Con unos 600 muertos y 159.000 nuevos desplazados en una semana, la República Centroafricana (RCA) vive una de las crisis humanitarias más ingentes. En marzo los rebeldes de Seleka se apoderaron del poder y desde entonces han aumentado los combates con los anti-balaka, antimachetes en el idioma local. Por mandato de la ONU los militares franceses ahora revisan a todos para requisar armas de fuego y machetes, pero la paz está lejos de llegar al país. Cientos de miles viven desplazados por miedo a ser aniquilados o incendiados y las necesidades no hacen sino aumentar. Esta semana Médicos Sin Fronteras, presente en el lugar desde 1997, denunció la "actuación inaceptable del sistema humanitario" de la ONU y le pidió estar a la altura de las circunstancias. Desde Bangui, y por Skype, el responsable de Asuntos Humanitarios de la organización internacional en República Centroafricana, Albert Caramés, describió cómo ve a ese país con hay un millón de personas en riesgo de desnutrición.
¿A cuánta gente atienden? ¿Cuántos necesitan ayuda?
En el país hay muchísimas cifras que valgan al respecto. Aproximadamente, habremos atendido a más de 300 pacientes en los últimos días en Bangui y hemos actuado en campos de más de 20.000 desplazados, atendiendo necesidades sanitarias básicas.
Pero dentro del país hay muchas cifras. Hasta hoy se hablaba de 400.000 desplazados internos, y más de 1 millón de personas en riesgo de desnutrición. Pero decir la necesidad aquí en RCA es muy subjetivo: son muchas las necesidades y no únicamente de emergencia. Es un país que siempre ha estado a caballo entre las necesidades de emergencia y los problemas de desarrollo estructurales. La presencia de MSF desde hace tantos años indica que ha estado necesitado.
¿Cómo es la seguridad para ejercer su trabajo?
Es delicado. No vamos a negar que no es fácil. Intentamos asesorarnos lo mejor posible, establecer los contactos con todos los actores participantes, no únicamente para saber cómo está la situación sino también para transmitir el mensaje de que estamos aquí solo para hacer atención médica a todo tipo de personas, sin ningún tipo de discriminación. A pesar de eso y de que repetimos el mensaje y que tiene una relativa buena acogida, no implica que en situaciones de conflicto o violencia armada donde podamos estar en situaciones tensas, tengamos que restringir algunos de nuestros movimientos. Por eso es muy fluctuante: depende de la zona, del momento, de la situación, del contexto; hay muchos factores.
¿Ha presenciado peligro mayor?
Personalmente, no. No negaré que hemos oído bastantes tiros, pero no nos hemos encontrado con ninguna situación tensa donde hayamos tenido un problema de seguridad. Pero eso es por el momento: siempre estamos atentos porque la situación es altamente frágil. No podemos saber a qué nos vamos a atener esta tarde o mañana de mañana. Ahora mismo hablar de la situación mañana es absolutamente lejano porque no sabemos lo que pasará esta tarde, esta noche y cómo amanecerá mañana.
¿Cómo cree que evolucionará el conflicto?
En estas complejas situaciones se hace difícil evaluar la evolución, aunque de todas formas no hacemos una previsión de lo que puede pasar. Lo que nos gustaría que pasara es lo que quiere todo el mundo, empezando por la población centroafricana. Pero lo que puede pasar se nos escapa a muchos de los humanos.
¿Qué se percibe en la población?
Miedo, hay bastante miedo. Hay enfrentamientos en los barrios. Este miedo se ve en el desplazamiento de la gente, mismo en la ciudad, que es un fenómeno bastante nuevo en el país. Además, hay necesidades: hambre, falta de abrigo, muchas necesidades.
¿Cómo son las condiciones de trabajo?
No es sencillo, pero intentamos aportar todos los recursos técnicos, materiales y humanos para que sea posible, con el personal médico internacional y nacional, con los medicamentos y el material logístico necesario –vías, mosquiteras, colchones–. Obviamente nuestros recursos, como los de todo el mundo, no son infinitos y por eso insistimos a todos los niveles en una mayor ayuda de la comunidad internacional al respecto.
¿Cómo evalúa la ayuda que llega?
Es insuficiente. Intentamos cubrir todas las necesidades que podemos y aún así necesitaríamos que más actores intervinieran. La población es en buena parte desplazada y tiene necesidades en materia de abrigo, alimentación o saneamiento, especialmente en los campos de desplazados.
¿Ha estado en algún campo?
Sí, visité uno el domingo. Sobre todo, se percibe incertidumbre, miedo. No había excesivo descontento sino más bien una sensación de alivio, pero había problemas de alimentación y, sobre todo, de saneamiento. En un campo donde había entre 5.000 y 6.000 personas había cuatro letrinas y una fuente de acceso a agua potable. Eso da la idea de las precariedades que allí hay. Por eso hacemos un llamamiento a la comunidad humanitaria a redoblar los esfuerzos.
¿Qué es lo que más se necesita ahora?
Ahora tratamos muchos casos de heridas con armas de fuego, armas blancas, politraumatismos. Lo que pasa es que, por las condiciones que ahora se presentan –muchos días en campos de desplazados con pocas necesidades cubiertas– no es descartable que haya casos de hipotermia, problemas de salud viral, desnutrición. No obstante, los heridos que tenemos son casos urgentes.
¿Cómo evolucionó esto desde mayo? ¿Mejoró?
Veo un claro empeoramiento de las hostilidades y no únicamente por los incidentes de los últimos días. Hemos recibido testimonios de la violencia intercomunitaria en las últimas semanas.
Según Forbes International, República Centroafricana es "el país más triste del mundo".
Perfil
Albert Caramés es catalán y llegó a RCA en mayo, en el marco del aumento de las actividades de MSF en el terreno después del derrocamiento del presidente en marzo. Antes, trabajó para la ONU en Costa de Marfil y la República del Congo, como técnico de desarme y de desminado. En República Centroafricana MSF tiene 11 proyectos en todo el país, donde siete son regulares y los otros cuatro son de emergencia. Trabajan unos 100 extranjeros y más de 1.100 locales.