Hubo un salto de calidad considerable de los videos que hace años difundían organizaciones terroristas como la ETA, donde algunos encapuchados sentados a una mesa y con una bandera de fondo daban un mensaje a una cámara fija, a los mensajes que emite ahora el Estado Islámico (EI) a través de las redes sociales. No se trata solo de mejoras técnicas considerables, sino sobre todo de una estrategia de medios utilizada para sembrar el terror y un buen aprovechamiento de los recursos técnicos para darles mayor difusión.
Varios fueron los grupos terroristas que usaron la imagen para difundir sus actividades. Uno de los más notables fue Al Qaeda, que comenzó a emitir mensajes grabados de su líder Osama bin Laden. Después vino el clérigo Anwar al-Awlaki, que de la mano de la popularización de YouTube –que permitió desparramar una idea a millones de personas en el instante– se dirigía a los estadounidenses en un inglés coloquial.
Cualquiera de los dos fueron un éxito en su momento, pero eso ahora quedó muy atrás en comparación con el material de los yihadistas que actúan en Irak y Siria, que han lanzado videos con calidad profesional. Ya no es más el líder que habla en árabe durante varios minutos (incluso hay videos de Bin Laden de 30 minutos) ante una cámara lejana que graba en poca calidad, ya no se trata de una voz que se escucha mientras la imagen es una foto fija.
Las piezas audiovisuales de las decapitaciones de los periodistas James Foley y Steven Sotlof son estéticamente atractivas.
Como corresponde a la era actual, no duran más que tres minutos y cada detalle parece pensado. La víctima que habla tiene un micrófono solapero cuyo cable está cuidadosamente oculto por debajo de su ropa, naranja como la de los presos de Guantánamo. Se usan cuatro planos distintos y, por cómo cambian las imágenes, se deduce que se grabaron con al menos tres cámaras. Hubo un trabajo de edición (aparecen los subtítulos en árabe, un texto inicial y hay un logo de la organización a lo largo de todo el video) y el uso que se hace de los planos es muy eficiente: primero enfocan al reo, que con su pausado mensaje logra captar enseguida la atención de quien lo mire.
Junto a la víctima de naranja aparece un encapuchado vestido de negro. Este verdugo del terror se convierte en una suerte de personificación del Estado Islámico, especialmente porque habla en primera persona y en nombre del grupo: “He vuelto, Obama”, comienza diciendo en el último mensaje.
Las palabras también revelan una profesionalización de las técnicas de comunicación de los extremistas: los enunciados son claros y concisos, y la tranquilidad con la que hablan –especialmente el hombre que está a punto de morir decapitado– hacen pensar que hubo varios ensayos y grabaciones.
Estrategia clara
Al entender de los expertos, el buen uso de la imagen no es algo vanal entre los extremistas. “En la acción terrorista el lado ‘estético’, en el sentido de que lo estético está íntimamente ligado a la manipulación emocional de las apariencias o representaciones, siempre está presente”, redactó Ignacio Gómez de Liaño, escritor español y profesor de Estética, en la revista Cool-Tura. En un artículo sobre estética y terrorismo, consideró que el principal valor que tiene esa dimensión del arte para fines políticos es que logra suscitar emociones placenteras.
No es por eso raro que entre los grandes demagogos y tiranos haya habido no pocos “artistas” como Napoleón, Mussolini, Hitler o Mao. “Artistas espantosos y hasta deleznables, si se quiere, pero artistas al fin y al cabo, y capaces de inflamar y movilizar a millones de personas gracias a su facundia, a sus gestos, a su teatralidad”, agregó el experto.
Los videos del EI no van aislados y, al entender de Christoph Günther, experto en Islam de la Universidad de Leipzig, se enmarcan en una estrategia de medios “muy amplia”. Además de los mensajes grabados de antaño, ahora hay infografías, revistas de calidad internacional, cuentas de twitter y videos de mayor duración que bien parecen documentales de TV cable.
En esas producciones audiovisuales se ve a los combatientes reunirse para rezar pero también divertirse, aparecen en combates y organizando fiestas infantiles o excursiones. En definitiva, presentan un estilo de vida que parece atractivo.
Otros son testimoniales y en ellos algún miembro de las brigadas cuenta su experiencia. No es casual que varios de estos tengan como protagonistas a occidentales (el New York Times se detuvo recientemente en los de un canadiense y un británico) que hablan inglés, otro modo de expandir su mensaje entre un público más amplio que el árabe.
Las cuentas de twitter también están en varios idiomas y los comunicados que divulga el grupo son rápidamente traducidos. Algunos llegaron a estar en siete lenguas distintas, como para eliminar al menos las barreras idiomáticas entre los extremistas y el resto del globo.
“Si su fanatismo y decapitaciones parecen provenir de un siglo de distancia, el uso de los medios de comunicación viene de ahora mismo”, consideraron Scott Shane y Ben Hubbard, redactores del New York Times.
Objetivo definido
Con este “cambio de paradigma” en sus acciones –según lo catalogó Maximiliano Javier López, experto argentino que analizó el asunto para el medio Eurasia hoy– el grupo busca crecer en independencia. Y así como la libertad va ayudada de la mayor capacidad económica (y en este punto son fundamentales los pozos petroleros que los terroristas van conquistando a su paso), lo mismo sucede con el mejor manejo de los medios de comunicación.
“Los argumentos teológicos y morales ya no bastan para reclutar simpatizantes. La imagen del mártir que se sacrifica por su movimiento y se refugia en el monte alimentándose a base de hierbas secas no atrae a una nueva generación de jóvenes que, después de todo, algún tipo de conexión, por más pequeña que sea, tiene con el resto del mundo. Por eso, entonces, el fondo del mensaje lo disfrazan con capas de posmodernismo presentando la vida del nuevo fundamentalista islámico como llena de adrenalina, dinero y gloria. Se acabó la impronta de austeridad”, consideró.
Este nuevo idioma visual ya no es un recurso del que los terroristas echan mano con el único fin de hacer llegar un mensaje que, si no, no se transmitiría. Por el contrario, este ahora forma parte de una estrategia más completa, de una organización que busca por una parte sembrar el terror por todo el mundo y para eso recurre a un idioma más universal. De otro lado, pretende llegar a un público objetivo distinto del tradicional, alcanzar a los jóvenes occidentales desencantados que se podrían sumar a su batalla. Qué mejor que hablarles como en el cine de Hollywood, en su idioma y con sus recursos.