4 de agosto de 2011 20:29 hs

No hay un cinéfilo nostálgico que no haya tenido que aguantar las lágrimas frente al clásico filme italiano Cinema Paradiso, exceptuando los que se resignaron a llorar a mares.

La película de Giuseppe Tornatore constituye uno de los más tiernos homenajes a las salas de antaño y a las estrellas del Hollywood de la época dorada como Marlon Brando, John Wayne, Greta Garbo y Charles Chaplin. Pero sobre todo es un gran espejo en el que pudieron mirarse los operadores de cabina de las antiguas salas de cine. Y quienes se dedican a esto en Montevideo, también.

La cinta estrenada en 1988 gira en torno a Totó, un niño huérfano de padre que vive en un pequeño pueblo del sur de Italia, durante la posguerra, que padece una pasión incontrolable por el cine. Por eso, todas las tardes se escapa al Cinema Paradiso, la única sala del pueblo, en donde forja una amistad paternal con Alfredo, el operador de cabina.

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Setenta años después de la época que ilustra el filme, veintitrés años luego de su estreno y a unos cuántos kilómetros de distancia del sur de Italia, Montevideo conserva algunas compuertas al pasado habitadas por Totós y Alfredos del siglo XXI que guardan varias similitudes con los originales.

En pequeños cuartos oscuros, solos, miran a través de diminutas ventanas las películas que exhiben. Como Totó, aprendieron el oficio observando a otros operadores más veteranos que les transmitieron sus conocimientos.

Algunos llegaron a trabajar en la época en que Montevideo estaba llena de cines barriales y vieron pasar un sinfín de novelerías cinematográficas que luego no prosperaron. Incluso hay uno que sigue trabajando con el viejo y obsoleto sistema de proyección a carbón. Otros habitan detrás de compuertas que parecen mostrar una nueva era del oficio, más cargada de tecnología y más despojada de imprevistos.

Joé Lamanna: “Tiendo a pensar que el cine 2D va a seguir funcionando”

José Carlos Lamanna (58) es el responsable de operar el único cine barrial que aún subsiste en Montevideo. Trabaja en la cabina del cine Maturana, una oscura habitación de cuatro metros por cuatro metros que se esconde detrás de un salón de clases de la institución educativa.

Traspasar la puerta de acceso a la pequeña y oscura sala de proyección produce la misma sensación que abrir una compuerta al pasado. Dos viejos proyectores de 35 mm Arco Sigma ocupan casi todo el lugar. “Funcionan exactamente igual que hace 50 años. Son los únicos en plaza que funcionan a carbón”, contó Lamanna.

Estos proyectores requieren de la utilización de dos varitas de carbón que a fuerza de dos pequeños motores deben operar casi juntas. Cuando se les aplica corriente continua producen un arco eléctrico que desprende la cantidad de luz necesaria para la proyección.
Lo que en el mundo serían piezas de un museo, –ya hace medio siglo el sistema de carbón se sustituyó por lámparas de arco voltaico de xenón–, en el Maturana funcionan a toda máquina durante las funciones de los sábados y domingos.

Las características del sistema de proyección hacen que Lamanna no pueda distraerse durante la función. En primer lugar debe cuidar que el carbón sea suficiente, y en segundo lugar, como opera rollo por rollo, donde se olvide de cambiarlos recibirá un gran griterío desde las seiscientas butacas que están a sus pies.

Como la mayoría de los operadores de su generación, aprendió el oficio como lo hizo el propio Totó de Cinema Paradiso, observando a otros adultos con más experiencia.
Antiguamente, para poder ejercer como operador se exigía sacar un carné que era otorgado por Espacios Públicos de la intendencia.

Su debut como operador fue nada menos que en el cine Censa ante una sala llena de 2200 butacas. Proyectó Ha llegado el águila de John Sturges.
De ahí saltó a varios cines como el California, Nuevo Ambassador o incluso el antiguo cine de Montevideo Shopping.

Llegó a trabajar con el viejo sistema de combinación de películas entre el Censa y el antiguo cine Punta Carretas, así le tocó esperar un rollo de la película Kramer vs. Kramer mientras la sala estaba llena y demandante, como también le pasa a Alfredo y Toto en Cinema Paradiso.

