Tuve la suerte, en mi niñez, de vivir en una casa con fondo y de crecer en un hogar en el que a mis mayores les gustaban las plantas. Y en ese hogar de mi niñez cada tanto, venía un jardinero muy peculiar. Sus raíces en los pueblos originarios eran evidente. Muy parecido al protagonista de la película Dersu Uzala, don Rivero tenía los ojos achinados, la cara regordeta, la tez cobriza y las pocas palabras que me enseñaban en la escuela tenían los “indígenas”.
Don Rivero juntaba la bosta que los caballos dejaban en el potrero que hoy se llama Plaza John Lennon en la blanqueada, lo traía en baldes a mi jardín y con un movimiento muy habilidoso de pala chica, daba vuelta la tierra e iba enterrando el estiércol. Este es el mejor abono, me decía mientras yo lo acompañaba. Y ciertamente luego de su venida, se percibía un efecto maravilloso en las plantas del jardín.
Me he estado acordando de don Rivero y la vigencia de su agronomía en estos meses locos de suba de precios de las materias primas.
El precio de los alimentos ya era récord de acuerdo a FAO antes de que la guerra empezara. Ahora el problema de la “inflación de los alimentos” se volverá mucho más estructural y con un componente que irrumpe y que puede cambiar a la producción agrícola para siempre: la crisis de los fertilizantes. La suma de grandes problemas sanitarios en cerdos y aves, con sequías desde Canadá a Brasil empujaron la disparada de precios hasta un mes atrás.
En parte se lo podría considerar un eslabón más de lo que se ha dado en llamar el supply Crunch, la crisis de la oferta que irrumpió durante la pandemia, cuando faltaron desde chips a contenedores por distintos inconvenientes.
La guerra agravó dramáticamente esa situación. Efectivamente, ahora falta fertilizantes, nitrogenados, fosfatados y potásicos, es decir todas las variantes de los fertilizantes sintéticos que proveen los tres componentes principales de la nutrición de las plantas.
La restricción en los fertilizantes empezó en el segundo semestre del año pasado por las restricciones que Rusia y China habían puesto a las exportaciones. Eran recortes de la oferta parciales que en parte se originan en el fuerte impacto climático que tiene la producción de fertilizantes. En el esfuerzo por equilibrar las cuentas de gases de efecto invernadero se empezaba a vislumbrar una lógica de dos gigantes de la producción de fertilizantes por priorizar a sus propios agricultores suspendiendo parcialmente la venta al exterior.
Ahora, con la guerra, las restricciones al fertilizante ruso se vuelven estructurales, porque además la inhabilitación del código Swift para
Rusia le hace casi imposible en la práctica exportar, lo que llevó una restricción parcial y transitoria a una que viene siendo permanente.
Rusia y Bielorrusia son origen de aproximadamente la mitad de los fertilizantes que se importan en Uruguay.
Pero aparece una situación mucho más estructural. La urea se fabrica en base a gas natural. Y es poco probable que el gas natural, en ausencia del producto ruso, vaya a destinarse a la elaboración de fertilizantes. La industria europea y el abastecimiento de los hogares pasaran a ser prioridad.
Las restricciones ya las sienten los agricultores de todo el mundo. Canadá es la principal fuente alternativa de fertilizantes a Rusia y China pero previsiblemente va a priorizar los envíos a EEUU, con más poder adquisitivo y cercanía.
El precio récord de los fertilizantes, es decir su muy aguda escasez es un fenómeno que debe verse con mucha atención. Los más de mil millones de toneladas de maíz que se producen en el mundo, los 600 millones de toneladas de trigo y las otras tantas de arroz, se producen porque a las plantas se las alimenta. Es muy difícil hacer una agricultura de alto rendimiento sin fertilización. Y por otra parte sería hacer minería de los suelos, lo que es completamente insostenible. Si saco nutrientes en forma de grano, tengo que reponerlos generosamente. Es la materia prima a la que la planta agregará valor a través de la energía solar de la fotosíntesis.
Escasez de fertilizantes equivale a escasez de granos. Por supuesto, puede pasar que la guerra termine pronto y los bloques se amiguen, las sanciones a Rusia se levanten. Aún en ese escenario, usar combustibles fósiles para hacer fertilizantes va a ser cada vez más cuestionado y dificultoso.
Es probable que el alto precio de los fertilizantes se vuelva estructural. Lo que obliga a pensar la estrategia de fertilización del país. Hay un escenario posible de precios estructuralmente altos de los fertilizantes tradicionales.
Los cambios que ya generaba el factor clima, acelerados por la guerra llevan por un lado a valorizar el papel de las leguminosas. Las maravillosas plantas con chauchas, desde la lenteja al ceibo captan nitrógeno del aire a través de una simbiosis con las bacterias Rhizobium.
La tan criticada soja, no nos pide fertilizantes nitrogenados: ella se arregla. Uruguay fue pionero en lo que se llamaban plantaciones asociadas, donde el trigo se sembraba junto a una pradera. Y tiene un historial de rotaciones donde tras la agricultura van los forrajes a restablecer composición y estructura de los suelos.
Pero las plantas no solo precisan nitrógeno, también precisan mucho fósforo. Y allí es más complicado abastecerse. El fósforo y el potasio no se obtienen fácilmente con mecanismos de simbiosis. Y según advierte el catedrático de suelos Fernando García Préchac, la escasez relativa del fósforo es mayor que la del petróleo. El pico de oferta de fósforo en algún momento va a llegar. ¿Qué va a hacer Uruguay al respecto?
Aquí es donde la solución de don Rivero viene a cuento. La agronomía olvidada. La bosta pasa a ser un pilar estratégico de nuestra ganadería e incluso de nuestro agro. Un fertilizante que tiene nitrógeno, fósforo, potasio, innumerables oligoelementos, microrganismos y materia orgánica, debe ser revalorizado, para empezar culturalmente. Es un error decir de algo despreciativamente que es una “bosta”. Por cierto, estamos evolutivamente programados para rechazar las excrecencias, pueden desagradarnos al olfato. Pero es altamente factible que su hora les haya llegado.
Varios productores lecheros la han usado para fertilizar los campos en una práctica que se llama de camas calientes: el estiércol calefacciona la cama de las vacas lecheras y tras un período de tiempo vuelve a las pasturas como fertilizante.
Los productores de carne vacuna en sistemas de pastoreo racional en altas cargas, son cuidadosos en cuanto a que se desarrollen los coleópteros que devoran el estiércol y cuyas excreciones ya son casi humus.
Las lombrices importan cada vez más porque son mejoradoras permanentes de los suelos. Y los millones de microorganismos que hacen la tarea invisible de convertir las hojas y tallos que caen en materia orgánica nutritiva para las plantas. De acuerdo al asesor lechero Mario Fosatti entra más nitrógeno y fósforo a un predio lechero por las raciones de los animales que por fertilizante. De modo que un buen manejo del estiércol es un agregado de valor en una conversión de lo que entró como raciones y ya dio leche, a ser un nutriente del suelo.
La agricultura biológica y circular, así como las energías renovables, pasan de ser un nicho a ser parte de las nuevas reglas del juego. Ya venía sucediendo, pero la guerra acelera el proceso. La fertilización y el manejo de suelos están probablemente ante cambios tan cualitativos como la invención del arado y de la siembra directa. El desafío será volver a la fertilización de don Rivero, pero a gran escala.