"Cuando el papa pasó le gritamos y él hizo que el coche se detuviera. Se bajó, vino, y se sentó en una de las sillitas de los niños de la guardería. Nos dijo: ‘Díganme, ¿ustedes quiénes son?’. Nos dimos cuenta enseguida que era un obispo con ganas de conocer a su gente”.
La anécdota puede ser de estos días en que el mundo no deja de sorprenderse ante un papa que deja esperando al chofer del auto oficial y se sube en el ómnibus con el resto de los cardenales, alguien que hace detener el papamóvil para saludar a un enfermo en plena plaza de San Pedro; una figura venida “del fin del mundo”, que en plena Misa en el Vaticano hace pasar al frente a un cura venido de un país más recóndito que el suyo y que pone como ejemplo una iniciativa surgida en Uruguay. El papa Francisco, que ya está imponiendo un estilo que poco se puede describir o encasillar, pudo haber sido el protagonista de esa escena relatada por el historiador italiano André Riccardi, pero no. El hecho ni siquiera es de estos días –aunque sería absolutamente verosímil– sino de fines de 1978, cuando daba sus primeros pasos en el papado el que ahora es recordado como el gran comunicador, el polaco Juan Pablo II.
Desde que fue elegido el 13 de este mes, Francisco no dejó de sorprender con un estilo que, si bien es novedoso, no se puede decir que sea nuevo: Karol Wojtyla tenía actitudes similares a las que hoy generan tantos titulares. Por ejemplo, la visita que la semana pasada el argentino le hizo a su compatriota internado, el cardenal Jorge Mejía, hizo que muchos recordaran una de las primeras “escapadas” de Juan Pablo II para ver a un amigo suyo que estaba en el sanatorio. Lo mismo podría decirse de sus bromas, las improvisaciones en los discursos o las llamadas que gente anónima pero amiga de Bergoglio recibe por estas horas.
Ya el vocero de la Santa Sede, el padre Federico Lombardi, comparó a las dos figuras cuando tuvo que responder a la pregunta de un periodista sobre cómo será posible custodiar la seguridad de alguien tan importante y al mismo tiempo tan imprevisible como el papa Francisco. “Juan Pablo II rompía las previsiones e iba a saludar a las personas sin avisar antes; los encargados de su seguridad siempre adecuaban los métodos para protegerlo según esas características”, respondió Lombardi este fin de semana.
En efecto, haga lo que haga el nuevo pontífice, “los encargados de su escolta están a su servicio y adaptan las medidas para protegerlo al estilo de cada papa”, como sucedió cuando, allá por el ’78, Juan Pablo II se propuso visitar las 300 parroquias de Roma y grabó en la retina de Riccardi la imagen de su figura en las sillas de los niños.
Lo que no está escrito
El carisma hace que, también, las dos personalidades se parezcan bastante. Y si Juan Pablo II fue llamado la “encíclica nunca escrita”, habrá que ver qué se dirá en un futuro sobre el argentino que usa vehículos comunes y que se acordó de llamar desde Roma al canillita que le vendía el diario todas las mañanas.
Habrá que ver, además, cuánto se asemejan los pontífices en su mensaje, que nunca va a ser diametralmente opuesto porque su misión es la misma, pero que con unas horas de pontificado ya se adivina de un estilo parecido: los recientes mensajes de Francisco en pro de la sencillez no hacen más que recordar las palabras de Juan Pablo II sobre la importancia del “ser” frente al “tener”.
El momento en que les tocó guiar la Iglesia sirve igualmente para ampliar la lista de similitudes. “Juan Pablo II ha dotado al papado de una nueva dimensión”. El filósofo francés René Girard observa que su pontificado se desarrolló en una época de profunda crisis y que el papa entendió desde el primer momento que hacía falta saltar al ruedo, llegar a las multitudes: ‘Había entendido la dinámica de la modernidad’”, escribía el profesor universitario Diego Contreras en el año 2005. Hoy se podría decir otro tanto, aunque esto también se podía afirmar en tiempos de Benedicto XVI, un intelectual nato que igualmente “saltó al ruedo” para encontrarse con la gente, desde las multitudes que lo ovacionaban en las Jornadas Mundiales de la Juventud hasta las víctimas de abusos sexuales que recibió en audiencias privadas.
Pero, es cierto, en el caso de Benedicto XVI el foco estaba más en la Iglesia universal que en la diócesis de Roma. Habrá que ver qué opciones va tomando Francisco, pero se presume que se centrará más en su rol de Obispo de Roma, como Juan Pablo II, en sus acercamientos a los cristianos que están geográficamente más cerca suyo. Sirva de ejemplo su último anuncio: el de trasladar la “Misa en la Cena del Señor” del jueves Santo a la Institución Penal para Menores de Casal del Marmo, en lugar de celebrarla en la basílica mayor de San Juan de Letrán, lugar que en todos estos años fue la sede habitual de la ceremonia.