Lamanna no conoce el nuevo cine en 3D, pero recuerda que ya en la década del 70 se hablaba del fin del cine en dos dimensiones. Entonces le tocó proyectar Tiburón en 3D. “En el cine hubo muchos furores que luego desaparecieron. Otro ejemplo fue el cinerama. Me acuerdo que se preparó el cine Eliseo para este sistema pero después seis o siete proyecciones no pasó más nada”. Por eso, la actitud de Lamanna ante los cambios es bastante escéptica. “Tiendo a pensar que el 2D va a seguir funcionando junto al 3D por un tiempo más”.

Como a ninguno de sus hijos le dio por seguir el oficio, Lamanna trabaja en solitario. Esa misma soledad y los fines de semanas perdidos son los que hoy le hacen dudar si volvería a elegir el mismo oficio en el caso de poder volver atrás.

Alejandro Lasarga: “Hay un poco de Cinema Paradiso los domingos con mi hijo”

Hace quince años cuando era socio y asiduo concurrente a la sala 2 de Cinemateca, cada vez que veía pasar al operador con las latas se moría de ganas de desarrollar el oficio. En ese entonces, trabajaba como operador de radio, un trabajo que define como primo hermano del que hoy desempeña. “Me enteré de que se había generado una vacante para trabajar en cabina y no dudé en presentarme”, cuenta Alejandro Lasarga.

El entusiasmo con el que habla deja traslucir su pasión por el séptimo arte ,y quizás por ello es el que mostró sentirse más identificado con la película Cinema Paradiso. “Si bien el trabajo tiene momentos muy exigentes porque es en vivo y requiere de mucha atención, te deja tiempo para hacer otras cosas”, dice mientras señala a la mesa donde se encuentran dos libros que está leyendo: Pedagogía de la Esperanza, de Pablo Freire y La obra del artista, de Frei Betto.

A juzgar por su lectura nadie diría que está a punto de graduarse como docente de Física en el IPA. Sin embargo, es lo que le está a punto de suceder. De hecho, el próximo año piensa dejar con mucha pena su rol como operador en Cinemateca 18 para dedicarse a dar clases. “No lo dejo porque me haya dejado de gustar, sino porque encontré algo que me apasiona aún más”. Y la frase recuerda a las célebres palabras que le dice Alfredo a Totó cuando lo incita a buscar su vida más allá de su pueblito: “Hazme caso, hagas lo que hagas ámalo, como amabas la cabina del cine Paradiso”.

Lasarga ahora tiene 40 años y un hijo de 9 que lo acompaña todos los domingos. “Hay un poco de Cinema Paradiso en el vínculo que tenemos los domingos. Creo que me admira mucho. Si bien no lo dejo operar si ha hecho algunas pegaduras en las películas, bajo tutela, claro está”, confiesa con orgullo.

Su incursión en el oficio fue junto a veteranos de la institución como Paula Musittelli, Nelson Barraco, Jorge Barboza y Manuel Martínez Carril. “El aprendizaje consistía en sentarse al lado de ellos para esperar que pasara algo y así ver que hacer”, explicó.

En sus quince años de oficio tuvo accidentes para compartir: desde que algunas cintas quedaron trancadas en la Aduana durante los festivales, hasta que aparecieron los subtítulos o escenas cambiadas. Lasarga vivió muy de cerca todas las anécdotas urbanas que se suelen escuchar en torno a Cinemateca.

“Me acuerdo una vez que en un festival largué desordenada una película colombiana. Tuve que cortar la proyección. Subió el propio director de la película a ayudarme y afortunadamente pudimos solucionar el rompecabezas en 15 minutos. Era un viejito divino”, recordó.

Desde su punto de vista el rol de operador puede verse como una parte constitutiva de la creación artística. “El operador es como la coda, es la interfase entre el director y lo que se va a representar en el imaginario del público. Creo que en pequeños detalles como la decisión de cuándo prender las luces o dejar los créditos puede haber una forma especial de acompañar al espectador”.

Para Lasarga, ser operador de cabina de una institución como Cinemateca, que pone en la pantalla películas que forman parte de un archivo fílmico, tiene “un contenido de transmisión de cultura que me hace sentir satisfecho conmigo mismo. Para mi Montevideo es muy distinto si está la Cinemateca funcionando o no lo está”, asegura.

