6 de diciembre 2013 - 17:44hs

"Escucho a los asesinos llamarme por mi nombre.

Estaban del otro lado de la pared, y menos de tres centímetros de estuco y madera nos separaban. Sus voces eran frías, duras y decididas.

–Ella está aquí... sabemos que está por aquí en algún lado... Encuéntrenla, encuentren a Immaculée.

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Había muchas voces, muchos asesinos (…).

–He matado 399 cucarachas, –dijo uno de los asesinos–. Immaculée sería la número 400. Es un buen número para matar.

Me agazapé en la esquina de nuestro minúsculo baño secreto sin mover un músculo. Al igual que las otras siete mujeres que se escondían para salvar sus vidas conmigo, retuve mi respiración para que los asesinos no pudieran escucharme mientras respiraba.

Sus voces me arañaban la carne. Sentía como si estuviera acostada en un lecho de carbones ardientes, como si me hubieran prendido en fuego. Un viento arrollador de dolor engullía mi cuerpo; miles de agujas invisibles me destrozaban por dentro. Jamás soñé que el miedo pudiera causar una angustia física tan agonizante.

Intenté tragar, pero mi garganta se había cerrado. No tenía saliva, y mi boca estaba más seca que la arena. Cerré mis ojos y traté de hacerme desaparecer, pero sus voces sonaban cada vez con más fuerza. Sabía que ellos no tendrían misericordia, y en mi mente sólo resonaba un pensamiento:
Si me atrapan, me matan. Si me atrapan, me matan".

Así comienza la introducción de Sobrevivir para contarlo, un libro de poco más de 200 páginas que condensa violencia y desesperación a grados alarmantes con una profunda vida interior en el marco de una historia que es real y reciente: el genocidio de Ruanda de 1994 y el testimonio de uno de sus contados sobrevivientes tutsis, Immaculée Ilibagiza.

Aunque poco conocida, la masacre en el país africano fue de las más grandes del mundo (un millón de asesinatos en tres meses) y de las más salvajes, pues las armas usadas fueron machetes y palos. Los asesinos avanzaban, a veces de a cientos, aniquilando poblaciones enteras.

El criterio de selección era racial y el móvil fue el odio. Los hutus se rebelaron contra los tutsis y los asesinaron porque sí, impulsados por las campañas de exterminio y olvidándose de que tal vez antes habían sido amigos o beneficiarios de las víctimas. Debían morir y con crueldad porque eran “cucarachas”.

Los pocos tutsis que se salvaron lo hicieron en condiciones infrahumanas: alimentándose solo de pasto y hojas y durmiendo en huecos en el bosque, haciéndose pasar por cadáveres o bien escondidos en la casa de alguien. Este último es el caso de Immaculée, que corrió desde su casa hasta la de un pastor amigo de la familia en otra localidad y terminó encerrada en un baño de un metro por un metro 20 junto con otras cinco (y luego siete) mujeres.

El clérigo era hutu y se arriesgó a ser degollado al esconderlas, pero les puso sus condiciones para que sobrevivieran: no podían hacer el más mínimo ruido, comerían cuando él pudiera llevarles algo y tirarían de la cisterna solo cuando escucharan que se hacía lo mismo en el baño que estaba del otro lado de la pared.

Así comenzaron unos días (finalmente 91) de movimientos coordinados para no aplastarse, hambre –Immaculé adelgazó de los 52 a los 29 kilos–, lenguaje de señas y miedo. Porque los asesinos volvían y requisaban la casa, y siempre corrían el riesgo de que alguien las descubriera detrás de la puerta o las viera por la mínima ventana.

El complemento del título del libro es “Cómo descubrí a Dios en medio del Holocausto de Ruanda” y la fe de la protagonista enmudece a cualquiera.

Sola en el baño, se aferró a Dios y rezaba 15 o 20 horas al día, segura de que Él le permitiría salir de ese horror. Antes, pasó por la desesperación, el dolor por la muerte de todos sus seres queridos, el desprecio hacia los que la traicionaron y la angustia por la soledad. Pero después, las consecuencias de su fe se comprobaron radicales.

“Múestrame cómo hacer para que los asesinos no nos vean de nuevo”, le pidió una noche a Dios, y en seguida tuvo la certeza de que el pastor tenía que bloquear la puerta del baño con un ropero que la ocultara. Lo mismo pasó otras tantas veces, como cuando ella y dos compañeros tuvieron que atravesar una zona repleta de rebeldes que los miraban a los ojos pero que no los mataron solo por milagro, o cuando se convenció de que conseguiría cierto trabajo y finalmente lo obtuvo. Hasta su marido fue la respuesta a sus oraciones, sin las cuales –lo ha repetido en varias conferencias– no habría tenido la fortaleza de superar ese presente.

Tampoco habría tenido el espíritu necesario para perdonar a los asesinos de sus padres o para volver a su aldea –desolada– y ver la tumba de su madre que, como le contó un vecino, “fue de las pocas que llegaron a ser enterradas… había demasiados cadáveres y no quedaba nadie para cavar tumbas”.

La formación de la autora, hija de maestros y estudiante universitaria al momento de la tragedia, le permitió tener más armas para poder expresar sus padecimientos. Lo mismo a la hora de rehacer su vida tras el final de la guerra: gracias a que se empecinó en aprender inglés con un libro y un diccionario que le dio el pastor, logró en sus semanas de silencio entender un idioma que le abriría las puertas al mundo laboral.

Y fue gracias a los idiomas, también, que Immaculée estuvo trabajando en un campo de refugiados organizado por los franceses y que conoció a otras tantas personas que necesitaban dar a conocer su historia de salvación.

Una de ellas es Florence, un personaje secundario en el libro que sobrevivió porque los asesinos “la habían tirado en la parte de atrás de un camión con el resto de los cadáveres.

Cuando se despertó, estaba encima de los cuerpos de sus padres y encima de ella estaba su hermana”, que todavía tenía clavada en el pecho una flecha igual a las que le habían lanzado a ella. La joven le relató a Ilibagiza lo que sintió cuando se despertó rodeada de cuerpos: “Miré hacia arriba del acantilado y no comprendí cómo podía haber sobrevivido. Era una caída de por lo menos 60 metros. Sólo puedo creer que Dios salvó mi vida con un propósito”. El de contarlo, le respondió la escritora, que sobrevivió con esa misma misión y que, tanto en su libro como en sus conferencias y a través de su fundación, lo logra y con excelencia.

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