El hombre estaba junto a una mesa donde se servía un abanico de quesos y fiambres multicolores, cerca de una chimenea central donde ardían los leños de un fuego innecesario: la noche estaba cálida en las afueras de José Ignacio.
Era el medio scrum de los Pumas el que acaparaba la mayor atención de los medios, tanto argentinos como uruguayos. Pichot acaba de lanzar HP9, una línea de ropa deportiva y sport a través de Nike.
De pronto, alguien reconoce al “hijo del viento”. Se acerca con cierta timidez y en un inglés un poco tosco le pide para sacarse una fotografía. Lewis accede, se seca la espuma de la cerveza de sus labios, se quita los lentes, coloca un brazo por encima del hombro del fan y sonríe como si se tratara de una promoción de pasta de dientes. El flash los baña a los dos, le fan agradece y Lewis vuelve a la seriedad.
El Observador le pregunta si está aburrido: “No, hombre, estoy disfrutando”. Opinó que Uruguay es un hermoso país que todavía no conocía, pero en el que “lamentablemente” pasará solo unas horas. Ayer ya voló de nuevo a Buenos Aires, donde continúa su gira promocional.
Hoy en día, Lewis se encuentra alejado de las actividades deportivas (ver recuadro) y se ha dedicado más a la actuación y a la beneficencia —a través de la fundación de la cadena de comida Mc Donalds— que a las actividades deportivas. Salvo por la aparición en algunas cadenas televisivas de deportes, la cara de Lewis se ha visto más en series haciendo de sí mismo en la ficción.
En medio de todo eso, Lewis se dirige hacia un DJ que está mezclando música. Lewis discute con el joven sobre un cd que dice Summer 2011. Lewis bromea con el DJ, que resulta ser su hijo. Se llama Bakim, tiene 17 años, todavía está en el liceo y su hobby es pasar música. Hablan de música y de cómo mezclar los temas.
Suena Adele, suenan los franceses de Phoenix, todos elegidos por Bakim con el asentimiento de Carl. Pero padre e hijo se cuelgan en la mezcla, el volumen sube y los periodistas que están entrevistando a Pichot tienen problemas con el sonido. Entonces le piden amablemente que le bajen. Bakim pone cara de pocos amigos.
Carl sonríe con orgullo. “Es muy rápido y muy talentoso. Quizás tenga que conseguir un trabajo en esto”, dice Lewis de su hijo. El joven asiente. “Soy más rápido que vos”, le dice al padre. El padre afirma que no se animara a correr contra Bakim. La velocidad entra en la conversación. “¿Qué opina de Usain Bolt?”:
“Es un gran corredor, el mejor que haya visto en mucho tiempo.” Lewis se imagina corriendo contra el jamaiquino. “Sería una carrera pereja”, advierte sobre esa ucronía. Más risas. Otra cerveza. Prueba una empanada de carne, a pesar de que asegura que es vegano.
Pero el corredor prefiere salir a ver la impresionante noche estrellada en el cielo de José Ignacio. Frente al club house hay una enorme cancha de polo, con el pasto milimétrico. Junto a su hijo menor, un niño de 12 años llamado Clive, salió a caminar por la cancha. De a poco comenzó a trotar por el césped. Su figura se recortó por encima del bosque de pinos al fondo. Pero no estoy seguro de que se pueda decir que Carl Lewis corrió en Punta del Este.