14 de marzo de 2013 0:03 hs

Fue uno de los pocos cardenales que cuando llegó a Roma para el cónclave hace unos días no usó los vehículos oficiales y prefirió hacer el camino en el transporte público, seguramente sin saber que esa sería la última vez que recorrería ese trecho en un relativo anonimato. El gesto no fue una originalidad del argentino ni un tipo de cábala preelectoral, sino lo mismo que hacía siempre en su Buenos Aires natal, donde es famoso por trasladarse a pie o en los subtes y colectivos de la ciudad.

Jorge Mario Bergoglio es, entre otras cosas, conocido por su sencillez. Esa que demostró ayer de tarde cuando pidió el micrófono para mandar un último saludo y pedirles que rezaran por él. Esa sencillez por la que vivía solo en un apartamento en el segundo piso de la Curia junto a la catedral, esa por la que cuando comía afuera lo hacía en comedores populares y aquella por la que jamás aceptaba una invitación a un restaurante.

Porteño de Flores, el nuevo papa es hijo de Mario, empleado ferroviario, y Regina, ama de casa. Se crió en Buenos Aires, donde se encariñó con el club San Lorenzo, la música clásica y la literatura; y donde en la temprana juventud estudió para ser técnico químico.

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Luego sintió la llamada de Dios e ingresó en el seminario de Villa Devoto para después viajar a Chile, donde hizo el noviciado en la Compañía de Jesús, los jesuitas. Allí estudió Humanidades, Filosofía y Teología y, después de ordenarse sacerdote en 1969, fue vicerrector y maestro de novicios, profesor, y superior de los jesuitas en Argentina entre 1973 y 1979.De este período es la peor sombra que se cierne sobre el argentino; una acusación que sus detractores no se cansan de hacer y unos argumentos que él ya desistió de desmentir: “Dije mi verdad. No puedo obligar a que me crean”, dice cada tanto.

Lo acusan de no haber hecho lo suficiente para evitar la muerte de los padres Orlando Yorio y Francisco Jalics, que trabajaban en una villa miseria y cayeron en las manos de las Fuerzas Armadas. Su explicación, dada finalmente para el libro El jesuita, es que él intentó hacer lo que pudo: “Ante los rumores de inminencia de un golpe les dije que tuvieran mucho cuidado. Recuerdo que les ofrecí, por si llegaba a ser conveniente para su seguridad, que vinieran a vivir a la casa provincial de la Compañía”, pese a que los dos se estaban alejando de la orden.

“Hice lo que pude con la edad que tenía y las pocas relaciones con las que contaba para abogar por las personas secuestradas. Me moví dentro de mis pocas posibilidades y mi escaso peso”, agregó.

Bergoglio hizo su doctorado en Alemania y en 1992 fue nombrado obispo auxiliar de Buenos Aires. Casi 10 años después, en 2001, Juan Pablo II lo creó cardenal.

Entonces el jesuita no se mandó a hacer una sotana a medida con los nuevos colores de la investidura, como se suele hacer en estos casos, sino que mandó reformar la que había en su casa, una que había usado su antecesor Antonio Quarracino, que había muerto en el año 1998. Después, cuando viajaba a Roma a Bergoglio no le gustaba mostrarse con el vestuario de cardenal y lo más común era verlo con un sobretodo negro.

Desde el púlpito
El ahora exarzobispo no concedía entrevistas, es cierto. Pero siempre estuvo accesible en su despacho para todos los que quisieran, desde el sindicalista Hugo Moyano, hasta la política opositora Gabriela Michetti.

La cortesía no lo es todo tampoco y los que lo conocen aseguran que una de sus luchas es el “ejercicio de la mansedumbre”, según consta en un artículo publicado en el diario argentino Perfil a mediados del año pasado.

En efecto, sus juicios y declaraciones siempre fueron más que claras y son suyas frases como “la esclavitud está a la orden del día, hay chicos en situación de calle desde hace años”, o “en esta ciudad está prohibida la tracción a sangre pero todas las noches veo carritos cargados de cartones y tirados por chicos, ¿eso no es tracción a sangre?”

Así se enfrentó el arzobispo a la legalización del aborto o al casamiento homosexual, criticó la falta de “humildad” de los gobernantes y denunció la deuda social “inmoral, injusta e ilegítima”.

Pero su claridad no era señal de activismo o militancia y Bergoglio, como tantos otros a su edad, a esta altura lo que esperaba era el retiro. Sirvan para esto sus palabras del año pasado, cuando después de cumplir los 75 años esperaba de Roma el nombramiento de su sucesor para poder convertirse en obispo emérito. En ese momento y con la humildad de quien deja la última palabra a su Señor, confió cuáles eran sus deseos, que quedaron estampados en aquella nota de Perfil y que hoy resultan irrisorios.

“Yo tengo claridad sobre mis intenciones: terminar la tesis doctoral que dejé inconclusa, compartir el hogar con los otros sacerdotes, trabajar en Flores. Claro que uno nunca sabe cuál es el rol que Dios le asignará”.

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