8 de enero de 2020 18:47 hs

"Esto es una vergüenza". Mónica Salomonovich grita mientras camina de un lado hacia el otro. Dice que esta escena, ella furiosa y maldiciendo al viento una mañana cualquiera de enero en la playa Mansa de Punta del Este, se repite año tras año. El motivo es que algunos edificios ocupan grandes espacios sobre la arena en los que instalan sombrillas, con sus reposeras y sillas, y en el mejor lugar de la playa: en la primera línea, a pocos metros de las olas.

"Vengo siempre con mis nietos y mirá lo que es esto: tenemos un gueto, estamos cercados por las sombrillas de acá al lado, cuando esto debería ser para los que pagamos los impuestos todos los años", insiste Salomonovich. "Y hace media hora que estoy llamando a la Intendencia, al 4222 3333, y no te contesta nadie", agrega, bajo el tórrido sol de las 10.30 de la mañana de este miércoles. Su hija interviene para reforzar el relato, y otros veraneantes que escuchan el reclamo se acercan y defienden lo mismo: que la playa es un espacio público.

Sobre las 9, en este mismo punto –la parada 5–, terminaban de ser instaladas las sombrillas del edificio Gala Tower que enfurecieron a Salomonovich más de una hora después. Para entonces ya habían instalado las cinco filas de reposeras, según constató El Observador. Al costado, hacia el oeste, ya estaban clavadas 13 sombrillas del edificio Sunrise, aunque solo dos estaban desplegadas. El empleado a cargo del servicio dijo que entendía que "la playa es pública" y que por eso no molestaban a quienes se sentaran cerca del espacio que el edificio se reserva; puso de ejemplo a cuatro jóvenes que estaban dentro de una carpa a menos de un metro de una de las reposeras de Sunrise.

La molestia de los vecinos del balneario con esta situación –cuyo comienzo para algunos data de 15 años atrás, aunque para otros es un conflicto mucho más reciente– llegó a manifestarse esta temporada en las redes sociales. El psicólogo Roberto Balaguer publicó en los últimos días tuits denunciando la misma situación en la playa Brava.

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Y en respuesta a uno de sus reclamos, la cuenta de Twitter del municipio de Punta del Este reiteró el lunes la normativa municipal que rige los servicios de playa: los edificios pueden colocar hasta seis sombrillas con dos reposeras cada una, y solo aumentar los puestos a medida que la gente los vaya ocupando. Es decir, una norma que, al menos en la mañana de este miércoles en la playa Mansa, la gran mayoría incumple.

Todavía no eran las 9.30 y el edificio Taquendama 1 tenía en la arena 13 sombrillas abiertas con sus asientos a 10 metros del agua –una de las únicas condiciones que se respeta de la norma–, otra fila de 13 detrás, y una tercera de 10, aunque no desplegadas. Del total de puestos –36 sillas–, a esa hora de la mañana solo cinco estaban ocupados.

Lo mismo un poco más adelante: Tunquelén 1 instaló nueve sombrillas en la primera línea, y dejó otras ocho atrás, sin que nadie las ocupara. Le seguían las reposeras de Sea and Forest –seis sombrillas adelante con dos personas, 12 atrás sin usar– y las que instaló el edificio Yoo: un total de 20, solo dos usadas a las 09.45.

En otro tuit de la cuenta oficial del municipio del balneario, se informó que todos los reportes realizados en las redes sociales de situaciones similares fueron tenidos en cuenta, y que ante incumplimiento "se puede suspender todo el servicio de playa del edificio".

En una entrevista concedida el 24 de enero del año pasado a Fm Gente, la directora de Medio Ambiente de la comuna, Bethy Molina, reconoció que el problema era habitual desde hacía años, y que entonces los inspectores estaban "permanentemente recorriendo y tratando de hacer cumplir la normativa". También dijo esa vez que esta zona de la Mansa –entre las paradas 1 y 7–, y el tramo equivalente de la Brava, eran las más "conflictivas".

El Observador intentó el contacto con la jerarca para conocer qué sanciones han habido hasta la fecha y cómo ha sido la fiscalización, pero no respondió a los varios llamados ni estaba en su oficina al mediodía de este miércoles.

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María, de la parada 8 –prefirió no dar su apellido–, dice que una vez, hace tres años, denunció a la intendencia la irregularidad de uno de los edificios y que la situación mejoró durante un tiempo, pero luego volvió a reiterarse el incumplimiento.

Muchos coinciden en eso: no hay fiscalización constante.

Liliana, veraneante oriunda de Flores, asegura que en ocasiones, cuando se van de la playa, sobre las 11.30, varias sombrillas –instaladas casi todas entre las 7 y las 8 de la mañana– siguen sin ser ocupadas.

La "bronca" de Carolina –tampoco quiso decir su apellido– es parecida a la de Salomonovich: "Son una plaga, toda la vida igual", dice.

Su tía, Piccina Torres, veraneante del balneario desde hace 49 años, y parada cerca de ella, afirma: "Antes teníamos libertad de venir a la playa y ubicarnos en cualquier lado, pero ahora la preferencia la tienen ellos. ¿Y quiénes son ellos?", reclama. "Esto pasa desde hace 15 años. La intendencia ha dicho que ponen multas".

Salomonovich, mientras tanto, logró que la atendieran en la intendencia. "Espero que sea la última persona con la que me pasan, porque sos la tercera a la que le tengo que hacer el cuento. Estoy en la parada 5", dice, y relata los detalles de nuevo, hasta que le pasan a una cuarta persona: la directora Bethy Molina.

"Al lado mío tengo más de 30 sombrillas, y de esas 30 seis están siendo usadas, y encima tuvieron el tupé de poner sillas que cercan el espacio", cuestiona.

Marcelo Umpierrez

Corta luego de cinco minutos, y dice: "Va a venir un inspector, que está en la Brava. La multa son 30 Unidades Reajustables –poco más de $ 35 mil–, pero dijo que se matan de risa porque eso es una propina que le dan a cualquiera".

A unos pocos metros de Salomonovich, debajo de la casilla de salvavidas, Facundo Acosta, el playero del edificio Miami Boulevard, repite lo que dijo su colega del Sunrise. "Tratamos de no molestar a nadie: si cuando llegamos hay alguien ocupando, lo dejamos ahí y armamos alrededor", cuenta.

También dice que si respetaran al pie de la letra la norma, se verían superados por la demanda. "Cuando se hacen las 12 se llena de gente del edificio, y si no tenemos armado todo no damos abasto".

Y también cuenta: "Cuando la gente nos habla, nos habla mal, y nosotros nos dirigimos siempre con respeto: les decimos que estamos trabajando para el edificio y que seguimos las órdenes que nos dan".

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