Mientras en el Parlamento evoluciona la vía legal para permitir la abdicación del rey Juan Carlos I en su hijo Felipe, los analistas de la monarquía española coinciden en que su renuncia fue el correcto corolario de una carrera caracterizada por el acierto en las decisiones políticas. Y que hizo, en definitiva, lo que ahora convenía que hiciera.
En enero de 2013 una encuesta de la firma Sigma Dos revelaba que el 45% de la población era favorable a una abdicación. Esa misma consulta en enero de 2014 elevaba la cifra a 62% y aunque las instituciones centenarias no se guían por los vientos de la opinión, es cierto que estos reflejan la situación de una determinada sociedad. Esos mismos vientos de enero indicaban que la apreciación positiva de Felipe era de 66%, mientras que la del monarca en ejercicio llegaba a 41%.
Entre los expertos que coinciden en señalar la oportunidad de la abdicación está Pilar Urbano, que ha escrito varios libros sobre los miembros de la familia real, el último de ellos titulado La gran desmemoria.
“Ha elegido el mejor momento porque la institución monárquica se está chamuscando. Si quería salvar el trono y entregarlo al hijo, lo mejor que podía era hacerlo ya, y así lo está reconociendo la calle, que le da las gracias porque ha sabido ser un patriota y un muy buen monárquico”, declaró ante la prensa de su país.
A su entender, Juan Carlos fue un buen monárquico porque dijo “me voy porque un minuto más y esto se quema”. Y un buen patriota “porque dice hay una dinámica secesionista, independentista y republicanista que se tiene que afrontar con rostros nuevos, con programas nuevos, con talantes nuevos y con una ejemplaridad distinta”.
Urbano, biógrafa entre otros de la reina Sofía, consideró que Juan Carlos ahora hizo un cortafuego para salvar las dos cosas: “la corona y la petición de desguace de España”.
Tiempos de renovación
En efecto, la abdicación se produce en un momento de particular importancia para España.
José Apezarena, experto en la casa real y editor del periódico El Confidencial, consideró que no había mucho margen para que se produjera la renuncia. Por una parte, acaba de anunciar su retiro el líder del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) Alfredo Pérez Rubalcaba y no se sabe si el mapa político cambiará e impedirá que los legisladores aprueben la reforma legal necesaria para que se concrete el cambio de mando.
Asimismo, para el 9 de noviembre está prevista la celebración de una consulta soberanista en Cataluña, momento para el que se necesita una mano firme en el timón de la barca ibérica. Elecciones al candidato a presidente del PSOE, municipales y autonómicas, y luego elecciones generales ocupan un calendario que hubiera aplazado la renuncia a dentro de dos años.
El momento actual es, como va de suyo, delicado. Los ciudadanos están ahorcados con la crisis económica (si bien los datos publicados ayer hablan de 111.916 personas que consiguieron empleo todavía hay más de cuatro millones y medio en paro) y desorientados ante la falta de liderazgos políticos consistentes. En el marco europeo, las elecciones de hace dos semanas dejaron un panorama incierto con la ascensión de los partidos más radicales.
El movimiento nacionalista catalán no deja de asustar a los más conservadores, que ahora también prestan atención a los republicanos que se juntaron en la Puerta del Sol para pedir de una vez el final del sistema mixto de España.
“No nos encontramos solo ante un relevo generacional, sino ante un cambio de época en el que nuevamente la institución puede y debe servir de ayuda a la hora de solventar los serios problemas que enfrentamos”, consideró en un artículo de El País el analista Juan Luis Cebrián.
Emilio Lamo de Espinosa, presidente del Real Instituto Elcano, comentó en una columna en el diario ABC (que se define como “leal a la corona”) que la monarquía también debe someterse al cambio generacional, “como lo han hecho recientemente otras en Europa, y como debe ocurrir también en la política. La sociedad lo demanda con vehemencia, y lo hemos visto en las recientes elecciones”.
“Tengo para mí que, más que los errores, más que los achaques físicos (nada menos que cinco serias operaciones en pocos años) y más que la crisis económica, es esa demanda de renovación generacional la que ha impulsado la voluntad del rey”, agregó el experto.
El más indicado
Entre los elogios que se ganó Juan Carlos está el del legado que le deja al país: su hijo Felipe, que el 18 de junio asumirá como rey y con el número VI. Con palabras más que claras lo expresó el presidente del Instituto Elcano: “El último servicio prestado a España por el rey que se va es el rey que viene”. Es que la popularidad del todavía príncipe Felipe no hizo más que crecer y su modo de ser inteligente, preparado, trabajador y sencillo se ha ganado el respeto de la mayoría de los españoles.
Tendrá que ser precisamente Felipe, ese que salvó la popularidad de la casa real en los momentos de mayores críticas, el que dará una imagen remozada a la institución centenaria. Él, el heredero mejor preparado, el indicado para finalmente ejercer su cargo.