

Agustina juega de volante o de delantera, aunque a veces la utilizan como volante central.

En camino

La imagen de una niña con una botinera o con la camiseta de una institución es “normal”, destacó Rebollo. Hubo una “evolución” en la “difusión” del juego.

Pero el fútbol femenino está “a años luz” del masculino. De hecho, del total de los jugadores de fútbol de la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF), la Organización de Fútbol del Interior (OFI), la Organización Nacional de Fütbol Infantil (ONFI) y el fútbol de salón el 6,5% son mujeres, según datos de la Secretaría Nacional del Deporte.

Una de las explicaciones de la evolución femenina en el fútbol se debe a obligación de Conmebol de que los clubes, para tener la licencia de participación internacional, tengan o apoyen planteles de mujeres. También hay “más demanda” que genera “más oferta”.

Graciela Rebollo, entrenadora del primer equipo de Liverpool

Rebollo cree que cambió la mirada masculina sobre la mujer, aunque aclara que todavía falta. “Hay que respirar hondo”, dijo.

La entrenadora comparó la situación de sus dirigidas con su adolescencia –cuando jugaba al fútbol con sus hermanos y primos– y notó que se han derribado muchas barreras. “Muchas generaciones más viejas no podían jugar federadas”, se lamentó.

Entre la generación de Rebollo y la de Mayra, Agustina y Lara hubo muchas mujeres que “tuvieron que golpear y tirar esas barreras para que ellas lograran esto”, destacó. Y estas jugadoras son las que le van a tirar las barreras para las generaciones siguientes.

"Es normal ver a una niña con una botinera en la calle o verlas vestidas de una institución de fútbol. Igual estamos a años luz” 

Ese paso siguiente es el profesionalismo. El 28 de febrero Nacional dio un paso en esa dirección:  Esperanza Pizarro, Antonella Ferrands y Josefina Villa firmaron los primeros contratos profesionales del fútbol uruguayo.

Los tricolores piensan llegar  a hacer diez contratos y profesionalizar en 2021 todo el fútbol femenino, comentó el entrenador del club Diego Testas a Referí.

El contrato que firmaron estas tres jugadoras tiene el mismo que firma un jugador de fútbol masculino, pero con diferencias en los montos y las cláusulas. “No hay nada legislado, no hay un estatuto, no hay una agremiación, no hay un laudo definido”. “Por más que Nacional tenga algunos contratos firmados, el fútbol femenino sigue siendo amateur”, dijo Testas.

Rebollo destaca el esfuerzo de las jugadoras pese a ser amateur: “Ellas intentan ser profesionales  al no faltar a las prácticas y al hacer un buen papel en la cancha”.

Sueños que aparecen

Mayra empezó a soñar cuando llegó al fútbol hace cuatro años. Ella quiere trabajar algún día de este deporte. “No solo vivir de esto, porque sé que no me alcanza”, reflexiona la estudiante de agronomía. La zaguera sueña con ayudar a su familia. “Es una posibilidad que tienen los hombres”, comparó.

Agustina también quiere un futuro relacionado con el fútbol, pero es algo más ambiciosa. “Mi sueño es irme a otro país, en principio a Estados Unidos, a estudiar y jugar al fútbol”, deseó.

Agustina Gómez, Lara Elohordoy y Mayra Castro, jugadoras del fútbol femenino de Liverpool

Con 11 años, Lara tiene más tiempo aun por delante para pensar en una carrera y preocupase por el futuro. A la zaguera le dicen que sería buena abogada. “Yo quiero ser astrónoma, pero acá en Uruguay es difícil”.

Y la entrenadora le contesta: “Esa es la palabra. Es difícil, pero no imposible”.  

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