Como la mayoría de los operadores, Lasarga no va al cine. Ya se acostumbró a ver las películas en cuotas desde la pequeña ventana de la cabina y con el intenso sonido del proyector de fondo. “Claro que en cuanto deje la cabina me vuelvo a hacer socio de Cinemateca”, aseguró.

Jorge Tabo: “Antes podías meter más la pata”

Cuando era un niño, Jorge Tabo (58) miraba cine a través de las pequeñas ventanitas de la cabina del Cine Universitario, donde trabajaba su padre. En ese entonces, como Totó cuando miraba a Alfredo, se moría por poder operar esos proyectores gigantes que manejaba su progenitor.

Cuando cumplió 18 el sueño se le cumplió; ya había conseguido el carné de operador. “Antes el gremio era tan fuerte que si no tenías carné no te dejaban operar, por más que fueras el dueño del cine”, contó.

Tabo está cumpliendo 35 años como operador en el Cine Universitario, pero ahora trabaja solo los fines de semana; el resto de los días lo hace en una carpintería de aluminio.
Ya no necesita ponerle tanta atención al oficio como cuando operaba con sistema a carbón y rollo por rollo. Sin embargo, la maquinaria que lo rodea, una Kalee 18, sobrevive incansable desde 1940.

“Antes podías meter más la pata. Me acuerdo una vez, cuando el Cine Universitario funcionaba en la sala del Centro de Protección de Choferes, que me equivoqué en el orden de los rollos mientras emitía El Circo con Charles Chaplin. No te explico las puteadas de la gente”, recordó. En sus primeros años de operador, llegó a utilizar una solución criolla para ahorrar en carbón. “Nosotros comprábamos los puchos, el sobrante de otros cines y hacíamos portapuchos, una especie de chapita que los alargaba y permitía seguir usándolos.

Y así pasaba que a veces le errábamos en el cálculo y se cortaba la proyección de la película”, recordó. Sus palabras, a menudo no se dejan escuchar por el continuo y ensordecedor rum-rum de los proyectores. “El ruido ya no me molesta. Me acostumbré, pero inconscientemente lo estoy escuchando porque si pasa algo raro enseguida me doy cuenta. La otra vez me preguntaron si no tenía el síndrome del operador, ya que aparentemente muchos sienten que alguien los está mirando, pero no siento eso”, dijo reflexivo.

A diferencia de Alfredo, de tantas películas que vio no se acuerda de los diálogos y muchas veces ni siquiera de los nombres. Como directores le gustan Clint Eastwood y Woody Allen pero está lejos de considerarse un fanático.

Su contacto con el cine se reduce a las cuatro paredes oscuras que lo rodean. “Hace años que no voy a una sala como espectador. No conozco los Moviecenter”, confesó.

Leandro Salazar: “A mi dame todo semiautomático”

Si ingresar a la cabina del Maturana provocaba la sensación de estar iniciando un viaje al pasado, ingresar a las cabinas de Movicenter parece un viaje futurista.
Se trata de una angosta y profunda sala donde se distribuyen 10 proyectores 35 mm de plato, más un par de proyectores digitales. Cada uno, enfrentado a una pequeña ventanita que da a las distintas salas del complejo.

“Yo debo ser la persona que menos cine veo en el mundo”, contó Luciano Salazar, de 22 años y que lleva tres años trabajando en el complejo. “Acá no tenés tiempo de dedicarte a mirar la película porque cada media hora tenés que estar largando, enhebrando o desarmando. Y cuando llega el fin de semana no quiero ni pasar por la puerta de un cine”, justificó. No obstante, se ve obligado a ver todos los principios de filmes para corroborar que no haya inconvenientes en la emisión.

Como la mayoría de sus compañeros ingresó a Movicenter como auxiliar para vender pop. Pero fue después que se decidió a presentarse al llamado para ser operador. “El mayor incentivo es que se gana más y a como no estamos en la atención al público tenemos otras libertades como la posibilidad de tomar mate o escuchar radio”, contó.

Salazar está cursando 3º de Medicina. Por eso no se ve como operador por mucho tiempo más, aunque por ahora, le resulta conveniente. “Si me llevás a una cabina de antes, no tengo ni idea de como funciona. A mi dame todo semiatutomático”, dice humildemente. El sistema de proyección de plato con el que cuenta el Movicenter es de los más modernos; no necesita rebobinado, ni tampoco estar cambiando rollos.

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