El día de ayer volvió a ser un caos en Brasil, empezando por una señora que la noche anterior había inhalado gas de una bomba lacrimógena y al fallecer se convirtió en la segunda víctima de las protestas, pasando los por los rumores de que la FIFA cancelaría la Copa de las Confederaciones y teniendo en cuenta el hecho de que un ministro dijo temer por la seguridad durante la estadía del papa Francisco durante la Jornada Mundial de la Juventud el mes que viene. Al caer la noche, la presidenta habló a su gente.
Dilma Rousseff tomó el asunto con seriedad y transmitió su mensaje por cadena nacional de radio y televisión. Después de cinco días de protestas multitudinarias –comenzaron hace dos semanas pero recién el lunes congregaron a cientos de miles de personas en más de 100 ciudades en todo el país–, le propuso a los manifestantes “aprovechar la fuerza para avanzar más rápido”.
Fue inteligente: optó por saludar la iniciativa de la gente y canalizarla para donde más le conviene. “Las manifestaciones muestran la fuerza de nuestra democracia” djo en un momento. “Tenemos que aprovechar esa fuerza para más cambios que beneficien a todos”, agregó después.
Rousseff, que tuvo un pasado de guerrillera en la década de los 60, se identificó con los jóvenes que hoy protestaron por todo Brasil exigiendo una distribución más justa del dinero. “Mi generación trabajó mucho para que la voz de la calle sea escuchada. La voz de la calle precisa escuchada y respetada”, afirmó antes de prometer reformas, aunque no abundó en detalles.
A continuación llegaron los anuncios: que destinará el 100% de los recursos del petróleo para la educación, que llevarán a médicos del exterior para mejor la salud social y que buscará dialogar con los líderes de las marchas “pacíficas”. Enfatizó esa última palabra y aprovechó para criticar la violencia que en días pasados destruyó hasta monumentos históricos del país y que, según los primeros cálculos, podrían costar al Estado cerca de US$ 1 millón solo en Río de Janeiro. “Si dejamos que la violencia tome el rumbo, corremos el riesgo de perder mucho”, advirtió.
La estadista, que desde las nueve de la mañana se pasó el día reunida con ministros y autoridades y que canceló una gira a Japón de la semana entrante, aprobó luego que los ciudadanos fiscalicen el uso público del dinero público, y a continuación se dedicó a explicar el origen de los fondos para los estadios del Mundial, algo criticado por los activistas. Ese dinero corresponde a “las empresas y los estados responsables” y de ninguna manera implica a los fondos nacionales. “Jamás permitiría que la plata del Mundial saliera de salud y educación de Brasil”, aseguró.
Casi antes de terminar su discurso, Rousseff sacó la carta más emotiva, en la que le pidió a sus conciudadanos ser respetuosos de los demás países y conscientes de las glorias adquiridas por el jogo bonito: “Brasil, el único país que participó en todas las copas, cinco veces campeón del mundo, siempre fue bien recibido en todas partes. Precisamos darle a nuestros pueblos hermanos la misma acogida”.
Y para el final, eligió un mensaje igualmente conciliador, que comenzó con las palabras “amigos y amigas”. “Quiero repetir que mi gobierno está escuchando la voz de la calle. Quiero decir a quienes fueron a la calle: los estoy escuchando”.